Para la querida amiga Daphne Arbaje, por su gran pasión por la bioética.

En 2018 circuló una noticia que parecía sacada de la ciencia ficción: dos gemelas chinas habían nacido con el ADN editado mediante las tijeras moleculares CRISPR, una técnica que permite modificar deliberadamente la genética de un organismo para añadir o eliminar características específicas. El científico He Jiankui buscaba hacerlas resistentes al VIH y, con su intervención, marcó el inicio de la era de los llamados "bebés de diseño", cuyo material genético es alterado intencionalmente antes de nacer.

El anuncio generó un amplio rechazo en la comunidad científica, que consideró que la intervención había cruzado límites bioéticos fundamentales al manipular embriones humanos, con el riesgo de provocar consecuencias indeseadas. No obstante, una minoría respaldó la investigación, viéndola como un paso hacia la prevención de enfermedades hereditarias y un avance significativo en la medicina de precisión. Posteriormente, He Jiankui fue condenado a tres años de prisión, multado y apartado de la práctica científica.

Sin embargo, el caso no concluyó con su condena y su impacto sigue gravitando en ámbitos científicos y transhumanistas. La edición genética terapéutica, que se aplica a pacientes con patologías existentes, a diferencia de la preventiva realizada a las gemelas chinas, se orienta a corregir mutaciones o defectos en el ADN que provocan enfermedades graves, por lo que goza de una aceptación creciente.

En cambio, la edición genética mejorativa, que busca potenciar rasgos como la apariencia física, la fuerza muscular o las capacidades cognitivas, entraña riesgos desconocidos y podría derivar en una forma de eugenesia elitista; consistente en la mejora deliberada de características hereditarias que ampliarían las ventajas de una minoría con los recursos para “optimizar” la genética de sus hijos, en un contexto donde los costos iniciales son elevados y su masificación tomará tiempo.

Con los avances en genética y biotecnología ha crecido el interés por la eugenesia, sin considerar, muchas veces, los riesgos de discriminación biológica ni los antecedentes reprochables del siglo pasado, ligados a la reproducción selectiva y la esterilización forzada. Ante esta situación, organismos como la UNESCO y la OMS han propuesto moratorias a la edición genética con fines reproductivos, subrayando la necesidad de alcanzar consensos científicos, garantizar la equidad y establecer regulaciones globales que frenen, incluso, el potencial “turismo genético” hacia países sin controles estrictos.

Filósofos como Jürgen Habermas han criticado la llamada “eugenesia liberal”, porque los padres intervienen en el patrimonio genético de sus hijos sin que estos puedan participar de una decisión que marcará sus vidas. Entonces, el hijo deja de ser un regalo para convertirse en un proyecto diseñado y cargado de expectativas.

En ese contexto, podrían surgir tensiones en el ámbito familiar si un joven “de diseño” llegase a rechazar las características genéticas seleccionadas por sus padres. Esto podría generar resentimiento, conflicto e incluso ruptura familiar, al percibir que lo que se decidió para su bienestar terminó por convertirse en una fuente de limitaciones personales. A su vez, los padres podrían experimentar incertidumbre y arrepentimiento al considerar que tomaron una decisión inadecuada, con consecuencias irreversibles para su hijo.

 Tecnologías para una evolución dirigida

El avance de la genética moderna se apoya en herramientas que, hasta hace pocas décadas, parecían fantasías tecnológicas. Entre ellas destaca CRISPR, capaz de editar el ADN con una precisión sin precedentes. Aunque, por ahora, la edición genética en humanos no está disponible y su uso se limita al ámbito de la investigación científica.

Quienes respaldan la biotecnología y los avances genéticos destacan su potencial para erradicar enfermedades como la fibrosis quística, la anemia falciforme y ciertos tipos de cáncer. También señalan la posibilidad de diagnósticos más precisos, terapias personalizadas, vacunas más eficaces y una vida más larga y saludable. Prometen una revolución sanitaria capaz de transformar la salud humana a una escala difícil de imaginar.

Pero ese horizonte convive con riesgos reales. En sus primeras etapas, estos avances solo estarán al alcance de quienes puedan pagarlos, creando una élite no solo económica, sino también biológicamente privilegiada.

Además, la estandarización progresiva de ciertos patrones estéticos, como el tipo de nariz, cabello, glúteos, pechos y cinturas, podría conducir a una uniformidad física que empobrezca la diversidad morfológica y genética, aumentando la vulnerabilidad de la especie frente a determinadas enfermedades, estilos de vida o catástrofes ambientales.

La existencia de cuerpos modificados según rasgos físicos socialmente valorados podría generar nuevas formas de discriminación hacia quienes no encajen en el modelo, tanto en la selección laboral como en la relación sentimental, dando lugar a personas marginadas, con mayores dificultades de inserción social y vínculo personal.

Por otro lado, la convergencia entre mente humana e inteligencia artificial amenaza también con ampliar la desigualdad. Proyectos como Neuralink, el implante cerebral impulsado por Elon Musk, buscan conectar el cerebro humano con la inteligencia artificial mediante interfaces neuronales capaces de expandir la memoria y de acelerar el aprendizaje y el procesamiento de datos en tiempo real. Esta fusión con la máquina en organismos genéticamente optimizados perfila un escenario transhumanista donde ciertas personas tendrían ventajas físicas y cognitivas exponenciales frente al resto.

De la sangre azul al ADN azul

La historia demuestra que las élites siempre han encontrado formas de conservar su poder, ya sea mediante matrimonios arreglados, excelencia educativa y la transferencia de grandes herencias económicas. Desde las monarquías europeas hasta las castas sociales en distintas regiones del planeta, el privilegio siempre ha encontrado maneras para perpetuarse.

En pocos años, la biotecnología permitirá una transición desde el viejo concepto de “sangre azul” hacia uno nuevo de “ADN azul”, donde pertenecer a una élite no dependerá de apellidos ni fortunas, sino de composiciones genéticas optimizadas desde la concepción. Esa aristocracia genética supondría una ruptura profunda con la noción de igualdad, al crear personas con salud e inteligencia superiores y con una longevidad asegurada, mientras la mayoría seguiría sujeta a la lotería genética natural.

Más que un reto científico, este escenario constituye un dilema político y ético. Michel Foucault mostró cómo el biopoder opera mediante prácticas y saberes que buscan administrar, regular y optimizar la vida de la población, haciendo de la biología un territorio político. Con la edición genética, se abre la posibilidad de intervenir en los códigos fuentes de la vida para determinar las características físicas y psíquicas valoradas y aceptables, emergiendo una forma radicalizada de biopolítica, donde el poder no solo gobierna la vida, sino que pretende diseñarla.

En esa misma línea, Byung Chul Han advierte que la obsesión contemporánea por el rendimiento convierte al individuo en empresario de sí mismo, dentro de lo que denomina psicopolítica. La promesa de perfección genética agudiza este fenómeno. Ya no se trata solo de autoexplotarse, sino de nacer biológicamente mejor configurado para competir con ventajas y rendirle más al sistema. Así, la desigualdad se naturaliza y hereda, erosionando la diversidad humana y consolidando un orden social biológico, eficiente y excluyente.

Desde una perspectiva religiosa cristiana, la eugenesia plantea un dilema aún más profundo, al interferir en la creación misma de la vida, un ámbito que la fe reserva a Dios. Alterar el código genético con fines de perfeccionamiento no solo desafía el principio de la dignidad intrínseca de cada ser humano, creado “a imagen y semejanza” divina, sino que también convierte la vida en un producto moldeable según criterios de utilidad, belleza o eficiencia. Bajo esta visión, la eugenesia pretende sustituir el misterio de la providencia por el cálculo técnico, diluyendo la sacralidad de la existencia en nombre del control y la optimización.

Regulación preventiva y dilemas del siglo XXI

La historia reciente de la inteligencia artificial ya deja ver los riesgos de permitir que sus atractivos avancen más rápido que la comprensión de sus consecuencias. Algo similar ocurre con la ingeniería genética, cuyo potencial transformador es tan poderoso como incierto, pudiendo conllevar mutaciones imprevistas y efectos no deseables y heredables.

Cuanto más real se vuelve la posibilidad de diseñar personas, más urgente es abrir un debate ético global y establecer marcos normativos que sean flexibles, preventivos y transparentes. Solo así se podrá evitar que los avances terapéuticos no terminen alimentando nuevas formas de privilegios y desigualdad estructural.

El dilema del siglo XXI no es si estas tecnologías progresarán, sino con qué valores lo harán. La verdadera cuestión es si estarán al servicio de la equidad y la dignidad, o si terminarán creando castas biológicas con ventajas físicas e intelectuales frente al resto de la humanidad.

El futuro dependerá de nuestra capacidad colectiva para gobernar la genética antes de que sea ella quien termine moldeando, sin retorno, los límites de lo humano. Atravesamos una encrucijada decisiva, al disponer por primera vez de la capacidad técnica para escribir nuestro destino biológico. El reto no consiste en frenar el progreso, sino encauzarlo mediante una gobernanza ética y democrática guiada por principios de justicia, equidad y dignidad humana.

Si las biotecnologías se desarrollan bajo marcos normativos globales orientados hacia el bien común y la protección de los derechos humanos, podrán convertirse en herramientas para mejorar la calidad de vida y aliviar el sufrimiento causado por enfermedades y condiciones genéticas adversas. Pero si quedan en manos del mercado y bajo lógicas de privilegio, podrían abrir la puerta a una aristocracia genética que fracture irreversiblemente el ideal de igualdad humana.

Alejandro Moliné

Ingeniero civil

Formación en ingeniería, economía y administración de empresas. Experiencia en proyectos sociales e instituciones públicas del área de salud y seguridad social

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