En el onomástico de Santa Genoveva, virgen de Nanterre que defendió una ciudad de la antigua Galia de las invasiones de otros pueblos, un descendiente de las tribus germánicas que pasaron por ahí les hizo honor a sus ancestros. Cual digno representante de esos pueblos bárbaros, el organizador de esta intervención, el presidente de los Estados Unidos, ofreció unas declaraciones donde comparaba esa operación con eventos de la Segunda Guerra Mundial, en Irán y en Iraq y donde decía que su objetivo era defender los intereses de los Estados Unidos.
Numerosos estados y cuerpos profesionales señalaron serias objeciones a la manera de llevar a cabo el operativo. En franca contradicción con este rechazo a la operación, la actitud de muchos venezolanos en el exilio fue manifestar en las calles y en las redes sociales su esperanza de que este fuera el principio del fin de un régimen que ha desterrado a más de siete millones de nacionales y cuyas cifras sobre encarcelaciones y persecuciones internas son desconocidas.
Casi una semana después seguimos igualmente desconcertados: el primer mandatario norteamericano anunció ambiciosos objetivos cuánticos sobre la producción de petróleo, pero no fijó fechas de entrega ni procesos (sustentados legalmente o no), que condujeran a los resultados esperados. Más: sus funcionarios, al ser cuestionados, repiten que su motivación es en primer lugar defender los intereses de los Estados Unidos, pero ninguno ofrece precisiones sobre las formas y las maneras (o los responsables) en que se llevarán a cabo esas operaciones.
Y a pesar de que vivo rodeada de personas nacidas en Venezuela, al día de hoy, como ciudadana que vivo en tierras muy dependientes de los Estados Unidos, que he estudiado y trabajado en ese país, estoy más preocupada por el nivel de desorden global que se está creando a partir de las acciones y declaraciones de la oficialía de los Estados Unidos que por la propia Venezuela.
Para el país sudamericano ya llegó la esperanza, sobre los Estados Unidos lo que se está cerniendo es una creciente incapacidad de aportar cívicamente a un mejor país. Cuando esto pasa en países con menos proyección política, militar y económica, el daño no puede llegar muy lejos. Cuando sucede en un país con muchos recursos, mucho poderío y muchos potenciales enemigos, el escenario es de horror y espanto.
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