La salsa es bailable y contagiosa, diríamos en pocas y redundantes palabras. Los exquisitos prefieren definirla como una fusión de ritmos afrocaribeños, sones, mambo, jazz, cumbia, con predominio de percusiones etc., pero nada como invocar a San Lugar Común y afirmar que la salsa es una religión, que tiene en Willie Colón a uno de sus profetas mayores, cuya muerte nos entristece desde el pasado 21 de febrero.
Lo llamaban El Malo del Bronx, no solo porque había nacido y crecido allí, sino porque ante la falta de padre y hermanos mayores tuvo que aprender a cuidarse solo. Para sobrevivir a los zarpazos de las fieras salvajes que acechan en la selva de cemento, si me permiten el parafraseo de la canción de Juanito Alimaña (al que le sobran las mañas), hay que convertirse en un tipo duro.
La ausencia de la figura paterna fue cubierta por la abuela. Fue ella quien le ayudó a sentirse orgulloso y no apocado de sus orígenes puertorriqueños. Fue también ella, Antonia Pintor, la que un día le regaló una trompeta, cuando Willie era apenas un niño. Más tarde, cuenta la leyenda, se convertiría en un virtuoso del trombón. «Abuelita tus refranes me hacían reír», le confiesa en una canción saturada de expresiones cariñosas, que hubieran sido el deleite de Freud.
Acaso fueron las mismas trompetas las que lloraron en San Patricio esta semana. Trombones, aplausos, guitarras, lagrimones hubo en La Catedral de Manhattan durante las exequias. El ruido melódico se desbordó, colmó las avenidas, escaló los edificios, los dejó atrás y siguió de cerca la ascensión del apóstol…
Ahora bien, ignoro si las mujeres respetaron el halo celestial o volvieron a criticar otro de sus éxitos: Talento de televisión, compuesta por el venezolano Amilcar Boscan, que confesó haberse inspirado en las chicas que aparecen en las telenovelas de su país: «No tiene talento, pero es muy buena moza, tiene buen cuerpo y es otra cosa […] tiene un trasero que causa sensación». Su rechazo no sorprende a nadie, cuantimás en estos tiempos. Sin que esto suene a justificación, uno normalmente escucha la música y pocas veces repara en lo que se cuenta. La melodía de Talento es tan potente como un vaso de ron puro y su rechazo el cerillo, es decir, el flamazo del incendio.
Pese a que don Guillermo Colón ya está más allá de cualquier polémica, nada se olvida, al contrario, todo cobra realce: Su participación política en Nueva York y su causa a favor de las minorías; el distanciamiento con Rubén Blades y el disco Siembra, que hicieron juntos y que fue un cañonazo musical, casi tan revolucionario como la invención de la rueda –debería dejarme de hipérboles y cambiar rueda por maracas–; los dúos con Celia Cruz, Héctor Lavoe o Ismael Miranda y claro, miles de canciones como la aludida Talento de…, o aquella otra, Simón, el gran varón, que también ha dado de qué hablar. Cada uno hará un inventario, un balance.
En fin, yo mejor me apego al refrán de una de las que grabó con Celia Cruz, la diosa de la salsa, que aconseja que ante cualquier problema: «zambúllete y ven a nado», lo demás se arregla luego, ¿será?
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