Una vez oí decir —no recuerdo dónde ni a quién— que un canadiense es una persona que frente a un estadounidense se considera europea y frente a un europeo se considera americana: una especie de punto intermedio entre esos dos mundos.
Sin embargo, la geografía, la historia, los flujos comerciales y de inversión, las cadenas de suministro, la infraestructura energética, los pactos en materia de defensa y seguridad, y hasta las relaciones interpersonales que impone compartir un espacio común, han dado lugar a que Canadá —en términos de valores, mucho más próximo a Europa— haya edificado vínculos mucho más estrechos con su vecino del sur. Esta asociación, reforzada por el T-MEC/ACEUM (Acuerdo Canadá-Estados Unidos-México), se ha consolidado hasta el punto de ser el sostén de millones de empleos a ambos lados de la frontera.
Pero llega Trump, un hombre que no quiere socios, sino vasallos, y esa asociación, beneficiosa para ambos países, es torpedeada por todas partes.
Canadá, consciente de que nunca podrá ganarle una guerra comercial a Estados Unidos —una economía trece veces superior en términos de PIB—, ha decidido alejarse del vecino y fortalecer los lazos con Europa, un socio más confiable y previsible.
El primer ministro Mark Carney no se resigna a llorar por el desamor del vecino y rápidamente procede a lanzar piropos a los europeos: Canadá es el más europeo de los países no europeos.
Mientras que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, no esconde su complacencia con el piropo, ayer sugirió que Canadá se convierta en el primer país «miembro asociado» de la UE, ante un sonriente Mark Carney.
Ambos amigos se necesitan: Europa requiere los vastos recursos de Canadá en materia de energía, minerales críticos e inteligencia artificial, así como para ampliar y reforzar su defensa. Por su parte, Canadá necesita de Europa en inversión, comercio, cadenas de suministro y también en defensa.
Cuando nuevos vientos soplen en Washington y se quiera recuperar al viejo amigo, es posible que este, complacido con sus nuevos amores, ya no necesite tanto del ingrato vecino.
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