Pocos destinos encarnan con mayor rigor la dialéctica de la conquista que la peripecia de Bartolomé de las Casas en el solar antillano. Su trayectoria no procede de una abstracción doctrinaria ni de una piedad de gabinete, sino de la experiencia directa del colonizador que, tras desembarcar con Nicolás de Ovando en 1502, disfrutó durante casi una década del sudor ajeno en los repartimientos agrícolas y lavaderos de oro de Janique y La Concepción de La Vega. Las Casas fue primero artífice del sistema antes de erigirse en su impugnador más vehemente. En esa misma urbe vegana cantó su primera misa en el Nuevo Mundo hacia 1510, y aunque ordenado sacerdote diocesano antes de tomar el sayal blanco de la Orden de Predicadores en Santo Domingo en 1522, su mirada ya había registrado las tensiones que desgarraban el tejido de La Española.

En su monumental Historia de las Indias, Las Casas consignó con igual minuciosidad la opulencia botánica de la isla y los orígenes pedagógicos del drama insular. Registra allí cómo en la Vera-Paz del cacicazgo de Xaraguá, al abrigo del convento franciscano, fue instruido en letras y doctrina el niño Enriquillo. El fraile vindicó con orgullo esa educación que templó la rectitud del taíno, dotándolo de la prosa castellana y del pulso moral que más tarde lo erigirían en un émulo de Don Pelayo o del rey David frente a la codicia de los encomenderos. Para Las Casas, el alzamiento del Bahoruco constituyó una «guerra justa y justísima» amparada en el derecho natural y de gentes.

Su itinerario americano fue un combate ambulante —la catarsis de Cuba, el descalabro del ensayo de Cumaná, las misiones de Tuzulutlán en Guatemala y el áspero conflicto episcopal de Chiapas—, pero La Española permaneció siempre como su quicio moral y biográfico a lo largo de más de dos décadas de residencia. Cuando en 1533 las armas imperiales capitularon ante la evidencia de su propia impotencia en las breñas del suroeste insular, la presencia teológica y la mediación moral de Las Casas gravitaron sobre el desenlace como la confirmación empírica de su tratado De unico vocationis modo: la demostración irrevocable de que la razón y el concierto pacífico podían doblegar lo que catorce años de cuadrillas punitivas no habían conseguido.

Hacia 1533, el conflicto entre el poder castellano y la comunidad alzada alcanzó su cenit político en el lago de Jaraguá. El capitán Francisco de Barrionuevo, comisionado por Carlos V y portador de las Cédulas Reales de perdón y concordia, debió despojarse de los arreos militares para internarse en aguas calmas sobre canoas indígenas. Enriquillo lo aguardaba bajo una enramada rústica erigida en la orilla lacustre, en la llamada isla de los Cabritos. Al desembarcar el emisario, quedó desmantelado de golpe cualquier prejuicio metropolitano sobre la supuesta inferioridad o el balbuceo idiomático del aborigen: el cacique prescindió por entero de intérpretes. Formado en la lectura de los clásicos cristianos por los franciscanos de Vera-Paz, tomó los pergaminos imperiales en sus manos y leyó por sí mismo, con pausada soltura y gravedad cortesana, la provisión imperial firmada por el Carlos V.

Aquel acto fundacional encerraba una significación profunda: el rebelde descifraba la ley en el propio código del conquistador, desarmando la coartada jurídica de la sujeción armada mediante el uso magistral del castellano. Sellada la concordia con un abrazo solemne y el banquete ritual —donde el casabe serrano, las batatas asadas, las lizas, las guabinas, las biajacas,  los camarones, la jutia asada y el brebaje ceremonial del uikú compartieron espacio con las telas y promesas castellanas—, la palabra triunfó sobre la espada. El pacto consagró la libertad de la comunidad indígena y dio origen al asiento autónomo de Santa Cruz de Boyá, marcando el primer tratado formal de pacificación en la historia continental.

Esta confrontación diplomática no representó únicamente una victoria política; inauguró formalmente el vasto fenómeno de asimilación e injerto lingüístico entre dos universos mentales. El castellano, al posarse sobre el suelo virgen de La Española, se vio forzado a ensanchar sus costuras léxicas ante una geografía, una botánica y un instrumental material que desbordaban la memoria de Europa. Para nombrar la realidad antillana, los conquistadores y cronistas tuvieron que someter su propia lengua a la adopción ineludible del caudal taíno, convirtiendo el vocabulario insular en el pórtico necesario para la comprensión y dominio del Nuevo Mundo.

El contacto lingüístico en el corpus de Bartolomé de las Casas: la aclimatación del castellano en el horizonte taíno

La fijación del léxico aborigen en las páginas de Bartolomé de las Casas —principalmente en la Historia de las Indias, la Apologética historia sumaria y la Brevísima relación de la destrucción de las Indias— no responde a una mera curiosidad de anticuario ni a un prurito pintoresquista. Constituye, por el contrario, un acto de rigurosa necesidad taxonómica: la aclimatación forzosa del idioma romance ante una realidad física, botánica y social que desbordaba el inventario semántico heredado de Castilla. Para aprehender el orbe antillano, el cronista se ve impelido a registrar el vocablo autóctono, desentrañar su mecánica prosódica y consignar sus dominios de aplicación.

El corpus lascasiano opera como una monumental cámara de resonancia donde el arahuaco insular —la primera lengua americana receptora del impacto europeo— deja de ser murmullo efímero para cristalizar en categoría histórica y conceptual.

Dominios semánticos y campos de designación

  1. Botánica económica, agricultura y régimen alimenticio

En el ámbito de la subsistencia, el castellano tropezó con una cultura agrícola articulada en torno a especies sin correlato peninsular. La designación debió oscilar entre la analogía funcional y el préstamo puro:

  • Maíz (mahíz / mahí): Cereal rector de la dieta aborigen, conceptualizado por Las Casas como el «trigo de allá» para tornarlo inteligible al lector metropolitano.
  • Yuca (yucaba): Tubérculo medular del conuco, de cuya raíz rallada y prensada se extraía la masa básica libre de jugo tóxico.
  • Casabe (caçabi): Torta plana de harina de yuca desecada y cocida al fuego, pan incorruptible de las navegaciones y la resistencia montaraz.
  • Aje y Batata: Raíces feculentas cocidas o asadas, cuya pulpa dulce cotejó el fraile con el sabor de las castañas europeas.
  • Ají (axí): Cápsula picante e indispensable en el sazonamiento indígena, bautizada con perspicacia por el dominico como la «pimienta de las Indias» o «de la tierra». Su concurso dio origen y nervio al ajiaco primitivo, injerto temprano donde la raíz taína se articuló con el sufijo derivativo castellano -aco.
  • Bija: Arbusto (Bixa orellana) cuyas simientes carmesíes servían al aderezo cromático y la pintura corporal o embijamiento.
  • Ceiba (ceíba): Coloso vegetal de madera liviana y copa umbrosa, cuya prosodia cuidó Las Casas de advertir al lector: pronunciada «con la i letra luenga».
  • Higüero (hibuero): Fruto leñoso de la güira (Crescentia cujete), vaciado y desecado para oficiar de vasija o recipiente doméstico.
  • Fibras textiles (Maguey, Cabuya, Majagua): Plantas filamentosas destinadas a la cordelería, el tejido de redes de pesquería y ligaduras cotidianas.
  • Frutales y arboledas del monte: Inventario de especies nutricias y leñosas incorporadas al habla común: guanábana, guayaba, mamey, hicaco, jobo (hobo), bejuco, guácima, guáyiga y yagua.
  1. Zoología insular y tensión taxonómica

La orfandad léxica del europeo en la fauna antillana desató una pugna entre la denominación vernacular y la transposición metropolitana de especies conocidas:

  • Reptiles e insectos: Registro de la iguana (iuana), saurio arborícola comestible; la hicotea (jicotea), quelonio fluvial; el cocuyo (cucuyo), coleóptero fosforescente de vuelo nocturno; y el comején (comixén), termita xilófaga de temible voracidad destructiva.
  • Aves y medio acuático: Aves de presa como el aura y el guaraguao; fauna ictiológica de río y estero como el dajao, la guabina y la biajaca, junto a los gigantes marinos: el tiburón y el manatí.
  • El dilema del cánido autóctono: El cuadrúpedo doméstico taíno, denominado aón (plural aones), era un animal menudo, silencioso, incapaz de ladrar y auxiliar en la caza de la jutía y el guaminiquinaje. El conquistador esquivó la voz indígena para llamarlo peyorativamente gozque, recurriendo al perrillo faldero castellano para eludir el vacío léxico, distanciándolo así de la ferocidad de los alanos y mastines empleados en los aperreamientos bélicos.
  • Mamíferos menores: Junto a la jutía, Las Casas registró en su Apologética historia al curie (alternado como cori o corí en Oviedo y Castellanos, tronco de la curia dominicana y el curiel cubano), pequeño roedor pacífico que, junto al quemí y al mohuy, mitigó la hambruna castellana durante la fundación de La Isabela. Se le llamo conejillo de Indias.
  1. Estructura sociopolítica y jerarquías tribales

Las Casas desmontó la noción de desorden salvaje codificando los estratos institucionales del cacicazgo:

  • Cacique: Señor principal, monarca territorial o regidor soberano de la comunidad.
  • Nitaíno: Aristocracia tribal, capitanes y miembros del consejo que secundaban la gobernación caciquil.
  • Naboría (naborío): Estrato tributario o dependiente adscrito a labores serviles y de labranza.
  • Behique / Bohique (buhuitihu): Jerarca religioso que aunaba las funciones de teólogo, custodio de la memoria oral, adivino y médico curandero.
  • Caribe / Caníbal: Hombre de guerra insumiso y móvil, estigmatizado en el discurso colonial por la antropofagia ritual.
  1. Hábitat, arquitectura doméstica y morfología territorial

El hábitat aborigen enriqueció la toponimia y la nomenclatura urbana:

  • Bohío (buhío): Morada común de varas y paja, carente de ventanales y provista de una sola entrada.
  • Caney: Residencia espaciosa, de planta cuadrangular o circular, reservada a la jerarquía del cacique.
  • Batey: Espacio ceremonial y plaza cuadrilonga despejada frente al caney, dispuesta para el juego, la asamblea y la fiesta colectiva.
  • Conuco (cunuco): Parcela labrantía comunal estructurada mediante montones de tierra para optimizar la siembra de raíces.
  • Bajareque: Muro o cerramiento levantado con entramado de cañas y lodo compactado.
  • Sabana (çabana): Dilatada campiña herbácea desprovista de boscaje espeso.
  1. Cultura material, transporte y utillaje cotidiano

Los instrumentos técnicos de la vida diaria ingresaron de forma definitiva al caudal castellano:

  • Hamaca: Lecho colgante tejido de algodón o fibras de maguey, acogido de inmediato por los marinos ibéricos («unas como redes colgadas»).
  • Canoa: Embarcación monóxila tallada en el tronco de un solo árbol, instrumento indispensable para el tránsito interinsular y fluvial.
  • Batea: Dornajo o gamella de madera labrada, empleada para el lavado del oro en las arenas de los ríos y el trasiego doméstico.
  • Burén: Plancha circular de barro cocido, calentada sobre piedras para tostar la torta de harina de yuca.
  • Cibucán: Manga cilíndrica de cestería compresible, empleada para exprimir la naiboa o jugo venenoso de la yuca rallada.
  • Macana: Mazo o espada defensiva labrada en maderas duras de palma.
  • Duho (dujo): Escabel bajo de madera o piedra pulida, con tallas zooantropomorfas, asiento protocolar de señores y sacerdotes.
  • Naguas y Jaba: Faldellín de algodón tejido característico de la mujer casada, y cesta de fibra para acarreo menudenciero.
  1. Universo sacromágico, mitología y festividades
  • Cemí (zemí): Núcleo de la plástica ritual; deidad o manifestación trascendente encarnada en piezas escultóricas de piedra, concha, madera o algodón.
  • Areíto (areíto, advertido «con la i larga»): Auto sacramental y memoria histórica; danza comunal cantada que preservaba genealogías y gestas pretéritas.
  • Batú: Confrontación lúdica y ceremonial de pelota celebrada con esferas de resina elástica en el ámbito del batey.
  • Cohoba (cojoba): Rito propiciatorio cumbre en el cual el cacique y el bohique aspiraban polvos alucinógenos de Anadenanthera para auscultar la voluntad divina.
  • Coaybay: Mansión subterránea de las sombras donde descansaban los espíritus de los difuntos.
  1. Topografía y macrorregiones insulares

La toponimia insular documentó la geografía física del territorio: Ciba («piedra»), matriz léxica del Cibao o tierra pedregosa; y Haití, indicativo de la comarca montañosa y escarpada. Esta nomenclatura territorial quedó demarcada en los cinco cacicazgos mayores: Xaraguá, Maguá, Maguana, Marién e Higüey. En cuanto al topónimo Quisquella, solo aparece en Pedro Martir de  Anglería explica que "los nombres que los primeros habitantes pusieron a la Española fueron, primero, Quizquella, después, Haití…". Década 3.ª, Libro VII, Capítulo 1.

La frontera culinaria y el protocolo diplomático: el ají frente al uikú

En el ámbito doméstico y ceremonial aborigen coexistían dos sustancias radicalmente divergentes en función y prestigio, cuya distinción permite entender la distancia entre el mantenimiento diario y el acto de Estado. De un lado operaba el ají, nervio y preservante de la olla campesina que prestó su raíz al guisado colonial; condimento terrenal de combustión rápida en el paladar.

En el extremo opuesto se hallaba el uikú (oicú), licor de estricta naturaleza ceremonial y festiva. Esta bebida excluía cualquier injerencia del ají: se trataba de una pócima fermentada a base de tortas de casabe tostado maceradas en agua, cuya sacarificación y fermentación alcohólica se aceleraba mediante la diastasa aportada por la saliva de las mujeres que masticaban la pasta inicial. El uikú era un néctar denso, nutricio y cargado de significación sacra, reservado para dirimir querellas, sellar alianzas o consagrar deliberaciones colectivas.

Fue con este brebaje, y no con el condimento de las viandas comunes, con el que el cacique Enriquillo acogió al capitán Francisco de Barrionuevo en 1533 en el lago de Xaraguá. Al tender el cuenco de uikú al emisario de Carlos V bajo la enramada lacustre, el jefe taíno no ofrecía una muestra folclórica de sustento, sino el sacramento pacificador de su estirpe. La escena sintetiza el curso del contacto lingüístico e institucional: allí donde el conquistador llegó empuñando la provisión escrita en castellano, el cacique replicó con la lectura cabal del documento real y el brindis pacificador del licor aborigen, clausurando catorce años de guerra con la victoria simultánea del derecho, la cortesía y la lengua.

En la arquitectura filológica de Pedro Henríquez Ureña —expuesta con magistral rigor en Para la historia de los indigenismos (1938) y decantada en El español en Santo Domingo (1940)—, el contacto entre el castellano y las lenguas vernáculas del Nuevo Mundo no fue un choque indiscriminado ni un aluvión sincrónico. Respondió a una rigurosa estratigrafía histórica en la cual el taíno o arahuaco insular ocupó, por derecho cronológico y geográfico, la condición de lengua madrina del léxico indiano.

La Española funcionó como el laboratorio donde se forjó la aclimatación de la lengua de Castilla antes de su irradiación continental.

  1. La primacía cronológica: La Española como aduana idiomática

Henríquez Ureña desmontó la tesis errónea de que los indigenismos ingresaron al español de manera dispersa o simultánea. El castellano llegó a América desprovisto de nombres para la naturaleza tropical y para unas instituciones humanas que no cabían en las categorías latinas o romances. Al ser las Antillas Mayores —y singularmente La Española— la sede de la primera colonización sedentaria durante tres décadas (1492–1519), el habla antillana se convirtió en el filtro obligatorio de la empresa ultramarina.

Los términos aprendidos en el trato cotidiano con los taínos no esperaron la conquista de México o del Perú para adquirir carta de naturaleza. Para cuando Hernán Cortés desembarcó en Veracruz o Francisco Pizarro en Tumbes, los capitanes, frailes, marineros y burócratas ya empleaban un vocabulario indiano fosilizado que trasladaron mecánicamente a Tierra Firme. De este modo, el castellano llamó maíz al tlaolli nahua y al choclo quechua; denominó cacique al tlatoani mexica y al curaca andino; y designó como bohío o caney a estructuras arquitectónicas enteramente disímiles del continente. El taíno no compitió con las grandes lenguas imperiales en pie de igualdad demográfica; venció de antemano gracias a su primacía cronológica en la mente del conquistador.

  1. Mecanismos de fijación y adaptación fonológica

El análisis de Henríquez Ureña rastrea la pericia con que el sistema fonológico castellano del Siglo de Oro domesticó las voces antillanas, acomodándolas a sus propias pautas sin desvirtuar su raíz:

  • Acentuación y ritmo oxítono/paroxítono: El taíno, lengua de cadencia y acentuaciones agudas y llanas muy marcadas, obligó a los cronistas a documentar precisiones prosódicas. Palabras como areíto, bohío, batey, caney, cazabe o ceiba fueron asimiladas respetando su vocalismo original, aunque en algunos casos la vacilación gráfica inicial (maíz frente a mahí, cacao o bija) terminó estabilizándose según la morfología romance.
  • Aspiraciones y silbantes: La presencia de aspiradas en el arahuaco insular (consignadas en grafías arcaicas con h o x, como en habana, hicaco, xaraguá) encontró un cauce natural en el castellano andaluz y meridional que predominaba en las tripulaciones y en la poblacion de Santo Domingo, facilitando una adopción fluida en el plano acústico.
  1. Vitalidad morfológica: el mestizaje afijal

Uno de los aportes más agudos del humanista dominicano consistió en demostrar que el tainismo no quedó como una reliquia estática o un fósil léxico dentro del diccionario, sino que demostró una inmediata vitalidad morfológica, sufriendo los procesos derivativos propios de la gramática castellana:

  • Derivación nominal y adjetival: De canoa derivó tempranamente canoero; de cacique, cacicazgo y caciquismo; de conuco, conuquero; de bija, el verbo embijar y el participio embijado; de naboría, el colectivo naborería.
  • El caso paradigmático del ajiaco: A partir de la raíz taína ají, la lengua romance adosó el sufijo despectivo o aumentativo -aco (de raigambre castellana) para crear ajiaco, designando el caldo espeso y sazonado que sintetiza la olla común criolla. El vocablo no es ya puramente indígena ni estrictamente peninsular: es la prueba palmaria del mestizaje lingüístico operando en el siglo XVI.

Referencias bibliográficas

  • Las Casas, B. de. (1552/2022). Brevísima relación de la destrucción de las Indias (Edición, introducción y notas de T. Barrera). ePubLibre / Titivillus. (Trabajo original publicado en 1552 por Sebastián Trujillo).
  • Las Casas, B. de. (1561/2022). Historia de las Indias (Libro I). ePubLibre. (Trabajo original redactado entre 1527 y 1561; edición digital basada en la edición del Marqués de la Fuensanta del Valle y J. Sancho Rayón, Imprenta de Miguel Ginesta, 1875).
  • Las Casas, B. de. (1561/2022). Historia de las Indias (Libro II). ePubLibre. (Edición digital basada en la edición de M. Fuensanta del Valle y J. Sancho Rayón, 1875).
  • Las Casas, B. de. (1561/2022). Historia de las Indias (Libro III). ePubLibre. (Edición digital basada en la edición de M. Fuensanta del Valle y J. Sancho Rayón, 1875).
  • Henríquez Ureña, P. (1940/1975). El español en Santo Domingo (2.ª ed.). Editora Taller / Biblioteca Nacional. (Trabajo original publicado en 1940 como el Vol. V de la Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana, Instituto de Filología, Universidad de Buenos Aires).
  • Henríquez Ureña, P. (2003). Estudios lingüísticos y filológicos (Obras completas, Tomo IV; I. Pérez Guerra, Ed.). Editora Universal / Secretaría de Estado de Cultura.

Manuel Núñez Asencio

Lingüista

Lingüista, educador y escritor. Miembro de la Academia Dominicana de la Lengua. Licenciado en Lingüística y Literatura por la Universidad de París VIII y máster en Lingüística Aplicada y Literatura General en la Universidad de París VIII, realizó estudios de doctorado en Lingüística Aplicada a la Enseñanza de la Lengua (FLE) en la Universidad de Antilles-Guyane. Ha sido profesor de Lengua y Literatura en la Universidad Tecnológica de Santiago y en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, y de Lingüística Aplicada en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Fue director del Departamento de Filosofía y Letras de la Universidad Tecnológica de Santiago y fue director del Departamento de Español de la Universidad APEC. Autor de numerosos textos de enseñanza de la literatura y la lengua española, tanto en la editorial Susaeta como en la editorial Santillana, en la que fue director de Lengua Española durante un largo periodo y responsable de toda la serie del bachillerato, así como autor de las colecciones Lengua Española y Español, y director de las colecciones de lectura, las guías de los profesores y una colección de ortografía para educación básica. Ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Ensayo de 1990 por la obra El ocaso de la nación dominicana, título que, en segunda edición ampliada y corregida, recibió también el Premio de Libro del Año de la Feria Internacional del Libro (Premio E. León Jimenes) de 2001, y el Premio Nacional de Ensayo por Peña Batlle en la era de Trujillo en 2008.

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