Ante una advertencia de opinantes sobre probables consecuencias negativas de sobreexposición mediática del presidente Luis Abinader, él mismo ha respondido seguido que seguirá hablando porque es cuestión de informar y de transparencia.
Sí y no, señor presidente. Depende, aunque se entienden sus presencias recurrentes para dar la cara.
Hay momentos en que la salida del escenario o el silencio representa el mejor discurso, si no lo pare el capricho de un sujeto sin formación en comunicación estratégica o institucional o, simplemente, con una visión marquetiana sobredimensionada evacuada por un cerebro alborotado.
Como el más potable del Gobierno aun en el quinto año de la gestión que durará hasta 2028, cierto que a LA le obligan la mudez de algunos funcionarios, la actitud negrera de un segmento y la verborrea bultera de otros. Unos y otros sustentados sobre la arrogancia que revela el gramo de poder pasajero en los ignorantes y el afán de visibilizarse para asegurar el nombramiento y potenciarse políticamente a posteriori.
Nada de extremos, sin embargo, con su exposición a los medios. Ni la parquedad mediática del expresidente Danilo Medina (2012-2016/2016-2020), ni el desenfreno verbal fuera de contexto del presidente Hipólito Mejía (2000-2004). Son perjudiciales las dos. El sabio pueblo dice que “hasta la belleza cansa”. En comunicación, la improvisación ha de ser excepción, no la norma.
Medina todavía cosecha los frutos amargos como retama de su largo silencio nunca táctico que permitió la conversión de opiniones negativas en actitudes de rechazo ahora difíciles de cambiar.
Y Mejía, el precio de sus frases cómicas provocadoras de carcajadas y aplausos durante la luna de miel de su gobierno, pero odiadas, sobre todo a partir de 2003, tras estallarle en sus manos una grave crisis socioeconómica que puso al país contra la pared con la prima del dólar por las nubes, quiebra bancaria, carencia de combustibles para vehículos y cocina, apagones a granel y carestía insoportable de los alimentos y servicios básicos.
Al reclamo popular de “¡Hipólito, la calle está dura!, respondía con desenfado: “¡Súbete a la acera!”; y al grito de “¡Hipólito, el huevo está caro!”, la reacción sarcástica: ¡Conviértete en gallina y ponlo tú, a ver si es bueno!”.
Salvador Jorge Blanco, presidente 1982-1986, vendido en la campaña electoral por José Cabrera (Dorín) como hombre de las “manos limpias” (anticorrupción), terminó abatido por restricciones económicas antipopulares impuestas por el Fondo Monetario Internacional, que provocaron la poblada en abril de 1984 con un saldo de al menos 150 muertos en 24 horas a manos de guardias y policías.
El presidente Leonel Fernández (PLD 1996-2000/2004-2009/2008-2012) no sólo pagó el precio del desgaste en el ejercicio del poder, sino la permanencia en los cargos de algunos funcionarios de primer nivel (Comité Político o Comité Central) que actuaron como gobiernos aparte y distantes de la gente.
Un vistazo a la comunicación gubernamental e institucional de antes y ahora evidencia su matrimonio indisoluble con un modelo difusionista agotado, muy caro y poco productivo, sustentado en acciones de comunicación masiva, publicidad comercial, relaciones públicas limitadas a conferencias y ruedas de prensa con entrega de notas a periodistas (muchas mal construidas), apariciones en redes sociales (RRSS) y elaboración caprichosa de productos y una propaganda que oscila entre campañas negativas y sucias.
Se trata de un enfoque que excita a los políticos al redituar rápido burbujas de éxito y la sensación de buena imagen. Pero resulta que es muy vulnerable al encuentro sostenido con la realidad, la principal prueba. Y, en el fondo, deviene en una trampa segura en tanto se actúa sin la matriz de un diagnóstico situacional y la planificación de la comunicación gubernamental e institucional.
La imagen sobre las instituciones y sus ejecutivos la construyen los públicos en sus mentes; ella es residual, lo decantado cuando la mar se ha calmado, no la opinión negativa o positiva en el momento. Los públicos la pueden cambiar para bien o para mal en función de la solidez en su imaginario y la dinámica del contexto socioeconómico y político.
Un ejemplo es el malestar social actual a causa de la crisis económica que ha provocado escasez de empleos, precios altos de la comida e inseguridad en las calles y en las casas. Malestar que -de no resolverse pronto- hundiría a la gestión gubernamental amén de la asequibilidad de un Abinader que muestra un muy notable desarrollo en sus habilidades políticas y de diálogo con los gobernados.
El Gobierno necesita sentarse ahora para repensar su comunicación y observar el comportamiento de funcionarios traviesos, ilusionistas y politiqueros que viven en una burbuja mediática alimentados con loas coreadas por grupos de amigotes bien remunerados, sin importar la situación del Gobierno.
Una misión difícil donde cualquiera cree que sabe de Comunicación. Pero la negación del panorama actual o la posposición de las decisiones urgentes lo llevaría directo al abismo tan tarde como las elecciones de 2028. Los antecedentes deberían servir para algo.
El veterano político, escritor, exprofesor de Historia en la UASD y funcionario de primera línea de las gestiones gubernamentales del PLD, Euclides Gutiérrez Félix, advertía a menudo que “todo el mundo caería preso, hasta yo” por las actitudes de funcionarios que se creían dueños de las instituciones, no hablaban con las personas de a pie y se daban la buena vida.
Fue premonitorio.
Compartir esta nota