A pesar de que en este año el término “Inteligencia Artificial” (IA) cumple 70 años desde que John McCarthy lo acuñó en su conferencia sobre máquinas pensantes, es en los últimos años cuando realmente nos hemos familiarizado con su uso. De pronto, ha impactado nuestra vida. Prácticamente, ya no hay facetas de la actividad humana en donde la IA no esté. Es omnipresente, cual Dios, como nos lo recuerda Harari. Con frecuencia y lamentablemente interactuamos con ella, a veces dedicándole más tiempo que a otros seres humanos. Sin embargo, usualmente desconocemos —o preferimos ignorar— cómo es que opera. En muchos casos, nos forjamos la errónea idea de que la IA es pura ficción y que carece de componente humano.
El libro que lleva por título este artículo viene a desmitificar esa idea. Con inteligencia humana, los profesores James Muldoon, Mark Graham y Callum Cant lo publicaron en 2024. Desde entonces, la obra ha recibido excelente crítica, especialmente porque en ella estos talentosos autores ingleses abordan con gran agudeza temas tabú de la IA. El libro es fruto de una investigación de varios años realizada por estos académicos de las universidades de Oxford y Essex en Kenia, Uganda, Irlanda, Islandia, el Reino Unido y Estados Unidos.
Su objetivo era conocer, desde la realidad, cómo son las condiciones de trabajo de las personas que utilizan las grandes empresas tecnológicas que controlan la IA; comprobar el drama que usualmente estas experimentan; destacar la relevancia de su aporte para el procesamiento y operación de estas máquinas pensantes; y, finalmente, descifrar los desafíos que implica la IA para la sociedad.
Así, la primera gran comprobación que resalta el libro es que el componente humano es indispensable para el funcionamiento de esta herramienta de vanguardia. A pesar de que las tecnofirmas suelen ocultarlo, dependen aún de la mano de obra e intelecto humano. Por ello, en el libro se apunta: “El desarrollo de la IA tiende a ser secreto y opaco; no hay números exactos sobre cuántas personas trabajan en la industria globalmente, pero la cifra ronda los millones, y, si las tendencias continúan al ritmo actual, ese número podría sufrir un aumento sustancial. Cuando usamos productos de IA nos estamos insertando directamente en la vida de esta fuerza laboral desperdigada por todo el mundo”.
En la obra se revelan los eslabones subterráneos, aunque fundamentales, de este submundo. En general, son siete las posiciones humanas básicas que lo integran: la anotadora, la ingeniera, el técnico, la artista, el operario, el inversor y el organizador. Cada una de estas figuras tiene a su cargo aportar un componente peculiar para que los algoritmos puedan hacer su trabajo. A cada una de ellas el libro le destina un capítulo.
Así, por ejemplo, la anotadora despliega un trabajo brutal. A esta persona de carne y hueso le corresponde la estresante tarea de identificar o “moderar” en tiempo real los contenidos de las escenas más violentas o tóxicas que se colocan en las redes sociales. Su trabajo consiste en detectarlos y eliminarlos a tiempo. En la obra se reseña el dramático caso de Mercy, una anotadora de Nairobi que tuvo que presenciar la muerte de su abuelo y de tres personas más de su barrio en un video, y seguir trabajando como si nada hubiera pasado.
Se espera que estas personas identifiquen entre quinientos y mil “tickets” o censuras por día. Tienen que ser testigos de actos de violencia, violaciones, suicidios, torturas y otras insospechables escenas de horror. Por esto, muchos de estos empleados confesaban sentirse como "zombis", y otros tantos registraban trastornos psicológicos e intentos de suicidio.
Asimismo, otra de las comprobaciones fundamentales del libro es sobre las extremas condiciones laborales en que el grueso de estos grupos humanos desempeña sus labores. Resulta paradójico que, a pesar de la riqueza obscena que mueven estas gigantes de la IA —para el 2023, este mercado se valoró en 200,000 millones de dólares— los niveles salariales y las precariedades en que millones de personas brindan su fuerza de trabajo sean indignas.
En este sentido, los autores señalan: “Estas personas se encuentran en situaciones dispares: desde la precariedad extrema, la baja remuneración y la falta total de protección laboral de los anotadores, hasta los altos salarios de quienes trabajan en ingeniería de machine learning en las sedes centrales de grandes compañías internacionales”. El contraste es asimétrico. La inmensa mayoría de sus empleados se ubica, no por azar, en África y Asia bajo situaciones laborales críticas; mientras que la minoría, localizada en Europa y Estados Unidos, goza de un régimen de servicios totalmente distinto, caracterizado por retribuciones económicas inimaginables.
En definitiva, el libro ofrece una visión multidisciplinaria, seria y crítica de la IA. Es un clamor por la ética, la regulación legal y condiciones laborales más justas en una industria que los autores tildan de extractivista, recordando que, sin el factor humano, la inteligencia artificial simplemente deja de funcionar. Asimismo, la obra nos permite abordar la interrogante de la profesora Adela Cortina: «IA, ¿para qué y para quiénes?». Por todo lo anterior, recomiendo su lectura.
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