Hay momentos en los que escribir no fluye, no por falta de ideas, sino porque la vida ocupa todo el espacio.

En estos días, la partida de mi hermana ha producido exactamente eso. Un silencio difícil de explicar. No es solo tristeza. Es una especie de suspensión en la que las prioridades se reordenan sin pedir permiso.

Jenny tenía una forma particular de habitar el mundo. Convertía en arte lo que tocaba, y en vínculo lo que encontraba. Esa sensibilidad se refleja hoy en sus hijos, en sus talentos y en la manera en que miran el mundo. Se formó en canto lírico en Bellas Artes de Puerto Rico, pero su expresión no se limitaba a lo artístico. Su fe era una dimensión central de su vida, vivida con presencia y compromiso en su comunidad, donde cultivó relaciones profundas, muchas veces con personas a las que otros no miran.

Pero esta vez hay algo más.

Hace exactamente tres años, en fechas muy cercanas, despedimos a nuestra madre. Y pocos días después, a nuestro padre. Ninguno de ellos en condiciones que uno hubiera anticipado como inminentes. Mi hermana, nacida en junio de 1973, murió en abril de 2026. Mis padres, con 76 y 77 años, estaban en buena condición física hasta que enfermedades imprevistas cambiaron el curso de todo.

El calendario, que normalmente sirve para organizar la vida, en ocasiones también se convierte en recordatorio. No avisa. Llega.

Quise escribir como siempre. Buscar un tema, estructurar un argumento, conectar con algún debate nacional. No fue posible. Y esa imposibilidad terminó siendo el punto de partida de esta reflexión.

Vivimos en una cultura que premia la continuidad. La productividad no se detiene, los compromisos siguen, las agendas avanzan. En ese contexto, el duelo resulta incómodo. No tiene calendario, aunque a veces el calendario lo active. No responde a plazos y no siempre se expresa de forma visible. Pero está ahí, operando en silencio.

La muerte, cuando toca de cerca, introduce una claridad que pocas experiencias logran. Nos recuerda que el tiempo no es una abstracción. Que las relaciones no son permanentes. Que muchas de las tensiones que ocupan nuestra energía diaria son, en perspectiva, secundarias.

Pero hay algo que se aprende solo con el tiempo: el duelo no es lineal. No es un proceso que se supera y queda atrás. Es algo que se transforma, que cambia de forma, que aparece en momentos inesperados. Y a veces, como ahora, se acumula.

En mi caso, también me ha llevado a revisar el sentido del hacer. Dedicar la vida al servicio, a la educación, a la construcción de comunidad, cobra un matiz distinto cuando uno enfrenta pérdidas de esta naturaleza. No pierde valor, pero cambia de lugar. Se vuelve más consciente, menos automático, más conectado con las personas concretas y menos con las abstracciones.

Quizás ese es el aprendizaje más incómodo y más útil: reconocer que no siempre estamos en condiciones de producir, opinar o liderar con la misma intensidad. Y que aceptar esa realidad no es una debilidad, sino una forma de honestidad.

En un país como el nuestro, donde los debates públicos suelen estar marcados por la urgencia, haría bien incorporar más espacios de pausa. No porque no existan. Los tenemos. Fechas festivas, fines de semana largos, momentos en los que el ritmo baja y el país parece detenerse.

Pero son pausas de otra naturaleza. Pausas llenas de ruido, de encuentros, de rituales compartidos. Pausas necesarias, sin duda, pero no siempre suficientes para procesar lo que duele.

El duelo, en cambio, no responde a ese calendario colectivo. No se ajusta a fechas ni a disposiciones oficiales. Aparece cuando aparece, y exige un tipo de silencio distinto, más incómodo, menos visible.

No todo silencio es vacío. A veces, es el lugar donde se reorganiza lo esencial.

Escribir este texto no resuelve el duelo. Tampoco lo pretende. Pero sí marca un punto: el de reconocer que, incluso en medio de la pérdida, hay una forma de seguir adelante que no consiste en ignorar lo que duele, sino en integrarlo.

Hay fechas que pesan más que otras. No porque el tiempo no avance, sino porque lo que significan permanece.

Pablo Viñas Guzmán

Educador, gestor cívico

Pablo Viñas Guzmán es director ejecutivo de AFS Intercultura en República Dominicana, gestor cívico y educador. Desde esa posición lidera programas de intercambio educativo, formación de jóvenes líderes, cooperación intersectorial y participación ciudadana. Es líder de GivingTuesday en República Dominicana y forma parte de su red global, además de presidir la Junta Directiva de Alianza ONG y participar activamente en otros espacios de articulación del sector social. Ha sido consultor y conferenciante en diplomacia pública, educación global, voluntariado internacional y fortalecimiento institucional en América Latina, Europa y Asia. Ha diseñado y ejecutado programas con el apoyo de agencias de cooperación y organismos internacionales, y ha colaborado con iniciativas de la Unión Europea, WINGS y otras plataformas en la consolidación de ecosistemas filantrópicos en el Caribe. Cuenta con formación en Derecho, Negocios Internacionales, Liderazgo Cívico y Diplomacia, y es egresado del Programa Executivo en Estrategia de Impacto Social e Innovación de la Universidad de Pensilvania.

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