Mi querido Embajador:

Permítame dirigirle estas breves líneas. En la jerarquía de mis notas y a lo largo de mis pequeñas libretas, usted sigue siendo esa figura emblemática de una de nuestras instituciones más antiguas: el Ministerio de Relaciones Exteriores. Mi memoria se complace en evocar aquel memorable viernes de la década de 1990 cuando, interrumpiendo una partida de ping-pong en su residencia, tuvo la exquisita cortesía de presentarme al inmenso abogado que sigue siendo Ira Kurzban.

Inspirado por el recuerdo de nuestros domingos fraternos en la residencia de mi hermano mayor, el ingeniero Jacques Gabriel, deseo destacar el carácter profundamente ciudadano de esta nota. Pretende ser, asimismo, una lección pedagógica para aquellos que, habiendo cumplido apenas los dieciocho años, desean comprender toda la complejidad de los «lazos» entre Haití y la República Dominicana. Utilizo deliberadamente este término de «lazos» (rapports) para honrar el prefacio de Laënnec Hurbon a la obra del canciller Clerismé (2006-08), Mano de obra haitiana, capital dominicano.

Los misterios que rodean estos «lazos» son tan antiguos como insondables. En el transcurso de los años cincuenta, el ilustre Dr. René Piquion ya afirmaba que el primer puesto diplomático, la primera embajada de Haití por orden de importancia, era la de Ciudad Trujillo. En aquella época, las élites de Puerto Príncipe creyeron que Piquion buscaba así rendir homenaje a la obra magistral que el Dr. Jean Price-Mars acababa de publicar: La République d’Haïti et la République Dominicaine. Pero el Dr. Piquion insistió, con esa fuerza de las convicciones íntimas: Washington y París van después.

Cuando se observa de cerca —y a poco que uno se libere de los prejuicios— la urgencia de construir relaciones verdaderas, sazonadas con una indispensable lucidez geopolítica, usted se impone entonces, mi querido Embajador, como el decano natural de nuestras misiones en el extranjero. Recordemos aquí, sin la menor mácula, las palabras prescientes del médico, etnólogo y diplomático Jean Price-Mars (1953): «No querría ser profeta de desgracias. Pero, tal como le sucedió a Casandra, veo el horizonte ensombrecido por nubes grávidas de tormenta.»

Pasé los últimos días de septiembre y los primeros de octubre acompañando, en calidad de traductor, las faenas de un eminente especialista dominicano en alta informática. El azar de los calendarios me privó del partido del jueves 1 de octubre, pues nuestro orden del día del viernes me ordenaba regresar temprano a mis cuarteles. Al enterarme, desde el viernes por la noche, del desarrollo y la virulencia de las reacciones, me hice esta reflexión desilusionada: Viena y sus convenciones relativas a las relaciones diplomáticas están muy lejos de nuestras fronteras; las normas de la FIFA lo están de igual manera.

Fue entonces cuando un recuerdo, nítido como una fotografía, me trajo de vuelta a usted. En noviembre de 2007, mientras participaba, al lado del teniente general Jodel Lessage —quien era entonces el alma de esa Comisión presidencial sobre la seguridad nacional presidida por Patrick Élie—, en la reunión hemisférica de seguridad regional en el Hotel Intercontinental de Santo Domingo, fui testigo de una escena sorprendente. El mayor general José Eliseo Noble Espejo, entonces director del Instituto Superior para la Defensa, conversaba largamente con Narciso Isa Conde, una de las figuras más emblemáticas de la izquierda radical dominicana y antiguo secretario general del Partido Comunista de su país.

El Haití de ayer, al igual que el de hoy, no sabe propiciar ni fomentar estos valiosos intercambios ciudadanos, llevados a cabo, no obstante, en plena reunión internacional, bajo la mirada y las cámaras del mundo entero.

Sigo sinceramente convencido, mi querido Embajador y decano de nuestras misiones diplomáticas, de que es más que urgente sugerir a la jerarquía del primer círculo gubernamental de Haití la importancia capital de infundir otra dimensión, dotada de altura, a la construcción de relaciones auténticas con nuestro primer socio geográfico, comercial, farmacéutico y diplomático.

Recuerdo que en 1987, durante una conferencia memorable del Dr. José Francisco Peña Gómez en el antiguo Instituto Francés del Bicentenario —magníficamente traducida de manera consecutiva por Michel Soukar—, estas palabras resonaron como un oráculo: «Las cosas deben cambiar en Haití…».

Nos espera mucho trabajo, un trabajo inmenso, anpil, ¡mi querido Embajador!

Respetuosamente,

Gilbert Mervilus

Gilbert Mervilus

Historiador

Nacido en Puerto Príncipe en el año 1963, Gilbert Mervilus es especialista en historia, pintura y literatura haitiana. Tras realizar sus estudios en la capital del país, se especializó en Gramática, Historia de la Lengua Española y Literatura de España y América Latina en diversos cursos de formación. Posteriormente ha realizado estudios avanzados en Literatura y Arte francés. Inicia sus actividades como profesor de español en 1986, a las que siguieron las de Traductor e Intérprete en 1988; Traductor de Corresponsales Extranjeros en Prensa; Profesor de Español en la Universidad de Quisqueya (1998–2001); traductor en el Ejército de la E.U.A. de 1993 a 1994; traductor e Intérprete Oficial del Ministerio de Salud Pública (2001–04). Es autor de numerosas publicaciones y conferencias [ La Historia de la Pintura Haitiana ,Costa Rica, 1988; La Pintura Moderna,1993; Una Nueva Cotización del Arte Haitiano,octubre1994]; y traductor jurado.

Ver más