Hay algo sospechoso en una civilización que ha conseguido enviar robots a Marte, desarrollar inteligencias artificiales capaces de escribir poemas y construir edificios de cuarenta pisos, pero que parece haber perdido la capacidad de diseñar una fachada que no provoque una leve tristeza existencial. Basta con mirar nuestras ciudades para comprender que el progreso, ese señor tan presumido que siempre llega vestido de traje, no necesariamente tiene buen gusto. Hemos confundido la sofisticación con la ausencia de personalidad, la funcionalidad con la monotonía y el minimalismo con una especie de resignación estética colectiva. Todo es gris, blanco, negro o, en el mejor de los casos, beige. Parece que la humanidad ha decidido vivir dentro de una fotocopia de sí misma.

Quizás el problema comenzó cuando decidimos que el pasado era más elegante sin sus colores. Durante siglos hemos contemplado las esculturas grecorromanas como monumentos de mármol blanco, asociando su apariencia descolorida con una supuesta pureza estética. Sin embargo, aquellas esculturas estuvieron originalmente policromadas. Eran objetos llenos de pigmentos, contrastes y expresividad. Lo que hoy consideramos refinamiento clásico es, en buena medida, el resultado del deterioro material y de una interpretación moderna que terminó convirtiendo la pérdida del color en un ideal de belleza. Es una ironía extraordinaria: hemos aprendido a admirar como perfección aquello que originalmente era una pérdida.

Algo parecido ocurre con nuestras ciudades. Las antiguas catedrales estaban concebidas como universos simbólicos donde la arquitectura, la escultura, la pintura y la luz participaban de una misma experiencia espiritual. Cada elemento tenía una intención narrativa. El edificio no era simplemente un lugar donde entrar, sino una representación del mundo y de sus misterios. Hoy, en cambio, hemos sustituido aquellas catedrales por centros comerciales que parecen cajas de zapatos con aire acondicionado, donde la experiencia trascendental consiste en conseguir un descuento del treinta por ciento en una tienda de ropa. Nuestros nuevos templos tienen escaleras eléctricas, patios de comida y estacionamientos. La salvación del alma ha sido reemplazada por la acumulación de puntos de fidelidad.

No se trata de idealizar el pasado ni de fingir que nuestros antepasados vivían en una permanente celebración de la belleza. Se trata de reconocer que la forma en que construimos nuestros espacios revela algo sobre los valores que organizan nuestra existencia. La proliferación de edificios residenciales idénticos, fachadas intercambiables y barrios enteros diseñados bajo una misma plantilla no es solamente un problema arquitectónico. Es también una manifestación cultural. Construimos viviendas como si estuviéramos fabricando envases, y después nos sorprendemos de que las ciudades comiencen a parecer almacenes de seres humanos. El apartamento es cada vez más pequeño, el precio cada vez más absurdo y la promesa de una vida mejor cada vez más parecida a una broma inmobiliaria.

Naturalmente, siempre habrá alguien dispuesto a defender semejante paisaje invocando las sagradas palabras de la modernidad: eficiencia, funcionalidad y minimalismo. Tres conceptos extraordinarios cuando se utilizan para mejorar la experiencia humana, pero bastante convenientes cuando sirven para justificar la mediocridad. Porque una cosa es eliminar lo innecesario y otra muy distinta es eliminar cualquier rastro de imaginación. El minimalismo puede ser una postura estética profundamente inteligente, pero también puede convertirse en la coartada perfecta para no tener absolutamente nada que decir.

Esta pobreza visual parece acompañar una pobreza más profunda: la de nuestras aspiraciones. La arquitectura que habitamos se parece demasiado a la vida que se espera de nosotros. Levantarse temprano, trabajar, pagar deudas, consumir, dormir y repetir. Una existencia perfectamente funcional, como una máquina que no necesita preguntarse para qué fue construida. Hemos conseguido que la esclavitud contemporánea tenga aplicaciones móviles, beneficios corporativos y una tarjeta de identificación con fotografía. Ya no hacen falta cadenas cuando se puede conseguir que alguien agradezca tener un empleo que consume la mayor parte de su tiempo a cambio de un salario que apenas le permite continuar asistiendo al mismo empleo.

En América Latina conocemos bastante bien esta sofisticada modalidad de explotación. Los call center, las oficinas empresariales y los espacios laborales organizados alrededor de indicadores de productividad convierten a miles de personas en voces, números y estadísticas. El trabajador debe sonreír mientras escucha insultos, cumplir protocolos que no ha diseñado y alcanzar objetivos que probablemente tampoco comprende. Su personalidad es bienvenida siempre que no interfiera con la productividad. Después de ocho o diez horas de semejante espectáculo, regresa a su pequeño apartamento, abre las redes sociales y encuentra una nueva colección de personas exitosas explicándole cómo debería vivir. El capitalismo tiene un sentido del humor admirable: primero te vende la angustia y después te ofrece una suscripción para combatirla.

Una civilización sin imaginación no es la que ha dejado de inventar máquinas, sino la que ya no puede imaginar una vida que no esté al servicio de ellas. El problema no es el beige de las paredes: es la resignación que hemos aprendido a llamar madurez. Nos acostumbramos a habitar cajas, cumplir horarios y confundir la supervivencia con un proyecto de vida. La pregunta, entonces, ya no es por qué nuestras ciudades se parecen tanto, sino quién gana cuando nosotros también empezamos a hacerlo.

Gustavo A. Ricart

Cineasta y gestor cultural

Soy cineasta, gestor cultural y crítico en formación. Desarrolló mi carrera entre la creación audiovisual y el pensamiento crítico, combinando la práctica artística con estudios universitarios en Historia y Crítica del Arte. Actualmente cursa una maestría en Gestión Cultural, con el firme propósito de contribuir a la vida pública desde la reflexión estética y el análisis sociocultural. En paralelo, colabora activamente en proyectos que buscan descentralizar el acceso a la cultura y revalorizar nuestro patrimonio.

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