En un seminario sobre geoeconomía contemporánea, dos jóvenes analistas formados en tradiciones distintas debaten una tesis incómoda: la presión estadounidense sobre Venezuela e Irán no puede entenderse plenamente sin situarla en la rivalidad estructural con China. La pregunta es directa: ¿Son Caracas y Teherán fines en sí mismos, o piezas en una competencia sistémica mayor?
El primero de los analistas, formado en la escuela del realismo ofensivo, bajo la tutela académica de John Mearsheimer, plantea el argumento sin ambages:
– Estados Unidos enfrenta hoy a un único competidor capaz de disputar su primacía global: China. Y la fortaleza industrial china descansa sobre una vulnerabilidad crítica: la energía. Pekín es el mayor importador de petróleo del mundo, y una parte significativa del crudo iraní y venezolano —especialmente el sancionado y vendido con descuento— termina en sus refinerías. Si esos flujos se encarecen o se interrumpen, se eleva el costo de producción de la manufactura china y se erosiona su ventaja competitiva.
Desde esta perspectiva, cuando Washington intensifica sanciones, persigue petroleros, presiona aseguradoras o bloquea rutas comerciales asociadas a Teherán y Caracas, no solo castiga regímenes autoritarios. Incide en el suministro energético que sostiene la maquinaria exportadora china. Si los aranceles encuentran límites políticos o jurídicos, la competencia puede desplazarse al terreno energético: un barril más caro funciona como un arancel indirecto sobre cada producto manufacturado.
El eje complementario de esa perspectiva es el monetario.
El dólar y la arquitectura financiera internacional —SWIFT, banca corresponsal, compensación en dólares— han sido durante décadas instrumentos de poder. Excluir a un actor del sistema equivale a asfixiar su comercio exterior. China ha intentado reducir esa dependencia mediante pagos en yuanes y mecanismos alternativos como CIPS. Cada transacción energética liquidada fuera del dólar debilita la capacidad de sanción estadounidense.
Bajo esta lectura, la presión sobre Irán y Venezuela no responde únicamente a razones normativas. También busca preservar el papel del dólar como moneda central del comercio energético global. Energía y sistema financiero convergen en un mismo objetivo: limitar el margen de maniobra de Pekín en la competencia industrial.
El segundo analista, formado en la crítica al populismo autoritario e iliberal de Anne Applebaum, objeta la linealidad de la interpretación precedente:
– Recuerda que las sanciones contra Irán preceden al ascenso pleno de China y que la confrontación con el chavismo responde a dinámicas regionales, violaciones de derechos humanos y política interna estadounidense. Que China sea el principal comprador del crudo sancionado no implica que el objetivo de las sanciones sea China. Puede tratarse de un efecto estructural: al quedar excluidos de mercados occidentales, esos barriles encuentran salida en el mayor demandante dispuesto a asumir riesgos.
Además, advierte sobre los límites del instrumento.
– La centralidad del dólar no descansa solo en coerción, sino en la profundidad y estabilidad del sistema financiero estadounidense. Convertirlo en arma sistemática podría acelerar la diversificación monetaria que se pretende evitar. Y el mercado energético global es adaptable: China ha diversificado proveedores, ampliado reservas estratégicas y consolidando acuerdos a largo plazo. Presionar a dos productores no equivale necesariamente a debilitar de forma decisiva su base industrial.
En ese contexto, el debate no gira en torno a hechos aislados, sino a la interpretación de su coherencia estratégica.
Para la visión realista, la rivalidad con China reordena las prioridades: políticas que antes tenían objetivos regionales adquieren una función adicional dentro de una competencia sistémica. Energía, dólar y sanciones forman parte de un mismo tablero.
Para la visión liberal, en cambio, la competencia con Pekín influye, pero no absorbe toda explicación. Las dinámicas locales y regionales conservan autonomía y no deben reducirse a piezas de un diseño global único.
Un punto en común, incluso desde la discrepancia, emerge en la discusión: la geo-economía de la política contemporánea ya no se define solo por despliegues militares. Se juega también en el precio del barril, en la moneda de liquidación y en el control de las redes financieras. En ese tablero, China no es un actor periférico. Es el referente frente al cual se recalibran decisiones en Washington, Caracas y Teherán y, más pronto que nunca, en el Caribe insular.
Si esa lectura estructural es correcta, como me inclino a pensar, la disputa central no se libra únicamente en el terreno comercial, sino en la intersección entre energía y sistema monetario. Y en ese cruce, Venezuela e Irán dejan de ser episodios aislados para convertirse en escenarios secundarios de una competencia mayor: la que definirá quién predomina y fija las reglas políticas del siglo XXI, al margen de la tradición del derecho internacional y la institucionalidad globalista, desterradas al menos en la actualidad histórica del nuevo mundo.
En otras palabras, hoy por hoy, Caracas y Teherán hoy son piezas importantes, pero instrumentales, de un tablero superior: el de un Estados Unidos particularmente atento sobre a las jugadas sigilosas de su contrincante principal, la milenaria China.
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