Issa Watanabe, ilustradora peruana de raíces japonesas, explora en su obra el tema de la migración usando seres antropomorfos. Su libro ‘Migrantes’, traducido a 17 idiomas, es un relato visual que explica el abandono de un lugar y la búsqueda del sentido de hogar. Hija del poeta José Watanabe, Issa habla con France 24 del poder del dibujo para interpretar temas difíciles y explicarlos a los niños.
"Las palabras no expresan la misma fuerza que los dibujos" para la ilustradora peruana Issa Watanabe, por eso su libro 'Migrantes' es silencioso.
Esta obra, creada por quien fue reconocida por Forbes como una de las "50 mujeres más poderosas de Perú en 2024″, ofrece una reflexión sobre el partir y el regresar. Ha sido traducida a 17 idiomas y ha ganado el premio Llibreter del Gremio de Libreros de Cataluña, así como el premio BIBF Ananas en Beijing.
Todo en Issa habla de migración, sin proponérselo.
El apellido Watanabe, en sí mismo, está vinculado al éxodo pues significa "cruzar frontera", algo que hizo su abuelo al llegar a Perú, donde se convirtió en el padre de José Watanabe, el prolífico autor del poema 'El guardián del hielo' y papá de Issa.
Viajar, huir y cambiar son esenciales en su trabajo. En su libro 'Kintsugi', elegido como el mejor de ficción en los Premios Bologna Ragazzi de 2024, uno de los más importantes a nivel mundial en literatura infantil ilustrada, aparece un pájaro que huye, emprende un viaje, descubre y se transforma.
Luego de la exposición de algunas de sus ilustraciones, que fueron exhibidas en Dublín por la Embajada de Perú en Irlanda, la escritora habló con France 24 de temas familiares, artísticos y grietas sociales.
¿Cómo es que su nombre se relaciona con la poesía y su apellido con los samuráis?
Mi papá me llamó Issa porque admiraba a Kobayashi Nobuyuki, un poeta japonés conocido por componer haikus alegres. Kobayashi no estaba satisfecho con su nombre real, por lo que adoptó el seudónimo Issa, que significa "taza de té", refleja la simpleza de lo cotidiano, pero también la ceremonia del té, de gran simbolismo.
Mi abuelo fue japonés y emigró solo en barco a Perú en 1919, donde conoció a mi abuela. Aunque muchos migrantes japoneses de la época llegaron para trabajar en el campo, él era muy culto, hablaba francés y había estudiado Bellas Artes, inusual. Tuvieron 11 hijos y al principio vivieron en pobreza hasta que mi abuelo ganó dos veces la lotería. La familia se mudó a Lima y los hijos pudieron estudiar. Mi papá, que tenía una excelente relación con él, absorbió su amor por la poesía japonesa.
Años más tarde, mi hermana Maya, que es videoartista y vive en Ámsterdam, hizo un proyecto en Japón y descubrió que nuestro verdadero apellido, antes de la adopción de mi abuelo, era Hasegawa de la isla Iwakuni. Esa isla era un lugar de conservación donde las familias samuráis recibían una educación de élite. En el Museo de Iwakuni están enmarcados los poemas de mi bisabuelo y mi abuelo en papel de arroz. Mi papá jamás conoció esta historia, pero siempre tuvo una sensibilidad muy particular que venía de ahí.
¿Su madre, también artista, de qué manera la influenció?
Mi mamá, Gredna Landolt, fue una de las primeras ilustradoras peruanas de libros para niños. Su familia era Suiza, y sus dibujos eran llenos de ternura y fantasía. Crecí viéndola dibujar a mi lado. Al mismo tiempo, escuchaba a mi papá recitar poesía.
Otra cosa que fue importante es que la familia suiza traía libros para niños. Aquí en Perú no llegaban en ese período del terrorismo, que es en el momento en el que crezco. Traían cuentos de hadas rusos, era muy chiquita y me encantaban. Todavía conservo esos referentes.
Aunque al principio no pensé en estudiar Bellas Artes, siempre dibujaba y pintaba. Empecé estudiando Letras en la Universidad Católica, con la idea de hacer Literatura y Filosofía, pero luego me trasladé a Bellas Artes, aunque solo estuve allí por poco tiempo. En el año 2000 me mudé a Mallorca y allí convalidé estudios en Historia del Arte y terminé en una escuela de arte enfocada en ilustración. Nunca deje de tener mis 800 diarios con dibujos.
Y si hay que escoger una frase de su papá ¿cuál sería?
El libro de ‘Migrantes’ no fue premeditado, pero una frase me sonaba todo el tiempo, una que decía mi padre: "El desierto nunca se acaba". No solo pensaba literalmente en el que tienen que atravesar las personas, sino en el interminable metafórico, por eso todos mis fondos son oscuros y se desdibujan frente al color de los personajes. Ese fondo que nunca se acaba es ese desierto.
En la autobiografía de Agota Kristof, que leí mientras hacía el libro, cuenta su experiencia como migrante y lo que sucede cuando uno pasa la frontera y llega al lugar con una política de acogida. En el libro, la sección donde empieza esa nueva historia dentro de este país se llama desierto, ese que empieza al final y no nos habíamos dado cuenta: el desierto cultural, social, el de la lengua y este otro tipo de fronteras, tan brutales como los desiertos reales.
Usted ha sido migrante, ¿qué es eso para usted?
Siempre hago una diferencia abismal entre un tipo de migración y otra, que es como comienzo cuando voy a mostrar el libro a los niños, para dejar muy claro los diferentes tipos de migración: voluntarias y forzadas. La mía es voluntaria y yo tengo un lugar muy privilegiado, tanto que me ha costado mucho publicar ese libro, porque no sabía si tenía derecho a hablar de ese tema.
La migración en general como palabra más grande, que engloba más cosas, es intrínseca al ser humano. Yo creo que es más por ahí, hemos buscado y caminado y movido y viajado siempre por una necesidad de desplazarnos.
Comienza uno a ver estas estas ideas políticas de país de fronteras y luego las limitaciones para que una persona se desplace de un lugar a otro, que la mayoría de veces están asociados a un tema, sobre todo económico, entonces las políticas terminan generándose de tal forma, que al final lo que se excluye son las personas que no tienen los recursos que al país a donde se genera esa política le convenga.
Hay una filósofa española, Adela Cortina, que usa un término que es aporofobia, fobia a la pobreza, que no es rechazo a una persona de otro país, pero pienso que se mezclan los dos términos; y en vez de verse como una posibilidad de enriquecerse con otra cultura y otra mirada, se ve el rechazo al otro, el considerar al otro como alguien diferente que te puede invadir, dar miedo o quitar lago.
La inspiración principal para el libro ‘Migrantes’ fue una exposición relacionada con los niños en Siria de Magnus Wennman llamada ‘Dónde duermen los niños’ ¿verdad?
No fue la inspiración sino lo que detona el primer dibujo, no era la intención de hacer el libro como un proyecto, más bien fue una reacción.
Yo no la vi en directo sino en la computadora cuando estaba buscando otras cosas y estas imágenes me movieron, esa fue mi manera de expresar el dibujo, unos personajes que están en este camino con niños que están muy cansados y tienen hambre, entonces el siguiente dibujo que hago es un espacio, que es como ese bosque donde los niños duermen, en donde pueden descansar esos mismos personajes, entonces un personaje acoge a otro y lo abriga, lo abraza y lo consuela. Un consuelo dentro de estas imágenes para transformar lo que había visto.
Luego empiezo a pensarlo como libro. Fueron dos años trabajando en ello, pero una de las cosas que hace que siga haciendo estas secuencias es que en Mallorca a partir de un amigo conocí muchas personas con otras historias, además de la suya. Había niños que no hablaban español, entonces me metí a dar clases de español, es algo que me ha interesado también en Perú, que ha habido mucha migración de la sierra hacia la costa, huyendo del terrorismo.
El libro hace imaginarse más al Mediterráneo porque es donde realmente recibía estas referencias visuales, pero luego voy a México y me doy cuenta que se aplican igualito.
¿Qué añaden los animales para explicar la migración?
El hecho de que sean animales universaliza el tema. Siempre me he mantenido bien conectada con esa parte infantil y estos personajes antropomorfos.
El primer libro ilustrado lo hice con 26 años y una de las cosas que más hacía era trabajar con niños, entonces siempre ha habido este mantener una relación de los animales con los niños, porque hay una empatía y una cercanía, pero además permite la ficción, que es superimportante cuando te aproximas a un tema de este tipo con un niño. Un personaje que es un animalito en vez de una persona es una aproximación más amable.
Si este tema fuera representado con una cara de persona sería más duro, el conejo muerto para una niña de cuatro años no fue esa persona que emigró y quizás no sobrevivió a la embarcación y se ahogó, vio la imagen y me dijo: “Mi perro que adoraba se murió hace una semana”, y entonces empezó a hablar de su mascota y de la muerte vinculada a alguien que quiere, se generó una pequeña conversación sobre eso. Ese es otro espacio que permite la ilustración, donde, además, no hay un depredador.
Usted tiene esta frase en el libro "Cuando te asomas al infierno, ya no puedes seguir dibujando del mismo modo" ¿Qué significado tiene esto?
Es esa sensación de desierto, como este pequeño infierno que no termina, donde uno no encuentra la salida. Es una reflexión sobre eso frente a lo vital que aún lleva a estas personas a seguir movilizándose.
Hay un impulso vital muy fuerte a pesar de esas condiciones, hay un movimiento, no solo impulsado digamos por una necesidad de supervivencia, que es lo primero, también hay un deseo, una esperanza de encontrar una situación mejor, en un momento cuando más te asomas a esa realidad más tremendo es, pero también vas descubriendo unas historias de resiliencia, realmente admirables que te devuelven la esperanza en la humanidad, cuando por otro lado hay un nivel de atrocidades brutal que te hace perderla.
En el desierto hay es esa belleza y esa resistencia, un contraste, que nos hace humanos.
En su libro también está esta pregunta "¿cuántas fronteras se han de cruzar para llegar a casa?", del director de cine Theo Angelopoulos, ¿cuál es su respuesta?
Es una reflexión vinculada a qué cosa es realmente volver a casa, no solamente es cuánto vamos a tardar, sino a qué vamos a llamar hogar en algún momento.
Una vez que te vas de tu casa no vuelves a sentir que perteneces del todo otra vez a un sitio, y eso a mí sí me ha pasado como migrante. Cuando te vas muchos años de tu país es bien difícil.
Tengo una hija que nació en Mallorca, cuando ya llevaba varios años allí, es decir, hay un anclaje muy importante, mi amigo del alma es de allí y la familia de mi hija es mallorquina; pero, a pesar de que yo estaba comodísima, no era mi casa. Mi familia estaba en Perú y mis referentes culturales.
Mi casa no estaba allí, aunque cierta forma de hogar sí, pueden ser que los amigos terminan siendo una forma de hogar. Sin embargo, muchos años después, regresas a tu país y ya tampoco es del todo tu lugar, entonces terminas quedándote una especie de medio de tránsito un poco extraño, y te das cuenta que al final llegar a casa, es otra cosa, son los afectos, los amigos desde el lugar donde te sientes querido, acogido, bien.
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