Brasil ha proyectado hacia América Latina y el mundo una imagen política fuertemente asociada con el pensamiento crítico, las luchas populares y las propuestas de transformación social. La influencia internacional de Paulo Freire, la teología de la liberación, el movimiento sindical, las organizaciones campesinas y la experiencia política del Partido de los Trabajadores, liderado por Luiz Inácio Lula da Silva, ha contribuido a esa percepción. Sin embargo, la extraordinaria proyección intelectual y política de estas tradiciones ha llevado a sobrevalorar su peso real en el conjunto de la sociedad y, especialmente, en las estructuras de poder. El prestigio internacional de un pensamiento transformador puede coexistir con el predominio interno de fuerzas políticas y sociales conservadoras.
Desde 1950 hasta octubre de 2026, Brasil ha transitado por experiencias nacionalistas, desarrollistas, reformistas, conservadoras, autoritarias y de izquierda. Los gobiernos de Getúlio Vargas, Juscelino Kubitschek y João Goulart expresaron, con diferencias importantes, proyectos de modernización, desarrollo nacional y reformas sociales. El golpe militar de 1964 inauguró una dictadura que se prolongó durante aproximadamente veintiún años, hasta 1985. Con el retorno a la democracia se sucedieron los gobiernos de José Sarney, Fernando Collor, Itamar Franco y Fernando Henrique Cardoso, cuyas orientaciones políticas abarcaron desde el centrismo y el desarrollismo hasta las reformas económicas de mercado. Durante este período, las fuerzas de centro y centroderecha mantuvieron una presencia predominante en la conducción del Estado, mientras la izquierda alcanzó su primera victoria presidencial en 2002, con la elección de Luiz Inácio Lula da Silva.
El Partido de los Trabajadores gobernó desde enero de 2003 hasta agosto de 2016, primero con Lula y posteriormente con Dilma Rousseff, y regresó a la Presidencia en enero de 2023. En conjunto, hasta octubre de 2026, las administraciones del Partido de los Trabajadores acumulan aproximadamente diecisiete años y medio, frente a los veintiún años de dictadura militar y los casi dieciocho años de gobiernos civiles de centro y derecha entre 1985 y 2002. A estos últimos se suman los dos años y cuatro meses de Michel Temer y los cuatro años de Jair Bolsonaro.
Esta distribución histórica del poder adquiere particular relevancia al contrastarla con la extraordinaria influencia intelectual, cultural y social de las fuerzas progresistas brasileñas. Aunque la sucesión presidencial expresa las correlaciones de fuerzas de cada período, constituye también un referente para comprender la persistencia de las estructuras conservadoras y las dificultades de los proyectos progresistas para consolidar una hegemonía política y social. Esta situación tiene raíces históricas relacionadas con la formación de las clases sociales, la concentración de la riqueza y las jerarquías raciales que acompañaron la construcción del Estado brasileño.
Brasil fue el último país de América en abolir la esclavitud, en 1888, pero su eliminación jurídica dejó intactas numerosas relaciones económicas, sociales y culturales que la habían sustentado. La concentración de la tierra, el poder determinante de las oligarquías regionales y las prácticas patrimonialistas encontraron nuevas formas de reproducción en la sociedad republicana.
Diversos intelectuales brasileños han examinado críticamente las contradicciones de un proceso de modernización que ha mantenido profundas desigualdades y limitaciones en la incorporación plena de las poblaciones negra e indígena a los derechos y oportunidades de la vida nacional. El legado de la esclavitud, el racismo y las formas oligárquicas de dominación continúan influyendo en la configuración de las relaciones sociales. Esta persistencia histórica evidencia cómo la modernización económica y la democratización política pueden desarrollarse junto a estructuras sociales heredadas que conservan una extraordinaria capacidad de reproducción.
Las identidades regionales constituyen otra dimensión fundamental para comprender las tendencias políticas brasileñas. Las diferencias históricas, económicas y culturales entre territorios han configurado formas particulares de organización social, pertenencia e identificación política. En las elecciones presidenciales de 2022, Lula obtuvo el 69,3 % de los votos válidos en el Nordeste, mientras Bolsonaro alcanzó el 61,8 % en el Sur, reflejando importantes contrastes regionales. Estas diferencias conviven con la influencia de grupos económicos, oligarquías regionales, liderazgos religiosos y estructuras políticas locales que ejercen poder sobre los territorios mediante redes de lealtades, relaciones clientelares y control de recursos. Las identidades territoriales y las relaciones locales de poder contribuyen así a configurar comportamientos políticos que trascienden las identificaciones partidarias nacionales.
A estas relaciones de poder territorial se incorpora la influencia del crimen organizado y la narcopolítica. En determinadas regiones brasileñas, las organizaciones vinculadas al narcotráfico y las milicias han desarrollado capacidades de control territorial que se extienden hacia las instituciones y los procesos electorales. La mayoría de estas fuerzas tienden a aproximarse a sectores conservadores dispuestos a establecer alianzas pragmáticas, donde los intereses económicos, la protección política y el control territorial prevalecen sobre los principios éticos. Esta articulación contribuye a reproducir las estructuras tradicionales de dominación mediante nuevas formas de control político y social.
La continuidad conservadora encuentra también expresiones en las culturas populares y en las concepciones que orientan la vida cotidiana. Las identidades sociales se configuran a partir de valores, creencias y prácticas que atraviesan las diferencias de clase y las distintas corrientes políticas. En los sectores populares pueden coexistir demandas de justicia social, aspiraciones de igualdad, participación en el ejercicio del poder y prácticas solidarias con concepciones tradicionales sobre la familia, la religión, la sexualidad y las formas de ejercer la autoridad. Esta coexistencia revela los límites de una concepción esencialista de lo popular que establece una correspondencia directa entre la condición social y las ideas de transformación. La historia muestra una relación mucho más compleja, atravesada por tensiones, rupturas y continuidades culturales.
Esta reflexión adquiere particular importancia cuando se observa la cultura brasileña. Con frecuencia se ha asociado la apertura frente al placer, la sensualidad, el cuerpo y las expresiones festivas con una supuesta inclinación progresista de la sociedad. Sin embargo, la liberalidad frente al placer constituye una dimensión cultural distinta del progresismo político. Una sociedad puede manifestar una amplia permisividad en determinadas expresiones culturales y sexuales, mientras conserva concepciones patriarcales, relaciones autoritarias y profundas desigualdades sociales. La libertad para disfrutar del cuerpo y celebrar la sensualidad puede convivir con estructuras tradicionales de autoridad y dominación.
El crecimiento del cristianismo evangélico incorpora otra dimensión a estas transformaciones. Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), la población evangélica de diez años o más pasó del 21,7 % en 2010 al 26,9 % en 2022. Su expansión ha fortalecido redes comunitarias, organizaciones religiosas y liderazgos con creciente presencia en las disputas políticas y electorales. Parte de estas organizaciones ha contribuido a articular posiciones conservadoras alrededor de la familia, la sexualidad y los valores morales, aunque dentro del cristianismo evangélico conviven diversas concepciones sociales y políticas.
El bolsonarismo debe comprenderse dentro de este entramado histórico y sociocultural. Su desarrollo expresa la capacidad de articulación política de corrientes nacionalistas, religiosas y conservadoras, alimentadas también por discursos de autoridad, preocupaciones frente a la inseguridad y cuestionamientos a las élites políticas tradicionales. Representa una expresión contemporánea de fuerzas con trayectorias históricas diversas, cuya influencia se manifiesta en distintos sectores sociales. Los resultados legislativos de octubre de 2026, cuando el Partido Liberal obtuvo 121 diputados frente a los 88 alcanzados por la federación encabezada por el Partido de los Trabajadores, constituyen otra evidencia del peso electoral y parlamentario de estas corrientes.
La interpretación de las tendencias políticas brasileñas exige incorporar la creciente volatilidad de una franja significativa del electorado latinoamericano, cuya relación con los partidos y las corrientes ideológicas se caracteriza por vínculos débiles, adhesiones cambiantes y evaluaciones pragmáticas de los gobiernos. Son ciudadanos que pueden respaldar propuestas progresistas y posteriormente inclinarse por opciones conservadoras, según sus experiencias, expectativas y percepciones sobre la situación nacional. Esta movilidad electoral introduce una dimensión adicional a la relación entre la continuidad histórica de las estructuras de poder y el comportamiento político de los votantes.
Los informes de Latinobarómetro aportan evidencias relevantes sobre la crisis de representación que acompaña este fenómeno. En su estudio de 2026, el 76 % de los latinoamericanos declaró sentirse sin representación en su parlamento, mientras la confianza en los partidos políticos se situó alrededor del 16 %. Para una parte del electorado, las adhesiones políticas dependen cada vez más de las experiencias concretas de gobierno y del cumplimiento de las expectativas ciudadanas. Las fuerzas políticas reciben apoyos sujetos a evaluación permanente, antes que adhesiones incondicionales.
Esta volatilidad responde a factores sociales y culturales diversos. Para amplios sectores empobrecidos y de las clases medias bajas, las condiciones económicas, el costo de la vida, el empleo y la lucha cotidiana por la subsistencia adquieren un peso decisivo en las valoraciones políticas. Las promesas de mejorar las condiciones materiales pueden generar adhesiones que posteriormente se debilitan ante las frustraciones y expectativas incumplidas.
Simultáneamente, las redes sociales, los medios de comunicación y las nuevas tecnologías han ampliado su influencia en la construcción de opiniones y preferencias electorales. Las campañas de desinformación, la personalización de los liderazgos y la capacidad de convertir la política en espectáculo forman parte de esta disputa por las percepciones ciudadanas. Las corrientes conservadoras y ultraconservadoras han demostrado una notable habilidad para aprovechar las emociones, los símbolos y los lenguajes de las plataformas digitales, planteando importantes desafíos comunicacionales a las fuerzas progresistas.
Las nuevas generaciones ocupan un lugar destacado en estas transformaciones. Una investigación del Organismo Internacional de Juventud para Iberoamérica, basada en datos de Latinobarómetro 2024, encontró que el 47,2 % de los latinoamericanos de hasta 29 años considera que la democracia puede funcionar sin partidos políticos, frente al 39,9 % de las personas de treinta años o más. Esta diferencia refleja las tensiones existentes entre las generaciones jóvenes y las formas tradicionales de representación, en un contexto donde las plataformas digitales, las identidades cambiantes y las nuevas formas de participación adquieren creciente influencia.
La combinación de estas realidades obliga a distinguir entre hegemonía social, identificación ideológica y comportamiento electoral. Las elecciones expresan correlaciones de fuerzas en momentos determinados, mientras las relaciones de poder y las culturas políticas se transforman mediante procesos históricos mucho más prolongados. En Brasil, una victoria electoral progresista puede expresar demandas de bienestar y cambios en las políticas públicas, mientras permanecen vigentes concepciones conservadoras en distintos ámbitos de la vida social.
En síntesis, la experiencia brasileña revela una contradicción fundamental que atraviesa a muchas de nuestras sociedades. Una fecunda tradición de pensamiento crítico y luchas sociales transformadoras convive con estructuras conservadoras que mantienen una extraordinaria capacidad de reproducción. A esta tensión se incorpora la creciente volatilidad de un electorado cuyas preferencias atraviesan las fronteras partidarias e ideológicas. Hemos conocido mejor al Brasil de sus intelectuales, sus movimientos populares y sus proyectos transformadores que al Brasil de las relaciones sociales piramidales que sostienen el poder. Esta distancia entre la influencia de las ideas progresistas y su predominio efectivo en la sociedad constituye una clave para comprender las contradicciones de la política brasileña contemporánea.
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