La comunicación es un fenómeno que trasciende la especie humana. Sin embargo, en el ámbito profesional, el ejercicio de transmitir ideas, pensamientos y opiniones a través de la radio, la televisión y las plataformas digitales requiere algo más que una técnica o un canal. Comunicar adecuadamente exige una gestión consciente de las emociones.

En el proceso comunicativo, la inteligencia emocional actúa como un factor determinante entre el éxito y el fracaso. No obstante, hemos sido testigos de un deterioro preocupante en las formas. En diversos medios y redes sociales, proliferan expresiones descompuestas, vulgares y despectivas que evidencian, en muchos casos, una alarmante carencia de control emocional por parte de quienes fungen como comunicadores o “influencers”.

Resulta alarmante observar cómo el uso de un lenguaje soez ha pasado de ser una excepción a una norma en ciertos espacios. Esta tendencia, que cobró fuerza en décadas pasadas bajo el pretexto de aumentar el rating, ha terminado por normalizar la ordinariez. Hoy, insultar, descalificar o maldecir a figuras públicas, invitados o adversarios es visto por algunos como una práctica habitual, amparada erróneamente en una supuesta libertad de expresión que confunden con el irrespeto.

Desde una perspectiva clínica, este comportamiento sugiere, en ocasiones, conductas cercanas a la coprolalia, la tendencia patológica a emitir palabras obscenas. Más allá del diagnóstico, lo que es innegable es el daño social que esta práctica genera. Al vulgarizar el discurso, se está enviando un mensaje peligroso a las generaciones más jóvenes: que la violencia verbal es la herramienta adecuada para gestionar la discrepancia.

La falta de templanza en los estudios de radio y televisión no solo degrada el debate público, sino que tiene efectos nocivos para el propio comunicador, cuyos desbordes coléricos pueden derivar en serios problemas de salud, desde crisis hipertensivas hasta consecuencias cardiovasculares. Como bien advertía Bruce Lee: “Seguirás sufriendo si tienes una reacción emocional a todo lo que te dicen; hay que ver las cosas con lógica”.

La inteligencia emocional en la comunicación no consiste en dejar de decir lo que pensamos, sino en aprender a hacerlo. Implica autorregulación, empatía y la capacidad de influir positivamente en los demás sin necesidad de recurrir a la agresión. El comunicador tiene el poder de construir o destruir; la decencia y el respeto hacia una audiencia que merece calidad no son negociables.

Es urgente un cambio de rumbo. La ética y el control de las emociones deben recuperar su lugar central en la labor periodística y comunicacional. Apelar a los valores no es un acto de debilidad, sino de responsabilidad hacia nosotros mismos, nuestras familias y la sociedad que estamos construyendo. Invitamos a los profesionales del área a reflexionar: no es necesario perder las formas para ejercer la libertad de pensamiento. ¡Es hora de comunicar con altura!

Bernardo Rodríguez Vidal

Psicólogo clínico

Subdirector Ejecutivo de la Defensa Civil Psicólogo Clínico, Maestría en Alta Gerencia y Especialista en Gestión de Riesgo de Desastres.

Ver más