Según la CIE-11 (OMS, 2022), la sexualidad compulsiva es una combinación problemática de pensamientos y fantasías sexuales recurrentes y lleva a la persona afectada a un comportamiento hipersexualizado. No se trata tan solo de infidelidades o de una mera promiscuidad, sino de la cosificación de las parejas e incluso de la pérdida de placer en las repetidas actividades sexuales. Estos sujetos se implican en estas conductas no tanto para experimentar placer sino para evitar el malestar. El ansia por el sexo, al no saciarse, está permanentemente presente. Se trata en estos casos de un hábito desvinculado de todo propósito de comunicación y sin el menor atisbo de ternura y de vivencia amorosa.
En sentido estricto la adicción implica una sobreactivación de los circuitos cerebrales del placer y genera una pérdida de control, una dependencia, una tolerancia -lo que supone la necesidad de una mayor o más frecuente estimulación-, el abandono de otras aficiones y un perjuicio grave en el trabajo y en la familia.
La hipersexualidad oscila desde la masturbación compulsiva y el uso incontrolado del ciberporno machista y violento hasta la búsqueda continua de relaciones promiscuas breves con personas desconocidas en las aplicaciones de citas. Así, el cibersexo triunfa por ser accesible, anónimo y asequible, por fomentar fantasías de toda índole y por ser una vía de escape para las personas más inhibidas.
Las fantasías sexuales y los pensamientos eróticos se convierten en una pseudosolución a los problemas laborales, las relaciones rotas o la insatisfacción personal. Otras veces es el alcohol o alguna otra droga estimulante, como la cocaína, lo que pone en marcha el circuito adictivo. El sexo sin connotaciones afectivas, activado por el consumo de sustancias, tiene un potencial adictivo alto.
Esta adicción genera un grado alto de sufrimiento y autodestrucción. En general, se trata de una adicción menos confesada que otras, lo que conduce a la soledad y comporta un intenso sentimiento de culpa. Una vez establecida la adicción y con la conciencia de la pérdida de libertad, los sexoadictos sufren ansiedad, dejan de sentir placer y viven su situación con vergüenza, soledad y pérdida de autoestima. De este modo, en una espiral sin fin, el sexo cada vez va ocupando más espacio en la vida y en el pensamiento del sujeto.
Ciertos estilos de personalidad facilitan estas conductas hipersexuales. Así, son frecuentes en estos casos los rasgos obsesivos, narcisistas y de falta de empatía, así como la necesidad de autoafirmación. En concreto, la impulsividad y la búsqueda de emociones fuertes, sobre todo si van unidas a una capacidad de seducción y a una sobrevaloración del poder económico y social, facilitan el acceso a diversas parejas y su posterior cosificación sexual. Entre las personas de riesgo se encuentran aquellas que cuentan con una baja autoestima, muestran una insatisfacción con su imagen corporal, han sufrido algún tipo de abuso sexual o tienen un historial insatisfactorio de relaciones de pareja.
En cualquier caso, la adicción al sexo no es ni puede convertirse en una categoría moral, sino psicopatológica. La promiscuidad sexual o el cambio frecuente de parejas pueden suscitar un reproche moral en algunos sectores de la sociedad, pero no constituyen una categoría psicopatológica. Solo se puede hablar de adicción al sexo cuando hay una pérdida de libertad por parte del sujeto afectado, cuando hay ansia y fantasías sexuales recurrentes, cuando el sexo se convierte en el centro de la vida y cuando supone una interferencia grave en la vida cotidiana.
Por último, no se debe confundir a los adictos al sexo con los depredadores sexuales. En este último caso se trata de personas que manipulan o fuerzan a otras sin su consentimiento (coacción, engaño, abuso de poder) o por medio de un consentimiento viciado (en el caso de menores o de personas vulnerables) para obtener gratificación sexual. El componente central es el dominio o la explotación de la víctima, no la pérdida de control del agresor. Se trata, por tanto, de un delito, al margen de que quien lo cometa tenga además una adicción sexual.
En resumen, una cosa es el deseo sexual alto, que lleva a la persona a fantasear mucho con el sexo y a practicarlo con frecuencia y con una diversidad de parejas de forma consentida, pero que es capaz de controlar sus impulsos. Otra cosa es la hipersexualidad o compulsión sexual -la adicción al sexo-, que se caracteriza porque la conducta no es intrínsecamente sexual, sino que con ella se trata de reducir el ansia y desasosiego interno de la persona. Y, por último, otra bien distinta es la conducta sexual que no cuenta con el consentimiento de la víctima, genera algún tipo de intimidación y entra de lleno en el ámbito de los delitos contra la libertad sexual.
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