1. La mirada intercultural
Para Raúl Fornet-Betancourt, principal pensador latinoamericano de la interculturalidad, la cultura no se identifica sin más con la narración mítica que una sociedad construye sobre sí misma. Antes que definición o etiqueta, la cultura es experiencia vital, mundo de vida, memoria compartida, conflicto, reajuste e innovación. Por eso la filosofía intercultural rechaza toda cosificación de las culturas y desconfía de los conceptos que pretenden fijarlas como si fueran universos cerrados. Otro conocido filósofo intercultural, Josef Estermann, subraya, por su parte, que la interculturalidad no equivale a una mera coexistencia decorativa de diferencias, sino a una relación en la que la alteridad deja de ser amenaza y pasa a ser realidad que interpela, cuestiona y enriquece. En ese horizonte, la interculturalidad presupone simultáneamente el derecho a la diferencia y el derecho a la igualdad.
Entendida así, la interculturalidad no es un estado pacífico ya logrado, sino una práctica crítica. Exige reconocer las asimetrías de poder, resistir la tentación de jerarquizar arbitrariamente las diferencias y aceptar que el encuentro con lo otro transforma también la propia autocomprensión. De ahí que la cultura no pueda pensarse como esencia inmóvil, sino como proceso histórico abierto, atravesado por memorias, silencios, reapropiaciones y novedades. Esta clave será decisiva para comprender el lugar del béisbol en la vida dominicana contemporánea.
2. Breve historia del béisbol dominicano como prueba de interculturalidad
La historia misma del béisbol dominicano confirma esa tesis. El béisbol no puede hacerse remontar a ningún origen puro ni a ninguna esencia nacional preexistente. Se trata de una práctica relativamente reciente en la historia dominicana, llegada al país en la segunda mitad del siglo XIX por mediación caribeña, especialmente cubana, y apropiada después por diversos sectores de la sociedad hasta convertirse en uno de los grandes emblemas nacionales.
Este dato importa mucho. Lo que hoy parece inseparable de la identidad dominicana no nació como propiedad originaria de la nación, producto de una naturaleza suprahistórica, sino como resultado de tránsitos, contactos y reapropiaciones. Justamente por eso el béisbol es un excelente laboratorio de interculturalidad. Es una práctica llegada desde fuera que, al encarnarse en los mundos de vida locales, dejó de ser simple importación para convertirse en espacio de invención social, de ascenso simbólico, de pertenencia popular y de proyección internacional.
3. “Plátano power”: análisis semiótico de un signo aplatanado
Después del juego ganado por knock-out contra el equipo de Corea, circuló un meme de un fanático dominicano sosteniendo un afiche con un supuesto texto coreano y su glosa en español —“Plátano Power… por si no entendieron”—. Semióticamente, este meme condensa de forma extraordinaria la lógica intercultural. El primer efecto del signo es humorístico: simula una traducción hacia una alteridad asiática, pero inmediatamente desmonta esa mediación con una aclaración en castellano que no traduce realmente nada, sino que afirma una identidad lúdica y orgullosa. Lo que parece extranjero termina sirviendo de marco para una autoafirmación caribeña no ofensiva. No se ríe del otro; se ríe con el otro.
El humor beisbolero dominicano es intercultural
En un segundo nivel, el plátano funciona como sinécdoque de la dominicanidad popular. No remite al repertorio solemne del Estado ni a una simbología elitista, sino al mundo cotidiano y alimentario de los dominicanos de a pie. Por eso su fuerza semiótica es tan grande: condensa un modo de ser compartido, doméstico y corporal. Además, el meme no expresa encierro identitario, sino apertura. Surge como respuesta en un torneo global, en un estadio estadounidense, ante un rival asiático, con circulación inmediata por redes transnacionales. Es decir, la identidad se afirma gozosa no a pesar del contacto, sino precisamente dentro de él.
Por último, el signo invierte la jerarquía cultural. Lo “aplatanado”, que en otros contextos podía sonar a marca menor o vergonzante, se resignifica aquí como fuente de potencia. Las élites dominicanas suelen decir que “el plátano embrutece” a nuestro pueblo. El “plátano power” nombra entonces una dignidad popular recreada desde abajo en clave festiva. No hay aquí una nostalgia de pureza ni de superioridad, sino la alegre conciencia de que una cultura mezclada puede convertir lo cotidiano en emblema de poder simbólico compartido.
4. La alegría dominicana y su impacto intercultural
Uno de los rasgos más llamativos del Clásico es que la alegría dominicana no se presenta como espectáculo diseñado desde arriba: emerge como creación colectiva. La fiesta surge del conjunto: jugadores, fanáticos, baile, humor, gestualidad, colores, banderas y una energía compartida que transforma el juego en celebración. Justamente por eso su efecto intercultural resulta más hondo, e incluso más significativo, que el de cualquier show de medio tiempo prefabricado, como el de Bad Bunny. Aquí no se trata de un producto externo añadido al evento, sino de una manera comunitaria de habitarlo, que luego seguirá siendo clave cotidiana para quien desee acogerlo, no importa de dónde venga.
En efecto, ese estilo festivo ha producido reacciones llamativas en redes y medios norteamericanos. Más que un discurso sociológico cerrado, lo que se percibe es un clima transnacional de recepción: muchos observadores entienden que los dominicanos le recuerdan al béisbol estadounidense una dimensión expresiva, corporal y gozosa que ha perdido, y que ha quedado disciplinada por códigos cansados o mercantilizados. El punto decisivo no es solo la visibilidad del entusiasmo, sino que se trata de una creación colectiva y participativa que ha sido leída, además, como muestra de entrega desinteresada. En más de una reacción se ha subrayado precisamente que los jugadores dominicanos están entregándose a la representación de su pueblo sin que el motivo central sea el dinero. Esa gratuidad relativa vuelve todavía más poderoso el signo intercultural de la fiesta.
5. Fiesta, raíz afrodescendiente y memoria cultural reprimida
Los signos festivos dominicanos que afloran en el Clásico remiten, en buena medida, a matrices afrodescendientes. Esto no significa leerlos de manera simplista, lineal o excluyente, pero sí reconocer que su corporalidad, su relación con el ritmo, la percusión y la respuesta colectiva del cuerpo tienen mayor cercanía con registros afrocaribeños que con una versión blanqueada y protocolizada de la cultura nacional promovida por la historia oficial. Basta comparar la corporalidad de la fanaticada y los jugadores con la rigidez acartonada de los grandes políticos y adláteres que fueron a tomarse sus fotos o videos al Clásico Mundial en beneficio de sus agendas.
Resulta notorio que los bailes espontáneos de los fanáticos y jugadores dominicanos se acerquen más al baile de los palos que al merengue oficialmente representativo de la cultura dominicana. Esta observación está lejos de ser banal. Sugiere el retorno, aunque sea lúdico y fugaz, de una capa cultural que la nación formal ha tendido a subalternizar o folclorizar. Vista así, la escena del Clásico deja aflorar un registro profundo de la memoria dominicana: una memoria africana ya pasada por el tamiz intercultural, pero todavía suficientemente viva como para irrumpir en el centro del espectáculo global.
Ese afloramiento puede leerse también como crítica indirecta a políticas culturales que aún hoy prefieren imágenes más domesticadas de lo nacional. En cambio, la fiesta beisbolera deja ver que la cultura viva es carnavalesca (en el sentido de Mijaíl Bajtin): no coincide con la cultura oficialmente aprobada. Lo reprimido vuelve, pero vuelve transformado en prestigio, en deseo colectivo, en orgullo compartido.
6. Conclusión: la identidad dominicana actual como “empowerment aplatanado”
Todo lo anterior permite concluir que la identidad dominicana actual no se deja captar adecuadamente por discursos elitistas ni por relatos oficiales demasiado ordenados. Se manifiesta mejor en escenas vividas de mezcla, cruce, tensión y creatividad popular como las del Clásico Mundial. Allí la dominicanidad comparece como identidad relacional: caribeña, afrodescendiente, transnacional, íntimamente vinculada a la cultura y a la economía norteamericanas, pero nunca reducible a ellas.
En este sentido, nociones como el spanglish de los sociolingüistas, el “Nié” trabajado por Lorgia García Peña, el “rayano” pensado por Ramón Antonio Victoriano Martínez o los “puentes sonoros” de Sharina Maillo-Pozo ayudan a comprender una identidad de frontera, de cruce y de tránsito. No una identidad debilitada por la mezcla, sino producida precisamente en ella. El “plátano power” no es entonces una simple broma de redes: es un emblema concentrado de una forma de estar en el mundo. Gracias a la recreación viva popular, el plátano ha dejado de ser comprendido elitistamente como “bruteína pura diseminada” para convertirse en símbolo de agencia de los sectores subalternos ya transnacionalizados.
Este “empowerment aplatanado” solo puede ser creado por un pueblo que sigue abierto a la vida y que conoce el verdadero valor de la fiesta. No de una fiesta manipulada ni disciplinada en términos folclorizantes o mercadológicos, sino de una fiesta donde todos pueden bailar, reconocerse y participar sin ser reprimidos. En este acontecimiento aparece, quizás con más claridad que en muchos discursos oficiales, una de las verdades más hondas de la dominicanidad del día a día actual. El truco está en la clave o lentes ideológicos con la que leemos nuestra cultura contemporánea.
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