Mi querido Aldo:
Acabo de leerte con íntimo deleite; aquel placer propio de la fascinante capital (Puerto Príncipe) de antaño, cuando el domingo nos concedía la gracia de acudir al cine por la mañana, al declinar la primera tarde y, de nuevo, al amparo de la noche.
Tu texto, «Haití sin Estado: el vecino que define el futuro dominicano aunque no queramos verlo», se me antoja el grito sincero de un ciudadano insular que atesora un hondo saber… y cuyas conclusiones brillan por su honestidad.
Te envío mi cordial gratitud junto a esta crónica dominical. He aquí el encanto de Acento: un aprendizaje perenne, de veinticuatro horas al día. Mis líneas no pretenden ser un artículo, sino el testimonio de mi más rendido respeto ante tan magnífica reflexión.
Puerto Príncipe nos ofrece hoy el espectáculo de una disolución radical, donde la urbe ha dejado de ser una geografía deliberada para trocarse en un hacinamiento de fantasmas.
Paseaba estos días por una antigua calle cuando me topé con un custodio de la catedral de ayer, un hombre de silueta flotante cuyos rasgos parecían disueltos por el sol implacable. Para este viejo guardián, que recuerda el templo antes de quedar reducido a una carcasa de piedra, la ciudad ya ha desaparecido; no restan de ella sino nombres en placas oxidadas y la memoria de una elegancia que se llevó el viento.
Asistimos a una hora donde la capital hiela la sangre. Las embajadas la desalojan con la premura de quien huye de un navío que naufraga en una noche sin luna. Es esta una crisis sustancialmente distinta, y acaso más pavorosa, que la de los días del embargo bajo la junta militar en los años noventa. Entonces subsistía una estructura, una sombra de ley, un esqueleto de orden. Hoy, lo que queda haría retroceder a los reporteros más curtidos en los escenarios del desastre. Cuando las cortinas de hierro se desploman sobre los comercios, la ciudad se encoge bruscamente, y uno comprende hasta qué punto esta capital es minúscula, a imagen y semejanza de la estrechez de miras de sus élites. Estas minorías rectoras parecen haber olvidado, o acaso fingen ignorar, que la higiene, el pavimentado y el alcantarillado no fueron fruto de un desarrollo orgánico, sino las herencias de la ocupación estadounidense hace ya un siglo.
Atravesamos jornadas de una extrañeza absoluta. La miseria, antaño agazapada, se manifiesta hoy con una impudicia imposible de enmascarar o desdeñar. En este territorio a la deriva, huérfano de reservas de liderazgo, se plantea la interrogante de qué madera estará hecho el mañana, si es que acaso el mañana todavía existe. Ante la ausencia de un proyecto sugestivo de vida en común, todo ha terminado por institucionalizarse: el desorden, el crimen, el infortunio.
Nadie sabe ya cuántas almas deambulan como espectros. Mas si uno tropieza con una manifestación, el caudal de siluetas resulta sobrecogedor; flota allí siempre ese perfume de motín, un hedor a azufre y a neumático calcinado. Aunque las embajadas se hayan replegado del centro —Francia ha abandonado el Campo de Marte, Canadá se ha instalado en Delmas, otras en Pétionville—, la atmósfera de la urbe actúa como una onda expansiva que lo recalienta todo a su paso. Incluso el coloso de hormigón de la embajada estadounidense en Tabarre tambalea cada día bajo el peso del drama.
Hasta los años ochenta, Puerto Príncipe constituía el único referente, una suerte de ciudad-república. Hoy no es más que un enclave sitiado por barriadas de calamina y polvo, administradas militarmente por facciones de oscuras agendas. Esos hombres de la sombra se complacen en recordar que ellos encarnan la verdadera capital. Son ellos, a fin de cuentas, quienes dictaminan el desenlace de esos simulacros que todavía llamamos elecciones. El viejo guardián, ante esto, solo se encoge de hombros.
Nos queda la tarea penosa de interrogar los escombros de este recuerdo.
Cordiales abrazos desde Puerto Príncipe,
Gilbert
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