En una tierra donde las palabras fueron perseguidas como herejes y los suspiros se convirtieron en traición, hubo una mujer que no bajó la voz. Anna Ajmátova -nombre de guerra de Anna Andréyevna Gorenko- nació en el año 1889 bajo el cielo de Odessa, la tercera mayor ciudad de Ucrania, entre el rumor del mar negro y la promesa de una Rusia aun no desgarrada por el miedo. Desde joven, su poesía se alzó como un rezo roto, una voz que ardía en la penumbra, un espejo en el que la belleza y el sufrimiento aprendieron a convivir.
Su padre, un marino de un carácter severo, le prohibió usar el apellido familiar si deseaba ser poeta. Así nació “Ajmátova”, nombre tomado de una leyenda tártara y convertido en estandarte lírico de todo un siglo herido. Su formación fue rigurosa: estudió derecho, historia, literatura y pintura. Pero su verdadera escuela fue la vida, esa maestra implacable que le arrancó un hijo, le silenció amigos y la condenó al exilio interior durante décadas.
Su voz no fue la del himno ni la de la consigna. Fue una voz intima, templada, un fuego silencioso donde el amor, la espera, la pérdida y la fe sonaban como campanas enterradas. En sus poemas no hay alardes ni ornamentos innecesarios. Todo es contenido, como una flor que se abre bajo la nieve.
Ajmátova comenzó su carrera poética como parte del círculo acmeísta, junto a su esposo el también poeta Nikolái Gumiliov. Frente a la nebulosa simbólica de sus contemporáneos, los acmeístas propusieron un regreso a la claridad, a la palabra justa, al detalle concreto. En sus primeros libros, La tarde (1912) y El rosario de (1914), se escucha el ritmo de una mujer que escribe con la cadencia de los antiguos, con un alma dolida y un lenguaje que quema.
Pero fue la tragedia colectiva la que la convirtió en la gran madre doliente de la poesía rusa. Réquiem, escrito en secreto entre 1935 y 1940, es un canto fúnebre a las mujeres que esperaban afuera de las prisiones del estalinismo, como ella misma esperó por su hijo, Lev. No lo publicó en vida, sabía que hacerlo era como firmar una sentencia de muerte. El poema se transmitió de memoria entre mujeres, como una oración o una advertencia.
Réquiem
Ningún cielo extranjero me protegía,
ningún ala extraña escudaba mi rostro,
me regí como testigo de un destino
común,
superviviente de ese tiempo, de ese lugar.
En él Ajmátova no se coloca por encima de las demás, habla con ellas, desde ellas. En uno de los versos más famosos dice: “Yo estaba entonces con mi pueblo, donde mi pueblo, por desgracia, estaba”. Es el testimonio de quien prefirió no exiliarse, de quien se quedó a hablar el silencio, la sospecha, el miedo. Y aun así, escribió. No hay heroísmo en su palabra, hay dignidad. Hay temblor. Hay una belleza salvada entre los escombros.
Muchos han intentado atrapar a Ajmátova con palabras, como si una golondrina pudiera guardarse en una jaula de definiciones. Joseph Brodsky, su discípulo indirecto y Premio Nobel, dijo de ella que “su tono es el de la conciencia colectiva”. Marina Tsvietáieva, otra gigante de la poesía rusa, la describió como “una esfinge muda entre dos mundos”.
Por su parte, el filósofo e historiador de origen ruso-judío Isaiah Berlin, que la conoció en el Leningrado, escribió páginas enteras sobre la intensidad de su conversación, sobre “la oscura melancolía que la rodeaba como un halo inevitable.”
En el mundo hispano, el poeta y amigo Alberto Ruy-Sánchez se adentró en su vida a través del ensayo literario El expediente de Anna Ajmátova, una obra que no solo explora su poesía sino también el espionaje al que fue sometida por parte del régimen soviético.
Hay algo en la vida de Ajmátova que estremece más allá de su obra: su fidelidad al sufrimiento como parte de su identidad. No quiso emigrar, aunque pudo. No delató a nadie, aunque la presionaron. No renunció a la poesía, aunque le prohibieron publicar durante más de veinte años. No cedió. No fingió. Se convirtió en un símbolo sin buscarlo.
Imágenes de ella nos quedan como grabados: la mujer alta, vestida de negro, con un perfil bizantino, caminando por el Leningrado con un cuaderno escondido debajo del abrigo. El cuaderno que luego quemaría una y otra vez, para no comprometer a nadie. Porque en tiempos oscuros, escribir poesía era un acto de fe y de resistencia.
Ajmátova murió en 1966, pero su voz no. Habita en los silencios de quienes han perdido algo, en las mujeres que esperan y en los hombres que no entienden por qué se llora con palabras. Ella supo, como pocos, que la poesía no se escribe solo con la mano, sino también con la herida.
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