Algunos veranos comienzan con un viaje o una excursión. El mío empezó una mañana cualquiera. Estaba sentada en mi butaca favorita esperando ver el amanecer. El silencio de la terraza, es mágico a esas horas, pero pronto descubrí que no estaba sola. Entre las ramas de una de las plantas, percibí un sonido muy bajito e inusual, pude ver dos pajaritos que trabajaban con una dedicación que me dejó inmóvil: iban y venían con pajitas, hojas secas, hilos, pedacitos de vida. Estaban construyendo un nido. Traerían vida nueva.

Sentí, y no exagero, que me llenaban de una especie de amor que no había experimentado antes. «Mi verano ha cambiado», pensé. «Va a ser maravilloso». Y desde ese instante lo supe: había recibido un regalo. Uno que no se envuelve ni se presume. Un regalo silencioso, vivo, que llegó sin pedir permiso; y sin embargo, me hizo sentir elegida.

La paz que me trajo ese descubrimiento fue inmediata. Una suavidad en el aire, como si el mundo me hubiera puesto una mano en el hombro para recordarme que todavía existen milagros pequeños. Saberme guardiana, aunque sea por poco tiempo, de un nido tan frágil me llenó de ternura. No soy su dueña, claro está. Pero sí soy testigo privilegiada de su proceso, de su confianza involuntaria, de su valentía diminuta.

Mientras los observaba no pude evitar pensar en mi hija, en los hijos en general; llegan como un regalo inmenso. Te enseñan a amar, a cuidar, a estar presente, pero no te pertenecen. No se guardan en una caja fuerte, no se retienen. Se acompañan mientras se te permite, y luego se sueltan con la fe de haber hecho nuestro mejor trabajo.

Saramago lo definía muy bien:

«Hijo es un ser que Dios nos prestó para hacer un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos, de cómo cambiar nuestros peores defectos para darles los mejores ejemplos y, de nosotros, aprender a tener coraje. Sí. ¡Eso es!, Ser madre o padre es el mayor acto de coraje que alguien pueda tener, porque es exponerse a todo tipo de dolor, principalmente a la incertidumbre de estar actuando correctamente y al miedo a perder algo tan amado.

¿Perder?, ¿Cómo?, ¿No es nuestro?, Fue apenas un préstamo… El más preciado y maravilloso préstamo, ya que son nuestros sólo mientras no pueden valerse por sí mismos; luego le pertenece a la vida, al destino y a sus propias familias. Dios bendiga siempre a nuestros hijos, pues a nosotros ya nos bendijo con ellos».

Pensar en el futuro del o los pajaritos que están en el nido no me causa ansiedad; sé que un día se irán. Volarán. Y mi terraza volverá a ser solo ,¡una terraza!. Pero yo no seré la misma, algo en mí habrá cambiado y tendré un nuevo aprendizaje: la vida se compone de estos instantes: breves, delicados, irrepetibles.

Este verano no lo planeé. No lo organicé. Me encontró. Llegó con alas, con trinos, con una lección envuelta en ramitas. Y mientras los pajaritos siguen construyendo su hogar, siento que, de alguna manera, también están reconstruyendo el mío.

Ahora despierto media hora más temprano y así poder contemplar la magia de ver cómo se crea la ilusión de una nueva vida.

Merliz Rocio Lizardo Guzmán

Aprendiz de la conducta humana. Merliz Rocío Lizardo Guzmán. Hija del escritor y profesor universitario Luis F. Lizardo Lasocè y de la doctora en medicina Idaliz Guzmán Suárez. Licenciada en psicología en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, con estudios relacionados en la Universidad de NYU y Hackensack, New Jersey donde cursó estudios en PTSD, además, Maestría en Sexualidad Humana. Actualmente es Profesora, por más 15 años en el área de psicología de la UASD y Terapeuta del Hospital Marcelino Vélez Santana. Asesora de estrategia de Marketing empresarial de grandes empresas nacionales y multinacionales.

Ver más