El bullying en las instituciones educativas dominicanas ha sido objeto de estudio de diversas investigaciones. Cada vez más, las autoridades escolares y académicas muestran una mayor sensibilidad ante esta problemática, al tiempo que cuentan con mejores recursos metodológicos para su prevención y erradicación.
Las causas que motivan el acoso escolar son multifactoriales y variopintas. Aspectos como los modelos de crianza agresivos o permisivos, la falta de límites, el abandono afectivo, la normalización de conductas agresivas en las redes sociales, la baja empatía y la poca tolerancia a la frustración juegan, a veces, un rol decisivo. Esto puede provocar que el perpetrador utilice el menoscabo de un compañero para ocultar sus propias carencias o el miedo a ser él mismo la víctima, reflejando la falta de herramientas emocionales que posee.
Aunque tradicionalmente se asocia el acoso a la infancia, cuando estas conductas se observan en excompañeros fuera del entorno escolar, el perfil adquiere matices distintos. La diferencia principal entre ambas dinámicas radica en el marco institucional de los mecanismos de agresión. Mientras que el acoso escolar ocurre bajo la tutela y supervisión de una institución que debe proteger a los menores, el acoso entre adultos egresados se traslada al ámbito privado y legal común, careciendo de una red de contención institucional obligatoria.
El bullying en grupos de WhatsApp de estudiantes ya egresados es una modalidad de ciberacoso que suele pasar desapercibida, debido a que ocurre fuera del radar de los colegios y de los padres, afectando ahora a la vida adulta. Este tipo de acoso prolonga dinámicas tóxicas de la adolescencia amparado en la coraza digital y la “confianza del pasado común”.
Esta variante de ciberacoso se caracteriza por:
- Uso de memes y stickers humillantes: Se utilizan fotografías donde se resalta algún rasgo para ridiculizarlo (sobrepeso, delgadez, vestimenta, arrugas) con el fin de provocar la burla colectiva.
- Exclusión deliberada: Se elimina del grupo a ciertos excompañeros en momentos puntuales para que no se puedan defender o para criticarlos.
- Reglas de convivencia: Se crean reglas de grupo que el principal agresor manipula siguiendo su misma dinámica de violencia verbal, llamando a silencio al acosado en momentos donde pudiera dar su opinión o defenderse.
- Difusión en el entorno laboral: Se pueden llegar a extrapolar imágenes o memes enviándolos a personas asociadas al trabajo de los miembros, lo que genera inconvenientes laborales.
- Menosprecio del éxito y fortalezas: Se denosta el éxito del acosado o se minimizan sus virtudes. Por ejemplo, si una de las víctimas es lectora y quiere hablar de libros, se desmerita su participación bajo el alegato de que “a nadie le interesa” y solo se refieren a ella en términos peyorativos.
- Encuestas de menosprecio: El líder del bullying puede incluso lanzar encuestas con el fin de que los demás miembros participen activamente en la dinámica de humillación como, por ejemplo: “¿Quién está más loca, Fulana o Mengana?”.
Todo esto ocurre en un entorno de complicidad por parte del espectador pasivo, que se convierte en cómplice del maltrato, a veces por miedo a convertirse en el próximo blanco. Si se les confronta, los agresores tienden a invertir los roles, acusando a la víctima de ser “demasiado sensible” o de “no aguantar un chiste” o de reaccionar de forma “demasiado agresiva”. Es decir, el agresor se escuda bajo el perfil de una persona graciosa o con sentido del humor. No obstante, por lo general, los atacantes tienen plena conciencia del daño psicológico que causan.
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