“Fidel corta caña”, decía papá. Yo tenía doce años y le creía, porque papá era un hombre honesto, incapaz de adornar la verdad.
Con el tiempo entendí aquella imagen: no hablaba sólo de un líder, sino de un hombre que procuraba estar junto al pueblo, compartir su trabajo y sentir su esfuerzo.
Entonces no conocía la frase de José Martí: “… toda la fama del mundo cabe en un grano de maíz”. Hoy la comprendo.
La grandeza de un dirigente también se mide por su cercanía con el pueblo, por caminar siempre a su lado y reconocerse parte de él.
Compartir esta nota