En política, las encuestas no solo miden preferencias electorales. También revelan estados de ánimo colectivos, percepciones sociales y transformaciones en la cultura política de una nación. Los estudios más recientes —como el de ACDmedia y otros estudios recientes— deben leerse en esa dimensión más profunda. No son únicamente una fotografía del momento. Son, sobre todo, una señal de época. Una evidencia de que la política dominicana ha entrado en una fase de transición.

Pero esa transición no surge en el vacío histórico ni político. Se produce en un contexto específico: el de una sociedad que, tras haber apostado por un cambio, hoy expresa crecientes signos de insatisfacción, fatiga discursiva y preocupación por la calidad del rumbo nacional. Cuando las expectativas de transformación chocan con la percepción de retrocesos en áreas clave —institucionalidad, planificación, ejecución pública, transparencia y nivel del debate político— el electorado tiende naturalmente a buscar nuevas referencias de estabilidad y futuro.

En ese escenario, las encuestas recientes revelan algo más profundo que simples preferencias coyunturales. Reflejan una aspiración social: la búsqueda de equilibrio entre renovación y experiencia, entre nuevas formas de liderazgo y capacidad probada de gestión. La evidencia empírica muestra que el electorado ya no decide exclusivamente en función del liderazgo histórico o de la trayectoria política acumulada. Hoy comienzan a pesar con mayor fuerza atributos distintos: la renovación generacional, el perfil gerencial, el estilo comunicacional, la conexión emocional con la ciudadanía y, al mismo tiempo, la capacidad de articular experiencia con planificación estratégica y visión de largo plazo.

Toda democracia madura experimenta ciclos de relevo generacional y evolución política. Sin embargo, las sociedades no buscan cambios desarticulados ni improvisados. Buscan procesos que combinen innovación con estabilidad, juventud con solvencia, nuevas ideas con experiencia acumulada. Hoy, el mensaje implícito en la opinión pública parece ser claro: el país quiere avanzar, pero sin poner en riesgo la estabilidad lograda; desea renovación, pero con garantías de capacidad y resultados.

En el escenario político actual, solo una organización parece encarnar simultáneamente esa doble aspiración ciudadana: la Fuerza del Pueblo. Su singularidad radica en haber logrado algo poco común en la política dominicana: la coexistencia armónica entre un liderazgo histórico con probada experiencia de Estado y un liderazgo emergente que conecta con las nuevas sensibilidades sociales.

Esta dualidad no es producto del azar ni de circunstancias momentáneas. Es resultado de un proceso de maduración institucional que permite integrar generaciones dentro de un mismo proyecto político. Mientras otras organizaciones enfrentan tensiones internas entre aspirantes que compiten entre sí por espacios de poder, la Fuerza del Pueblo proyecta continuidad, cohesión y transición ordenada.

Cuando los estudios de opinión muestran que liderazgos de distintas generaciones dentro de una misma organización resultan consistentemente ganadores frente a cualquier adversario, lo que realmente están reflejando es una ventaja estructural. Indican que el electorado percibe en esa organización no solo capacidad para gobernar el presente, sino también potencial para conducir el futuro.

Este fenómeno suele emerger en momentos de desencanto ciudadano con narrativas políticas que prometieron transformaciones profundas y terminaron diluyéndose en prácticas poco transparentes, en improvisación administrativa o en el deterioro del nivel del debate público. En esos contextos, la sociedad tiende a revalorizar atributos como la planificación estratégica, la capacidad de ejecución, la coherencia institucional y la existencia de proyectos políticos con visión de largo plazo.

Desde una perspectiva estratégica, la combinación entre liderazgo experimentado y liderazgo emergente constituye uno de los activos más poderosos en cualquier sistema democrático. No solo amplía la base electoral, sino que reduce la polarización, fortalece la gobernabilidad futura y transmite una señal de madurez política: la capacidad de un partido para trascender coyunturas, integrar generaciones y consolidarse como un proyecto nacional de largo aliento.

Todo parece indicar que la República Dominicana se encuentra precisamente en ese punto de inflexión. Un momento en el que la ciudadanía ya no busca simplemente alternancia, sino dirección estratégica; no demanda únicamente nuevas caras, sino resultados concretos; no quiere discursos de cambio, sino proyectos de futuro.

Porque al final, en política, el verdadero cambio no consiste en sustituir liderazgos, sino en garantizar que cada generación aporte su mejor capacidad para conducir al país hacia un desarrollo sostenido, con dirección estratégica y visión de largo plazo.

Juan Ramón Mejía Betances

Economista

Analista Político y Financiero, cursó estudios de Economía en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU), laboró en la banca por 19 años, en el Chase Manhattan Bank, el Baninter y el Banco Mercantil, alcanzó el cargo de VP de Sucursales. Se especializa en la preparación y evaluación de proyectos, así como a las consultorías financieras y gestiones de ventas para empresas locales e internacionales.

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