A propósito de la celebración próximamente del día de las madres, quise compartir acerca de un trabajo que realizo frecuentemente en psicoterapia: acompañar a las mujeres a convertirse en madres de ellas mismas, un camino que continuamente sigo haciendo conmigo. Se lo planteo a las pacientes como una edición de su historia, los hechos pasaron y están grabados en nuestra memoria como recuerdos o como material confinado en un lugar de la psique protegiéndonos, para poder continuar hacia adelante con la vida.
De lo que se trata es de afrontar las huellas, las que sean, para reacomodarlas y traerlas al presente con una narrativa más real, distribuyendo responsabilidades entre los adultos que nos criaron, sus circunstancias y contextos. Implica entrar a nuestras vivencias, reconocer que cargamos los dolores, violencias y vergüenzas de nuestros ancestros, padres y madres, abuelos y abuelas, tíos y tías, toda la ascendencia. Detener esta repetición es nuestra responsabilidad, liberando así a las siguientes generaciones.
Digo mujeres y hablo en femenino porque es la población que más frecuentemente recibo, mas este es un trabajo que mujeres y hombres tendríamos que hacer para desembarazarnos de los mecanismos de sobrevivencia que se establecieron en la infancia y que ya hoy, no solo no nos sirven, sino que estorban el crecimiento y la mirada honesta hacia nosotras y hacia todas las personas de nuestras vidas.
No es tarea fácil ni breve, nos tomará la vida, pues es un proceso de ir despertando e ir quitando capas cuyas más profundas no son identificables a nivel consciente. Se tatúan en el alma y en el cuerpo, si no les nombramos gritan a través de enfermedades, limitaciones y sufrimientos para ser escuchadas, pues siempre la naturaleza humana reclama evolución, amor y reconocimiento. Esta es la certeza que me da fe y me hace confiar en que siempre es posible.
Las personas que hacemos este trabajo, por el ejercicio de la profesión, las lecturas, formaciones e intercambios con otros y otras colegas, podríamos decir que en general, en todas partes del mundo y en las diferentes culturas, los niños y las niñas no suelen recibir el alimento emocional requerido para su sano desarrollo. Lo que solemos encontrar con más frecuencia son historias de abandono, violencia y abuso emocional en todas sus variantes.
En el trabajo que realizamos con mujeres sobrevivientes de violencia, al visitar sus historias lo que solemos encontrar son esas primeras violencia sufridas, soportadas y calladas siendo las de hoy, una recreación de lo vivido. El cerebro humano que es de rutinas, solo repite una y otra vez lo conocido, que se acopla en el mundo emocional ofreciendo una falsa seguridad, que luego desesperadamente, se sigue buscando en las parejas más parecidas a las personas que ejercieron esas violencias, que suelen ser mamá y papá y que en lealtad y apego a eso poco o nada recibido, viciosamente lo repetimos.
Por supuesto que nuestras madres y padres no actuaron con maldad al ofrecer lo poco que tenían, dieron igualmente lo recibido de sus padres y madres, hicieron su mejor esfuerzo, aunque no siempre este mejor esfuerzo es suficiente para construir seguridad y sostén a un niño o niña en las primeras etapas de la vida.
No se trata de culpar a mamá o de amargarnos por lo no recibido, se trata de entender ya de adultos, tanto las circunstancias de mamá, sus aprendizajes y carencias, pero además, las necesidades de esa niña que no fueron suplidas por estas circunstancias de las y los adultos a cargo.
La propuesta es mirar a esa niña no mirada, no reconocida, maltratada, acogiendo su dolor y desamparo, desde ahí, nos recolocarnos a nosotras mismas en el presente y en los vínculos que hemos establecido. La claridad llega al entender nuestra conducta que suele ser en respuesta a todo lo vivido. Entendemos ya por qué nos postergamos, nos regalamos, nos negociamos a nosotras mismas solo para recibir el amor de los demás, en una especie de migajas que por supuesto no nos completarán desde fuera, hay que entrar a nosotras y descubrir la fuerza, la luz y el valor propio que no fue nombrado.
En el trayecto y poco a poco nos vamos convirtiendo en nuestra madre y padre, aprendiendo a amarnos de manera incondicional como requeríamos de pequeñas. Aprendemos a escucharnos, a habitarnos y cuidarnos como desde otro lugar, podemo ya hacerlo.
Quiero terminar este articulo con las palabras de Laura Gutman que resumen en su estilo, este proceso: “Comprender cabalmente los resultados nefastos del desamparo y la violencia es nuestro derecho. Revisar las causas y consecuencias de nuestras vidas sufrientes, también. Comprender todas las opciones que tenemos disponibles los adultos para ofrecer una vida más amable a nuestros seres queridos es esperable”
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