Cuando Juan Bosch escribe la conocida carta a tres amigos que le visitaron en La Habana en el verano del 1943, gobernaba en República Dominicana Rafael Trujillo Molina y en Haití Eli Lescot. Su visión del problema de la dignidad humana de haitianos y dominicanos abarca toda la isla. Recupero el texto citado en la entrega anterior.

Pero, así como en los hombres del Pueblo en ambos países hay un interés común —el de lograr sus libertades para tener acceso al bienestar que todo hijo de mujer merece y necesita—, en las clases dominantes de Haití y Santo Domingo hay choques de intereses, porque ambas quieren para sí la mayor riqueza. Los pueblos están igualmente sometidos; las clases dominantes son competidoras. Trujillo y todo lo que él representa como minoría explotadora desean la riqueza de la isla para sí; Lescot y todo lo que él representa como minoría explotadora, también.

Trujillo, que sometió criminalmente al pueblo dominicano desde el 1930 hasta su ajusticiamiento en 1961, tenía fuerte vínculos con el presidente haitiano Elie Lescot, desde el tiempo en que Lescot fue embajador de Haití en República Dominicana. Lescot fue presidente de Haití desde 1941 hasta 1946, cuando fue derrocado por un golpe militar. 

Al momento de escribir su carta Bosch conocía claramente la alianza que tenían ambos gobernantes para protegerse mutuamente, sin dejar de reconocer que ambos eran ambiciosos y buscaban acrecentar su poder a expensas del otro en la Isla. Por eso señala: 

Entonces, uno y otro —unos y otros, mejor dicho— utilizan a sus pueblos respectivos para que les sirvan de tropa de choque; esta tropa que batalle para que el vencedor acreciente su poder. Engañan ambos a los pueblos con el espejismo de un nacionalismo intransigente que no es amor a la propia tierra sino odio a la extraña, y sobre todo, apetencia del poder total. Y si los más puros y los mejores entre aquellos que por ser intelectuales, personas que han aprendido a distinguir la verdad en el fango de la mentira se dejan embaucar y acaban enamorándose de esa mentira, acabaremos olvidando que el deber de los más altos por más cultos no es ponerse al servicio consciente o inconsciente de una minoría explotadora, rapaz y sin escrúpulos, sino al servicio del hombre del Pueblo, sea haitiano, boliviano o dominicano. 

Ambos gobernantes estimulaban un pseudo-nacionalismo como fachada para ocultar la manera en que ellos y las minorías que les acompañaban, explotaban a sus respectivos pueblos, y en el caso del dominicano además, a los trabajadores cañeros haitianos que eran tratados como esclavos en los ingenios azucareros de este lado de la frontera. El dulce era muy amargo para miles y miles de hombres tratados como bestias.

Al servicio de esas prácticas inhumanas muchos intelectuales dominicanos y haitianos les servían a sus respectivos gobernantes y clases dominantes con argumentos que construyen una visión ilusoria de la nación propia y un desprecio por los vecinos. Justo ese fue el motivo que llevó a Bosch a escribir esta carta a sus amigos, al descubrir en sus comentarios la venenosa ideología que ellos habían asumido al estar sometidos al régimen del sátrapa dominicano. 

Los nacionalismo construidos para ocultar la verdad de la dignidad humana y favorecer el dominio autoritario de gobernantes, termina pagándose cara, no olvidemos casos como el fascismo y el nazismo, y los brotes peligrosos de esas ideologías en el norte y el sur de nuestro continente. 

Por eso Bosch desnuda esas actuaciones de manera precisa. Cuando los diplomáticos haitianos hacen aquí o allá una labor que Uds. estiman perjudicial para la República Dominicana, ¿saben lo que están haciendo ellos, aunque crean de buena fe que están procediendo como patriotas? Pues están simplemente sirviendo a los intereses de esa minoría que ahora está presidida por Lescot como ayer lo estaba por Vincent. Y cuando los intelectuales dominicanos escriben —como lo ha hecho Marrero, de total motu proprio según él dijo olvidando que no hay ya lugar para el libre albedrío en el mundo— artículos contrarios a Haití están sirviendo inconscientemente —pero sirviendo— a los que explotan al Pueblo dominicano y lo tratan como enemigo militarmente conquistado”  

Igual que en República Dominicana muchos intelectuales se convirtieron en voceros del despotismo y racismo del trujillismo, del lado haitiano otros académicos se doblegaron a defender la naturaleza explotadora de sus élites, con absoluto desprecio por su pueblo. Los intelectuales dominicanos y haitianos que se libraron de ese adocenamiento y destacaban críticamente la naturaleza perversa de las ideologías nacionalistas de sus regímenes, fueron tratados como “traidores a la patria”, igual que ocurre en el presente. Bosch fue considerado por el trujillismo como traidor, por no ser vocero (hoy les llaman bocina) de la explotación, corrupción y racismo de la dictadura. 

David Álvarez Martín

Filósofo

Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Especialista en filosofía política, ética y filosofía latinoamericana.

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