Las palmas se mecían al ritmo de los cánticos. El sol de la mañana dominicana caía sin piedad sobre la calle Mercedes, esquina José Reyes, en el corazón de la Ciudad Colonial de Santo Domingo, pero ni el calor ni la humedad lograron apagar el fervor de los cientos de feligreses que este domingo 29 de marzo colmaron la Iglesia de Nuestra Señora de Las Mercedes para celebrar el Domingo de Ramos, la puerta de entrada a la Semana Santa 2026.
Desde temprano, el templo —una de las tres edificaciones católicas más antiguas en uso continuo en toda América, con una historia que se remonta a 1527— se fue llenando de fieles que llegaban con sus ramos en alto, listos para recibir la bendición que marca la conmemoración de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén.






"Una semana acercándonos más a Dios"
Entre los asistentes, las voces se fundían en un mismo sentimiento. "Es una semana de reflexión, una semana de meditación, una semana acercándonos más a Dios", repetía una feligresa con la convicción de quien lleva la tradición grabada en el alma.
Para Lines Batista, habitante de Santo Domingo, la jornada tenía un significado especial. "Para mí es un día muy importante, porque es un comienzo de la Semana Santa y es algo que nosotros siempre llevamos aquí en Santo Domingo. Es parte de nuestra religión y es un día muy, muy especial: el comienzo de la Semana Santa adorando al Señor Jesús", expresó con emoción, mientras sostenía su ramo recién bendecido. "El día de la bendición de los ramos", remarcó, como quien nombra una fiesta que no necesita más explicación.
Una fe que cruza fronteras
Pero la procesión de Las Mercedes no solo convocó a los capitaleños. Entre la multitud, un acento distinto llamaba la atención. Marvin Monroy, colombiano radicado en la isla, observaba la celebración con ojos de asombro y nostalgia.
"Venimos de un país donde la doctrina católica, que es la que manda en el mundo, es muy bonita. Veo que ustedes lo hacen aquí, me parece muy, muy lindo esto, que lo practiquen", contó Monroy con una sonrisa amplia. Y enseguida trazó el puente entre ambas orillas del Caribe: "En Colombia hacemos una procesión donde sale el Cristo y van los soldados romanos, y hacemos como una presentación muy parecida en las diferentes regiones del país".
Para Monroy, la experiencia en Las Mercedes fue un recordatorio de que la fe católica, con sus matices regionales, habla un idioma universal. "Es parecido. Algo, algo hacemos en Colombia", dijo, como quien encuentra un pedazo de casa a miles de kilómetros de distancia.
Un templo con cinco siglos de historia
La Iglesia de Las Mercedes no es un escenario cualquiera para esta celebración. Construida entre 1527 y mediados del siglo XVI bajo la dirección de Rodrigo de Liendo, el templo perteneció originalmente a la Orden de la Merced y hoy está a cargo de los padres capuchinos. Su interior en forma de bóveda, su púlpito tallado en caoba y sus muros de piedra colonial han sido testigos de casi cinco siglos de procesiones, bautizos, bodas y, sobre todo, de la devoción a la Virgen de las Mercedes, patrona de la República Dominicana desde 1844, año de la independencia.
Cada Domingo de Ramos, este templo de la Zona Colonial se convierte en epicentro de una tradición que trasciende generaciones. Los fieles recorren las calles empedradas con sus palmas en alto, en una procesión que mezcla la solemnidad litúrgica con el calor humano del barrio, el saludo entre vecinos y el murmullo de las oraciones.
Una semana que apenas comienza
La Arquidiócesis de Santo Domingo ya presentó el programa completo de celebraciones que se extenderán hasta el Sábado de Gloria, el 4 de abril. Mientras tanto, el Centro de Operaciones de Emergencias (COE) activó su operativo "Conciencia por la vida" para garantizar la seguridad durante los días de asueto.
Pero en la puerta de Las Mercedes, mientras la procesión se disolvía lentamente y los últimos feligreses guardaban sus ramos bendecidos —algunos para colgarlos detrás de la puerta de casa, como manda la costumbre—, lo que quedaba en el aire no era un operativo ni un programa litúrgico. Era algo más simple y más profundo: el eco de una fe compartida, la certeza de que la Semana Santa en Santo Domingo sigue siendo, como dijo Lines Batista, "algo que nosotros siempre llevamos aquí".
Una semana de reflexión. Una semana de meditación. Una semana acercándose más a Dios.
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