Donald Trump tiene razón: la inteligencia artificial (IA) tiene un problema de relaciones públicas. Pero el problema es bastante mayor de lo que parece pensar el presidente estadounidense, y el riesgo de que se traslade al ámbito político es cada vez mayor. El diagnóstico de Trump se produjo cuando algunas de las mayores compañías de IA visitaron la Casa Blanca para comprometerse a cubrir los costos de la generación y transmisión de electricidad adicional necesaria para alimentar sus enormes centros de datos.

Para muchos estadounidenses, la construcción de centros de datos se ha convertido en el símbolo más visible y menos deseado del auge de la IA. Estos edificios, que son unos adefesios, casi no crean empleo local más allá de la fase de construcción y amenazan con consumir los escasos recursos energéticos e hídricos, por lo que constituyen un punto de convergencia obvio para la oposición.

La angustia que provocan los centros de datos apunta a algo más profundo: son símbolos tangibles de una tecnología que ha estado generando inquietud. Esto incluye una oleada de preocupación por la posibilidad de una pérdida generalizada de empleos, así como por el impacto de la IA en los niños, desde los compañeros virtuales de IA hasta la pornografía "deepfake", o ultrafalsa.

Alrededor de la mitad de los estadounidenses temen que la IA empeore la capacidad de las personas para pensar de forma creativa o establecer relaciones significativas con otras personas, según un estudio de Pew Research. Casi nadie cree que vaya a mejorar esas cosas.

La disputa del Departamento de Defensa de EEUU con Anthropic en los últimos días le ha dado a esto una nueva dimensión, poniendo de manifiesto la falta de acuerdo sobre cómo debe controlarse la tecnología. Anthropic expresó preocupaciones fundadas sobre el uso de la IA por parte del Pentágono para la vigilancia masiva de los estadounidenses o en armas autónomas que operan sin control humano.

Todo esto también podría convertirse en un problema político para el presidente. Trump apenas mencionó la IA en su discurso sobre el estado de la Unión de la semana pasada, excepto para referirse a la promesa sobre la electricidad. Pero el malestar generalizado que se está gestando a nivel local sugiere que se trata de una cuestión que pronto podría adquirir importancia a nivel nacional.

Las elecciones de mitad de mandato de este año serán una primera prueba. Si muestran apoyo a los candidatos que presionan para que se haga más hincapié en la regulación tecnológica, podría ser una señal de que la cuestión tendrá mucha más repercusión en el próximo ciclo electoral presidencial.

Las compañías de IA se han demorado mucho en darse cuenta de esto y en encontrar formas positivas de hablar de su tecnología que conecten con la gente común. Al fin y al cabo, se trata de un sector cuyos líderes parecían casi disfrutar prediciendo cómo la IA podría acabar con la humanidad. Aunque hoy en día dedican menos tiempo a las advertencias apocalípticas, no está claro si piensan que el riesgo ha disminuido o si simplemente es malo para el negocio. Bastaría con un paso en falso de una compañía destacada para provocar una reacción contra todo el sector.

Algunos destacados líderes del sector de la IA parecían estar conscientes de los peligros políticos. Poco después del lanzamiento de ChatGPT, el director de OpenAI, Sam Altman, realizó una gira mundial, se reunió con líderes nacionales e instó a regular la IA. Compárese eso con el relativo silencio actual en torno a esta cuestión. Quizás él y otros líderes del sector hayan llegado a la conclusión de que los riesgos son mínimos: al fin y al cabo, la "reacción contra la tecnología" que comenzó hace una década no ha dado lugar a ninguna medida efectiva por parte de Washington para limitar el poder de la industria tecnológica.

Las compañías de IA tampoco han encontrado la manera de describir las ventajas de su tecnología de forma que se contrarresten las preocupaciones más profundas. A corto plazo, los chatbots han sido una innovación útil, pero prácticamente no han cambiado la vida. A largo plazo, las predicciones han sido en general vagas: una cura para el cáncer o una forma de revertir el cambio climático.

Los líderes del sector de la IA deben presentar algunos beneficios claros y alcanzables del auge de la IA que conecten con la gente común. Quizás deberían seguir el ejemplo del presidente estadounidense. Siempre atento a la necesidad de atraer a los votantes, Trump le prometió a la gente: "Sus costos de electricidad van a bajar". Si los centros de datos de IA terminan teniendo el efecto contrario, el presidente no será el único que necesitará ayuda en materia de relaciones públicas.

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