Quien escribe, tuvo acceso desde muy temprana edad a uno de los discursos más emblemáticos e influyentes en la defensa de los derechos del pueblo y sus prerrogativas, así como de sus más profundos anhelos de libertad. Mi padre, quien atesoraba el folleto, cuestionó mi interés por esa fascinante literatura, alegando consecuentemente una presunta falta de madurez como para entender los conceptos allí expresados.

El texto llevaba por epígrafe “La historia me absolverá” de Fidel Castro, líder de la Revolución Cubana y uno de los personajes latinoamericanos más impactantes del siglo pasado. Todo lo escrito a lo largo de sus 80 páginas aproximadamente, consiste en un alegato de autodefensa que el joven conspirador pronunció con ocasión del juicio que se llevara a cabo en su contra el 16 de octubre del 1953, como consecuencia del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

El alegato no solo fue un argumento autodefensivo, sino que también se convirtió en un discurso de referencia para todos aquellos que procuran la justicia, la libertad, el desarrollo y la auténtica equidad de los pueblos. Para un adolescente como lo era yo, inquieto y ávido de conocimiento, haber leído a Fidel Castro constituyó la puerta de entrada hacia una concepción idealista del mundo; y en el punto de partida en procura de hallar un concepto que idealice una sociedad más justa y equitativa.

73 años después de ese acontecimiento, Cuba continúa asediada de problemas que la esclavizan y que le impiden evolucionar hacia un estado de plenitud en los distintos órdenes, pero sobre todo en el aspecto económico. La Revolución Cubana ha sido valiente y ha resistido, con el apoyo de toda una generación, los embistes de una política exterior asfixiante que no le ha permitido otra cosa que no sea la estratificación de sus políticas internas y la meticulosa administración de sus recursos, pero que, sin embargo, parece claudicar por momentos frente a un embargo económico que se sobrepone ante cualquier interpretación subjetiva de la historia.

El embargo cubano es real, no es un mito ni una invención de sus dirigentes. Aceptar esa realidad implica redireccionar el enfoque del discurso actual y entender que las causas reales de los escoyos de aquella nación no apuntan al gobierno cubano, sino a una extraordinaria fuerza extranjera que no asimila convivir tan de cerca con una gerencia desafectada a sus intereses. Por muchos años todo el mundo ha denunciado el bloqueo, y en ocasiones se ha señalado que el embargo es una política criminal, porque lo que procura en el fondo es rendir por hambre a todo un pueblo, o provocar que ese pueblo se rebele en contra de sus propios dirigentes; en una palabra, pretende, a todas luces, desestabilizar a toda una nación.

En medio de las actuales circunstancias debemos reconocer que la labor llevada a cabo por Fidel como líder indiscutible de toda una generación fue extraordinaria, ya que logró no solo encausar el proceso revolucionario, sino también mantener unido a un pueblo alrededor de sus objetivos. Sin embargo, la integridad de aquella labor, dejada por Fidel Castro como uno de sus más valiosos legados, podría peligrar en manos de una juventud que carece de muchas cosas y que no se encuentra en condiciones de entender cabalmente lo que significó la revolución, pues los tiempos han cambiado y tal vez llegó la hora, para aquella hermosa nación, de una revisión de sus paradigmas sin abandonar los valores que dieron origen a la gesta del 59.

Estoy seguro de que Deng Xiaoping, Gran Líder de la República Popular China, comprendió la importancia de adaptarse y evolucionar cuando los pilares fundacionales legados por Mao se estremecieron frente a las circunstancias, y demostró con ello que llevando a cabo los cambios estratégicos se puede no solo sobrevivir, sino también garantizar el progreso de todo aquello por lo que se lucha.

Desde aquí, desde estas respetuosas y gentiles líneas, aplaudo el documento del gobierno de Cuba sobre las “Transformaciones Económicas y Sociales”; un marco conceptual que constituye un importante paso de avance hacia el progreso de Cuba y su consolidación como país digno e independiente.

Juan Alberto Liranzo

Abogado, conferencista y profesor de Historia de las Ideas Políticas. Maestría en Ciencias Penales (ENMP/UASD) y curso especializado en investigación de crímenes y delitos con enfoque de género. Pasado miembro del Consejo Tecnico Académico de la ENMP y candidato al Consejo Superior del Ministerio Público. Fiscal en licencia. Actual Consultor Jurídico del Consejo Nacional de Drogas.

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