Como la memoria del presente es el instante, no tenemos conciencia del paso del tiempo, ni percibimos su decurso. De ahí que, sin percatarnos conscientemente, asistimos a la escritura de la historia literaria del presente dominicano, en sus distintas expresiones genéricas.

Todos sabemos que los premios no hacen escritores, pero son una señal de identidad de su trayectoria intelectual, que formará parte integrante de su vida literaria, a la vez que actúan como un estímulo impulsador. La historia de la literatura y la historia de los premios literarios son paralelas. Sin embargo, las obras son anteriores a los premios. Mientras estos son fenómenos sociales, aquellas son fenómenos estéticos, objetos autónomos. Los certámenes y los premios son acciones institucionales creadas por los agentes culturales para estimular la creatividad, la imaginación y el intelecto. Pertenecen a la historia social de la literatura y la cultura y, en muchas ocasiones, hablan por sí solos de la dimensión intelectual y literaria de un autor. Para un joven escritor, sin duda que un premio podría ser esencial para catapultar su carrera; en tanto que, para un autor consagrado, podría servirle para confirmar su trayectoria y reconocimiento. En ocasiones, los premios prestigian un concurso: constituyen un hecho de la sociología de la literatura, que permite, a menudo, valorar y revisitar la obra de un autor. El premio Nobel, el Cervantes, el Planeta, el Rómulo Gallegos, el Biblioteca Breve, el Jerusalén, el Goncourt, el Alfaguara, el Princesa de Asturias, el Formentor, el Reina Sofía, entre otros de gran prestigio internacional, sirven de estímulo y abren el apetito de los escritores de todo el mundo. Si bien es cierto que la industria es el gran enemigo del arte, porque estimula el trabajo en serie, erosionando la calidad de la obra de arte —pues la industria se caracteriza por la producción a gran escala—, no menos cierto es que los premios y concursos crean el afán y el tesón por conquistarlos: sirven aun para crear el oficio de escritor. También es cierto que constituyen un aval en una carrera literaria y una referencia a tomar en cuenta por las editoriales. De ahí que estos tengan una relevancia crucial y sirvan de motivación y reto individual para el creador literario y artístico.

Salta a la vista, entonces, que los premios literarios representan una incitación y un estímulo para un escritor, que podrían reflejarse en su obra y definirse en la reafirmación de la fe en el oficio y la constancia de una pasión creadora, y aun sacarlo del marasmo, la inercia y la autocensura paralizadora.

En nuestra república letrada, el ejercicio del frenesí literario ha alcanzado una constitución y un espacio singulares, que nos deben llenar de orgullo y júbilo. Ello así, puesto que se trata del fervor trascendente que concita la práctica de la escritura literaria en nuestro país, que acusa los signos de una tradición emergente, que se fortalece y trasciende a sí misma. El desafío a la imaginación, que representa el quehacer literario en la República Dominicana, es proverbial, a juzgar por la geografía de nuestras letras que, en apenas 48 442 km², una legión de poetas y escritores construyen cada día el edificio de una tradición literaria, que traspasa las fronteras caribeñas y americanas. Resulta paradójico que en nuestro país haya habido más movimientos poéticos que en EE. UU., donde solo se conocen el Trascendentalismo, el Imaginismo y la Beat Generation; en cambio, en la República Dominicana, tenemos el Vedrinismo, el Postumismo, los Independientes del 40, la Poesía Sorprendida, las Generaciones del 48, del 60, del 65, del 80 y la Metapoesía, así como movimientos provinciales como los Nuevos, el Interiorismo o el Contextualismo, y ahora el Efluvismo. Esa es una peculiaridad que refleja nuestra pasión literaria y una conducta gregaria que ha posibilitado el intercambio de experiencias de lectura y creación que ha cosechado sus frutos, y que le confiere a nuestras letras un estatus de pujanza en el orbe hispano.

La historia de la literatura dominicana es la historia de las generaciones poéticas. Desde el Vedrinismo hasta la Generación de los 80 o del 2000, la tradición literaria nuestra ha estado determinada por la presencia hegemónica de la poesía. Las características formales, los temas, los registros de época y las técnicas han variado de un grupo a otro y de una generación a otra. Esta dinámica ha normado el quehacer literario en la República Dominicana. Los signos y los actores de ese accionar han experimentado transformaciones estéticas, en sintonía con las corrientes de vanguardia de Hispanoamérica y Europa.

El hecho mismo de que en nuestro país, en una media isla, de una ancestral historia, pero de una bisoña tradición literaria, ha habido más movimientos literarios que en muchos otros países de mayor extensión, se explica en que la cocina de nuestras letras se ha condimentado en los mismos espacios y lugares de una ciudad pequeña, que van de la cafetera El Conde o el parque Colón, hasta la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Ese hecho geográfico y urbano ha determinado que sus actores lean más o menos a los mismos autores, compartan parecidas experiencias de lectura, similares gustos estéticos, formen grupos y peñas, y frecuenten la misma topología fantasmal, debido a lo minúsculo de la ciudad capital y a la concentración del accionar cultural en la metrópolis —y este fenómeno es consustancial a toda América Latina—. En EE. UU., quien escribe en California o hace vida literaria, casi nunca conoce y hace amistad con el que vive y escribe en Nueva York; en cambio, en la República Dominicana, el epicentro de la vida cultural se teje en la capital, y este hecho social ha determinado y posibilitado la gestación, a nuestro juicio, de tantas generaciones, tendencias, movimientos y grupos culturales y literarios. En los últimos 25 años, el escenario ha cambiado un tanto, con el movimiento cultural de los dominicanos en Estados Unidos, Europa y Puerto Rico, y con los autores de provincias, lo que ha permitido la expansión del radio cultural y de los centros hegemónicos del poder cultural. Y más aún, con internet y otros medios electrónicos, lo que ha permitido la eliminación de las barreras geográficas espacio-temporales, la comunicación virtual, la existencia de la Semana Internacional de la Poesía, de la Feria Internacional del Libro, el festival Mar de Palabras, seminarios, congresos, entre otros eventos. Igualmente, la celeridad con que llegan las traducciones y los libros de las principales editoriales internacionales a nuestras librerías, hecho que no acontecía en el pasado, amén de la participación de nuestros autores en festivales y congresos internacionales, de la traducción de sus textos, la publicación en editoriales extranjeras y la inclusión en antologías de Europa y América Latina. La condición insular, que antes nos limitaba, hoy día se ha roto con la pujanza de las nuevas voces emergentes, la presencia de nuestros autores en los eventos internacionales, el intercambio de invitaciones, la reciprocidad de las obras y las amistades literarias que —quiérase o no— contribuyen a romper el cerco del aislamiento mental y físico. Después de la Feria Internacional del Libro, del Festival Internacional de Poesía, de la Semana Internacional de la Poesía o de Mar de Palabras, el país literario y cultural es otro. A partir de esos eventos hay que empezar a repensar nuestra historia cultural, pues el país ya tiene otro rostro ante los ojos del mundo y ante la mirada crítica de quienes nos estudian y leen. Y crecen los estudiosos y especialistas de las academias americanas y europeas interesados en nuestras letras y en nuestros autores: desde Danilo Manera, de Italia, y Rita de Maeseneer, de Bélgica, hasta Catherine Pelage, de Francia, o las argentinas Nina Bruni y Ester Gimbernat Pellerano.

De ese modo, podría decirse que nuestras letras gozan de buena salud, ya que están en sintonía y en diálogo permanentes con el ámbito hispano, caribeño y europeo, cuyo signo más elocuente lo constituye la comunicación virtual y simultánea con escritores de todas las latitudes, venciendo todo tipo de fronteras lingüísticas, geográficas y culturales, experiencia que no vivieron los poetas de la primera mitad del siglo XX, que vivieron en una condición de insularidad, ostracismo y aislamiento creados por la dictadura de Trujillo, o bien por su propia naturaleza, temperamento y concepción del oficio literario.

En la actualidad novosecular, la literatura dominicana se fundamenta en la búsqueda individual, al margen de la ansiedad de las generaciones y los grupos, tras los hallazgos de nuevos y arriesgados meandros expresivos. Digresión en múltiples direcciones estéticas, nuestros poetas y narradores postulan la ironía y la sátira a la tradición más inmediata. Se produce, pues, la desaparición de los grupos de vanguardias, el advenimiento de los destinos individuales, las aventuras estéticas personales, y el consumo de múltiples lenguajes artísticos, visuales y sonoros. Cada individualidad busca un registro, un pulso expresivo y creativo, así como una dicción en armonía con la sensibilidad y la experiencia estética.

Una seña de identidad para el tiempo presente lo constituye el empuje de la literatura escrita en las provincias y el de la diáspora dominicana en los Estados Unidos. A estos rasgos se añade la vislumbre de una ruptura a partir del año 2000, aproximadamente, con la emergencia de voces poéticas provenientes de jóvenes nacidos a partir de 1970, cuya obra se caracteriza por una impronta marcada por el discurso urbano de clase media, expresiones estéticas de la oralidad, de la conversación callejera, de la lengua inglesa, influencia de la antipoesía, la poesía conversacional, de la Beat Generation, de cierta poesía neotestimonial, y esto es un rasgo novedoso en nuestra tradición literaria, como podemos observar en Frank Báez, Homero Pumarol, Rita Indiana Hernández, Isis Aquino, Franz García o Juan Dicent, entre otros.

Este nuevo siglo acusa los presupuestos de la transgresión, cuya expansión y trascendencia en el alba augura los ecos tempranos de una memoria verbal renovadora, de mucha salud para las voces emergentes, y cuyos gustos van más allá de la literatura, como la música, el cine, las artes plásticas, la fotografía y el teatro.

Basilio Belliard

Poeta, crítico

Poeta, ensayista y crítico literario. Doctor en filosofía por la Universidad del País Vasco. Es miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y Premio Nacional de Poesía, 2002. Tiene más de una docena de libros publicados y más de 20 años como profesor de la UASD. En 2015 fue profesor invitado por la Universidad de Orleans, Francia, donde le fue publicada en edición bilingüe la antología poética Revés insulaires. Fue director-fundador de la revista País Cultural, director del Libro y la Lectura y de Gestión Literaria del Ministerio de Cultura, y director del Centro Cultural de las Telecomunicaciones.

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