Había algo deliberadamente contradictorio en la escena: decenas de atriles con partituras clásicas compartiendo el escenario con luces de neón, y músicos de formación académica afinando sus instrumentos mientras los parlantes escupían las primeras líneas de "Rakata". Pero en Altos de Chavón, ese anfiteatro tallado en piedra coralina donde el río se escucha si uno presta atención, las contradicciones suelen convertirse en magia. Y la noche del sábado no fue la excepción.
Yandel —Llandel Veguilla Malavé, para el registro civil; "La Leyenda", para los millones que crecieron con su voz rasposa como banda sonora— se plantó en el escenario con la Orquesta Sinfónica Nacional a sus espaldas y, durante poco más de dos horas, hizo algo que sobre el papel parecía imposible: convertir el reguetón en una experiencia sinfónica sin que perdiera ni un gramo de calle.
Cuando los violines aprendieron a perrear
El concepto "Yandel Sinfónico" —que ya le valió una nominación al Latin GRAMMY— no es simplemente ponerle cuerdas a un dembow. Es otra cosa. Es escuchar cómo los arreglos orquestales le descubren capas nuevas a canciones que uno creía conocer de memoria. "Te siento" abrió con un crescendo de violines que le arrancó al tema una melancolía que el beat electrónico siempre le había ocultado. "Abusadora" ganó una gravedad casi cinematográfica con los cellos marcando el ritmo. Y cuando sonaron los primeros compases de "El teléfono", el anfiteatro entero —turistas, dominicanos, boricuas, europeos de paso por Casa de Campo— cantó a una sola voz como si fuera un himno generacional. Porque lo es.
Lo que más sorprendió fue la entrega de la Orquesta Sinfónica Nacional. No estaban ahí de relleno ni de adorno escénico. Tocaban con una intensidad que delataba ensayos largos y un respeto genuino por el material. Yandel lo reconoció en pleno show, con la voz entrecortada por la emoción: *"Gracias por aprenderse todas esas canciones. Yo sé que fue difícil, pero quiero darles las gracias de corazón por hacer esto tan grande. Mi música ustedes la están haciendo gigante"*.
La piedra cantó merengue
Hubo un momento que nadie esperaba. La orquesta, sola, sin Yandel en el escenario, arrancó un solo instrumental a ritmo de merengue. Fue el homenaje del boricua a la isla que lo adoptó como propio. Las trompetas dialogaban con los violines, el güira se colaba entre los timbales sinfónicos, y el público —que hasta ese momento había estado saltando— se detuvo un instante, como procesando que aquello era un gesto de amor disfrazado de música. Después, claro, volvió el baile.
Sangre nueva en el escenario
Yandel no llegó solo a Chavón. Gadiel, su compañero de batallas, subió al escenario para revivir "La pared" y "Plakito", dos temas que en versión sinfónica sonaron como si siempre hubieran sido compuestos para una orquesta. Pero el momento más íntimo de la noche llegó cuando presentó a su hijo Sour —productor devenido en cantante— con el orgullo torpe y transparente de un padre que ve a su cría volar. La leyenda, parece, ya tiene heredero.
Un repertorio que cruzó generaciones
"Mayor que yo". "Noche de entierro". "En la disco bailoteo". "Dembow". Cada título era una cápsula del tiempo que activaba memorias distintas según la edad del oyente. Para los que pasaron los 35, era la secundaria, las fiestas de marquesina, el primer perreo clandestino. Para los más jóvenes, era el descubrimiento de un catálogo que sus algoritmos de streaming no siempre les sirven. "Pam Pam", "Encantadora", "Báilame", "My Space", "Nadie como tú", "Sexo seguro"… la lista era un recordatorio contundente de que Yandel no tuvo uno o dos hits: tuvo una era entera.
El dato que importa
El show, producido por el empresario Gamal Haché y Jorge Iglesias de Iglesias Entertainment, con el auspicio de Banreservas, demostró algo que la industria musical dominicana viene insinuando hace rato: Altos de Chavón no es solo un escenario para baladas y pop latino de exportación. Es un espacio donde cualquier género, si se trata con ambición artística, puede alcanzar una dimensión superior.
Cuando las últimas notas de "Sácala" se apagaron y las luces del anfiteatro se encendieron, quedó flotando en el aire tibio de La Romana una certeza: lo que pasó esa noche entre esas piedras no fue un concierto de reguetón con orquesta. Fue la prueba de que la música urbana, cuando se la respeta lo suficiente como para vestirla de gala, no pierde su esencia. La multiplica.
Las piedras de Chavón, que han escuchado de todo en sus cuatro décadas, ahora también saben lo que se siente vibrar con un dembow sinfónico.
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