Adam Smith, en La riqueza de las naciones, presenta una distinción entre el trabajo productivo y el trabajo improductivo. Al primero lo define como aquel que aumenta el valor del objeto sobre el que se emplea, mientras que el segundo no produce ese efecto. Smith utiliza, en realidad, distintos criterios para determinar qué constituye trabajo productivo: aquel que crea valor, aquel que genera un excedente y aquel que produce bienes materiales. Esta clasificación debe entenderse dentro de la preocupación central de Smith: explicar la naturaleza de la riqueza y las causas de su acumulación.
La distinción, sin embargo, presenta una paradoja desde el comienzo: que un trabajo sea improductivo para Smith no significa necesariamente que sea inútil. El propio Smith reconoce que existen trabajos improductivos que pueden ser “muy honorables, muy útiles o muy necesarios”. Entre ellos incluye a funcionarios, soldados, médicos, abogados, hombres de letras, músicos y actores. Pues, también debe reconocer que es uno de ellos, y que existe un lugar en el mundo para aquellos que no generan un beneficio económico inmediato. En su obra, se enfoca en determinar cuáles cosas producen un valor que puede permanecer, intercambiarse y contribuir posteriormente a la acumulación de riqueza. El trabajo doméstico, por ejemplo, desaparece en el momento en que se realiza y no queda incorporado en una mercancía que pueda venderse posteriormente. De esta manera, lo “improductivo” es una categoría económica, no necesariamente una categoría moral. Sin embargo, aun con esta distinción certera, hoy en día, sobre todo, vivimos en una sociedad donde cada vez se valora menos aquello que no te haga ganar dinero. En un mundo donde predomina la superficie, donde se busca maximizar, en todo momento, bajo cualquier circunstancia, la productividad, la eficiencia y el dinero.
Aquí aparece la relación entre la concepción del trabajo productivo y la teoría del valor de Smith. Si la riqueza se manifiesta fundamentalmente en mercancías que poseen valor de cambio y pueden ser acumuladas, resulta comprensible que Smith otorgue una posición privilegiada al trabajo cuyo resultado permanece incorporado en un objeto vendible. Precisamente, para Smith, la riqueza está vinculada a las mercancías, al valor de cambio y a la posibilidad de que el producto del trabajo permanezca y pueda ser utilizado posteriormente. Aunque en el presente, la economía moderna considera que la riqueza es la acumulación de bienes tanto materiales como inmateriales. Por eso se habla de la riqueza monetaria e igualmente de la riqueza espiritual.
Pero esta definición plantea una pregunta que Smith deja abierta: ¿Qué ocurre con aquello cuyo valor no puede fijarse en una mercancía? Lo que le cuesta a un payaso hacer reír a los niños, aparte de una estacada introspectiva, es el mero costo de un tiempo minúsculo, y si se compara con un tipo de producción, es difícil de cuantificar económicamente. Es importante, por ello, separar lo inútil de lo improductivo: separar lo que se puede valorar de lo que se puede clasificar. El problema es atribuir una superioridad social a la palabra “productivo”. La distinción entre trabajo productivo e improductivo ha adquirido connotaciones morales que hacen parecer que el segundo es socialmente inferior. Sin reconocer que muchos trabajos clasificados como improductivos, incluidos los científicos, profesionales y culturales, contribuyen al desarrollo social.
La paradoja se vuelve todavía más evidente cuando pensamos en la propia actividad intelectual. Vivimos en una sociedad en la que “utilidad” se ha convertido casi en un criterio moral. La utilidad, en el lenguaje económico, parece sugerir aquello que debemos maximizar, como si toda actividad humana pudiera reducirse a una comparación racional entre costos y beneficios. Sin embargo, hay cosas cuya utilidad es precisamente difícil de calcular. Hay algunas cosas, objetos, oficios y deberes, a los que les dedicamos tiempo por pura pasión. Hay saberes que se cultivan precisamente motivados por el desinterés. El durar horas y días enteros caminando por el Prado, el Louvre, el Uffizi, por ejemplo. Leer y releer literatura fantástica como la de Borges. Sentarse sobre un acantilado y mirar. Cerrar los ojos y escuchar el sonido del viento siendo interrumpido por el cri-cri de los grillos. Escribir una historia que quizá nadie leerá… Pues, aunque indirectamente, es de nuestro interés hacer ejercicio del ocio, de vez en cuando, para hacer un pequeño espacio personal en medio del trajín de los días; también dentro de la vagancia y el ocio existe una productividad invisible. Lo inútil puede llegar a ser productivo.
No solo el cultivo de granos y tierra es productivo, lo es también el cultivo del espíritu. El mero hecho de escribir, como lo hizo el mismo Smith con su obra, nos ha dejado mucho más utilidad y beneficios que tantas otras cosas que se han desarrollado con “trabajo productivo”. En este sentido, lo improductivo puede producir algo que el lenguaje económico tiene dificultades para reconocer. Adam Smith escribió La riqueza de las naciones, una obra que difícilmente puede considerarse “productiva”, según una interpretación de su propia clasificación. Empero, su pensamiento contribuyó a transformar la manera en que generaciones posteriores entendieron la economía, con pensadores como Marx, Ricardo o Keynes, que fueron influenciados por él. De manera similar, no sería absurdo preguntarse si las obras literarias de Kafka, Borges o Conan Doyle han producido una utilidad cultural mucho mayor y más duradera que muchas de las actividades remuneradas que estos mismos realizaron durante sus vidas como la abogacía o la medicina. Existe un tipo de valor que precisamente pierde su significado cuando intentamos convertirlo inmediatamente en utilidad. La literatura, el arte, la filosofía y el conocimiento no necesitan producir un rendimiento económico inmediato para tener importancia. Su valor puede encontrarse, justamente, en aquello que no puede medirse.
Aunque en una sociedad capitalista se premia la productividad, la utilidad y la producción interesada, que de manera involuntaria beneficia a todos, también, en lo humano, en lo natural y espontáneo, se desprenden como destellos de luz personas “diogenescas”, kynikos pensadores desinteresados que, en búsqueda del sentido, de formas de belleza, hacen de lo que pareciera ser inútil, un arma fundamental para sobrevivir.
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