¿Qué está impulsando la explosión de las exportaciones chinas, que el año pasado alcanzaron casi 4 billones de dólares? Esa pregunta está generando una profunda inquietud entre los responsables de formular políticas fuera de China, ante el temor de un segundo «shock chino».

Es una cuestión sobre la que he estado reflexionando recientemente, tras recorrer China en una caravana de la Ruta de la Seda de vehículos eléctricos, donde pude comprobar de primera mano la sorprendente calidad de sus vehículos eléctricos, su tecnología verde y su inteligencia artificial. Al presenciar todo eso, resulta difícil no preguntarse cómo competirán los demás.

Y ahora se ha desatado una controversia sobre este asunto entre algunos economistas chinos y la OCDE. El mes pasado, la organización con sede en París informó de que los subsidios de China fueron entre tres y ocho veces superiores a los de sus rivales del mundo desarrollado en 2024, y que explicaron hasta el 60 % de las ganancias de cuota de mercado mundial obtenidas entre 2005 y 2023. Esto coincide con las reiteradas quejas de Estados Unidos y Europa, que sostienen que China utiliza tácticas «desleales» para perjudicar a sus competidores.

Pero economistas chinos como Kai Guo sostienen que «los subsidios ya no son la explicación más convincente del creciente nivel de competitividad de las empresas chinas». Acusan a la OCDE de calcular de forma errónea el funcionamiento de los préstamos baratos, una idea respaldada también por un informe del Foro Económico Mundial, que encuentra pocas pruebas de una «financiación generalizada y sistemática por debajo de las condiciones del mercado».

Sin duda, este debate continuará durante mucho tiempo. Sin embargo, la semana pasada surgió una perspectiva sugerente en un informe del FMI cuya publicación se había retrasado considerablemente.

Este documento señala, con razón, que medir el nivel de los subsidios es muy difícil, ya que los datos son deficientes y las definiciones varían. Así, mientras los cálculos de la OCDE incluyen los préstamos baratos, los del FMI no lo hacen y se centran «únicamente» en las subvenciones directas y otras ayudas.

El informe plantea tres cuestiones fundamentales. En primer lugar, incluso con una definición restringida, los subsidios chinos representaron más del 2,5 % del valor añadido en 2023, frente al 1 % de 2015, con un promedio aproximado del 1,8 % durante ese período. (Esta cifra aparentemente pequeña resulta muy significativa si se compara con los estrechos márgenes empresariales).

En segundo lugar, China no es el único país que recurre a este tipo de intervención estatal. Todo lo contrario. En Estados Unidos, los subsidios públicos representaron el 1,3 % del valor añadido durante ese mismo período, mientras que en Canadá y la Unión Europea fueron del 1 % y del 0,6 %, respectivamente. Por ello, las quejas de Washington sobre la «desleal» intervención del Estado chino resultan, en cierta medida, hipócritas.

En tercer lugar, no todos los subsidios son iguales. Según el FMI, los subsidios chinos equivalieron al 3 % del valor añadido en sectores estratégicos, como los semiconductores y el hardware tecnológico, contribuyendo al auge de las exportaciones. Sin embargo, en sectores no estratégicos, como la agricultura, representaron solo el 1 % del valor añadido.

En cambio, en Estados Unidos los subsidios alcanzaron el 2 % del valor añadido en los sectores no estratégicos y apenas el 0,5 % en los estratégicos. En la Unión Europea, la proporción fue del 1 % y del 0,2 %, respectivamente. Así, mientras China respalda sectores estratégicos, como la tecnología verde, Occidente sostiene sectores tradicionales con gran influencia política, como la agricultura.

Los expertos tecnológicos estadounidenses podrían responder que obtienen mejores resultados sin ayuda estatal. Tal vez sea cierto. Pero existe otra cuestión clave que el informe del FMI no aborda: la integración de las políticas públicas. Cuando países como China o Singapur subsidian industrias estratégicas, como han señalado otros economistas del FMI, suelen aplicar medidas complementarias, como la formación de trabajadores o la instalación de líneas de transmisión eléctrica de alta tensión para respaldar la tecnología verde.

Estados Unidos, en cambio, actúa de manera menos integral. Ahora está aplicando aranceles y apoyando a sectores estratégicos, como los fabricantes de chips. Sin embargo, como han señalado los economistas Marc Fasteau e Ian Fletcher, estas medidas son fragmentarias. La formación laboral es limitada, se producen ataques contra la energía verde —lo que resulta insensato— y persiste el fracaso en la instalación de líneas de transmisión. Por ello, China está tomando una clara ventaja en la generación de electricidad, un aspecto crucial para el desarrollo de la inteligencia artificial.

Entonces, ¿cómo deberían responder los gobiernos? En un mundo ideal, todos dejarían de inmediato este intervencionismo mercantilista, que está debilitando el crecimiento mundial. Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI, ha pedido a China que reduzca la avalancha de exportaciones estimulando la demanda interna.

«Si eso no ocurre, irónicamente podría ser China, y no Estados Unidos, quien destruya el sistema comercial basado en normas porque… los países no tendrán otra opción que imponer aranceles a los productos chinos», me dijo a principios de este año en Arabia Saudí.

Los mercados emergentes también están sufriendo. «China es uno de los mayores riesgos para nuestro desequilibrio externo y estamos intentando hablar con nuestros amigos chinos sobre cómo resolver este problema», me dijo Mehmet Şimşek, ministro de Finanzas de Turquía.

Pero, en el mundo real, es poco probable que Pekín cambie su política, y también es improbable que Estados Unidos elimine sus aranceles. Después de todo, el FMI calcula que, si continúan las tendencias de subsidios chinos registradas entre 2015 y 2023, «las exportaciones chinas de productos electrónicos aumentarán alrededor de un 20 % a largo plazo». Vivimos en una época de mercantilismo implacable.

Por ello, los gobiernos de la Unión Europea y de otros países no solo deben plantearse la imposición de aranceles, sino también la naturaleza de sus políticas industriales. Seguir apoyando a los agricultores mientras se reducen los fondos destinados a la ciencia es un despropósito. También lo es no invertir en una red eléctrica integrada o en la formación de los trabajadores. Esperemos que Donald Trump y sus homólogos británicos y europeos comprendan esta realidad. Lamentablemente, dudo que así sea.

Gillian Tett. Copyright The Financial Times Limited 2026. All rights reserved.

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