Dentro de poco, Donald Trump dará por concluida su guerra contra Irán. Ese momento tendrá menos que ver con si se ha logrado su misión (sea cual sea) que con cuánto dolor él es capaz de soportar. Podemos suponer con seguridad que el umbral de dolor de Irán es más alto que el suyo. No obstante, Trump presentará su salida como una victoria. Irán tendrá todos los incentivos para asegurarse de que nadie le crea. Ése es el quid de su autoinfligido dilema.
Anticipar esto le habría servido de mucho a Trump. Una medida habría sido reforzar las reservas estratégicas de petróleo estadounidenses, las cuales se redujeron drásticamente tras la invasión de Ucrania por parte de Rusia y nunca se repusieron.
Puede que los precios del petróleo y del gas natural se hayan disparado, pero más vale prevenir que lamentar. Una segunda medida habría sido ganarse de antemano a las monarquías del Golfo en relación con su plan de guerra. Lograrlo resultó difícil, ya que Trump no tenía un objetivo fijo para su riesgosa aventura en Irán. Él ahora se enfrenta a un Golfo cada vez más irascible. Una tercera medida habría sido preparar al público estadounidense para un conflicto más largo.
La pregunta es si Trump se ha dado cuenta de las desventajas de no planear por adelantado. Si él estuviera en una curva de aprendizaje, sabría que incluso un Irán gravemente debilitado puede seguir intimidando a los buques petroleros del Golfo y paralizando gran parte de la producción energética de la región. A menos que ocupe Irán, Trump no puede garantizar el paso seguro por el estrecho de Ormuz. La producción de drones está descentralizada y es difícil de erradicar desde el aire.
Nuevo líder supremo, más radical que su padre
Trump tampoco puede seleccionar personalmente a un nuevo liderazgo iraní. Otros han observado que EEUU tardó dos décadas en sustituir a los talibanes por los talibanes en Afganistán. Trump tardó tan solo un poco más de una semana en sustituir a un Jameneí por otro. Dado que Mojtaba, el nuevo líder supremo, es considerado más radical que su padre, es probable que Trump no consiga un alto al fuego iraní, y mucho menos una "rendición incondicional". Lo que lo deja con un par de estrategias extremadamente arriesgadas.
TACO, Trump siempre se acobarda
La primera sería enviar comandos estadounidenses o israelíes a Isfahán para apoderarse de lo que queda de las reservas de uranio enriquecido de Irán, las cuales ascienden a 400 kg. El éxito le ofrecería a Trump una espectacular oportunidad de salida del conflicto. De hecho, la tentación de una exitosa operación relámpago podría ser abrumadora, especialmente en la medida en que cambiaría la narrativa "TACO": las siglas en inglés de "Trump Always Chickens Out" (Trump siempre se acobarda) que se refieren a que Trump lanza duras amenazas, pero luego no las cumple.
Sobre esto se cierne el fantasma de Jimmy Carter. Su fallida misión de rescate de rehenes en Irán en 1980 contribuyó a hundir su presidencia. Habiendo anunciado tantas veces la destrucción del programa nuclear de Irán, Trump no sobreviviría a un revés equivalente.
Su otra estrategia sería ocupar la isla iraní de Kharg para bloquear las exportaciones de petróleo. Tal medida podría ser aún más arriesgada, ya que implicaría el despliegue de muchos más soldados estadounidenses sobre el terreno que una incursión de comandos, y durante mucho más tiempo. Esto estrangularía la principal fuente de ingresos de Irán y agravaría la crisis del petróleo. Pero su relación riesgo-recompensa parece insensata.
Después de apenas una semana, el apoyo público a la guerra de Trump contra Irán se encuentra en el mismo nivel que el de la guerra de Vietnam a finales de 1967, tras más de 11,000 muertes estadounidenses.
Hoy en día, EEUU no tolera ni siquiera unas pocas docenas de bajas. La teoría TACO sugiere que solo es cuestión de tiempo que Trump dé marcha atrás.
Trump seguiría pagando un alto precio por una declaración unilateral de victoria. El mayor riesgo es que no pase nada. Al retirarse, el presidente estadounidense le habría revelado a Irán qué precio está dispuesto a pagar, el cual es el aumento vertiginoso de los precios de la energía. Irán también tiene voz y voto a la hora de decidir cuándo termina este conflicto; tendría todas las razones para mantener su disrupción de los mercados energéticos mundiales como medida disuasoria para que Trump no cambie de opinión.
Irán ha sido atacado por Israel cuatro veces en los últimos dos años, dos de ellas con el EEUU de Trump liderando. Irán querrá aumentar los costos de otra reanudación de los ataques dentro de unos meses.
La vía más certera para lograr la seguridad del régimen iraní sería la nuclearización. Una buena inteligencia puede seguir mermando la capacidad nuclear de Irán, pero no es una apuesta segura. La lógica de Irán de alcanzar el estatus de Corea del Norte como Estado con armas nucleares será convincente. Otros, en particular Vladimir Putin de Rusia y Kim Jong Un de Corea del Norte, pueden verse tentados a ayudar. Los regímenes de todo el mundo están haciendo los mismos cálculos con una renovada urgencia.
Un daño que Trump no puede reparar es la confianza del mundo en EEUU. Mucho después de que los precios del petróleo se hayan estabilizado, la comunidad internacional recordará la gloria de su administración en la imagen de "letalidad", como la llama su secretario de Defensa, Pete Hegseth. Trump eligió ir a la guerra y se ha mostrado explícitamente satisfecho con su poder de vida y muerte.
La guerra es un paso grave que se da después de haber agotado todas las demás opciones. Es bien sabido que Trump tenía otras opciones; es difícil ignorar que él prefirió ésta.
(Edward Luce. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).
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