Cuenta Jacob Taubes, filósofo/sociólogo de la religión, que, estando en 1967 en Berlín con Alexandre Kojève, el filósofo francés de origen ruso popularizador de Hegel en la Francia de los años 30 del siglo pasado y quien influyó tanto en la tesis de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia, le preguntó que otras ciudades alemanas visitaría tras su estadía berlinesa, respondiendo Kojève: "Plettenberg. ¿A dónde se supone que uno debe ir en Alemania? Carl Schmitt es, después de todo, el único con el que vale la pena hablar". De lo que se trata hoy, sin embargo, es de que, quiérase o no, como advierte Dieter Groh, "es difícil decir algo sin Carl Schmitt".

Compruebo lo anterior leyendo la entrevista a Schmitt intitulada Mientras el Imperio siga ahí (El Paseo Editorial, 2025) y topándome con una enigmática reflexión que origina su también críptico título. Dice Schmitt que el Katechon que retiene la llegada del Anticristo, manteniendo la unidad política frente al caos apocalíptico, "es el emperador gobernante", por lo que "mientras el Imperio siga ahí, el mundo no se hundirá" (p. 58).

¿Qué significa esto? La respuesta la encontramos en El nomos de la tierra. Ahí Schmitt sostiene que el ius publicum europaeum, orden mundial que rigió desde la Paz de Westfalia (1648) hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial (1914), estaba fundado en una distribución del espacio que tenía a los Estados territoriales como exclusivos agentes del sistema internacional.

Este orden fue sustituido por el universalismo humanista de la Sociedad de las Naciones y luego de la ONU, que, para Schmitt, era mero disfraz del imperialismo económico angloamericano propiciador de guerras discriminatorias, aniquiladoras y totales, justificadas por un derecho internacional convertido en simple instrumento legitimador de pretensiones imperiales mundiales.

Como alternativa, Schmitt propone la creación de "grandes espacios" dominados por una gran potencia hegemónica, al estilo de la Doctrina Monroe, que definió un gran espacio americano bajo la égida estadounidense y cuya historia "no puede escribirse ignorando a Santo Domingo" (Pedro Mir).

¿Nos enrumbamos con el Corolario Trump a dicha doctrina hacia una división espacial planetaria schmittiana? En verdad, contrario a lo postulado por Schmitt, presenciamos ahora no tanto el surgimiento de un nuevo orden jurídico territorial mundial, ni siquiera un orden normativo universal vacío, sino más bien un mundo fragmentado en esferas de influencia, sin un derecho internacional que opere efectivamente en los planos normativo, retórico o simbólico.

Aún más: la resurrección de la doctrina Monroe marca la desaparición de la hegemonía universal de los Estados Unidos, su repliegue al espacio del continente americano y la consagración de un poder decadente que ya no gobierna en base a un derecho común. Por si fuera poco lo anterior, en oposición al edulcorado imperio globalizante del dúo Negri/Hardt, el nuevo [des]orden mundial se funda en la imposición por la fuerza pura y dura del derecho nacional de las potencias hegemónicas aplicado extraterritorialmente.

Y, para culminar, paradójicamente las potencias no permanecen reducidas a sus espacios, como lo demuestra la guerra de Irán y la creciente influencia de China en el hemisferio occidental. Estamos entonces ante una "paralegalidad global" (Enrique Noel Mayta) o, quizás peor, teniendo lamentablemente que reconocer que "los autoritarios también tienen su estado de derecho" (Martti Koskenniemi).

Eduardo Jorge Prats

Abogado constitucionalista

Licenciado en Derecho, Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM, 1987), Master en Relaciones Internacionales, New School for Social Research (1991). Profesor de Derecho Constitucional PUCMM. Director de la Maestría en Derecho Constitucional PUCMM / Castilla La Mancha. Director General de la firma Jorge Prats Abogados & Consultores. Presidente del Instituto Dominicano de Derecho Constitucional.

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