Mientras el alto el fuego entre Israel y el Gobierno de Líbano se ha ampliado ya a 20 días, las conversaciones celebradas en Washington dejan un marco aún incierto. Pero, en el terreno, el grupo chiita Hezbolá e Israel mantienen la guerra abierta.
Hezbolá reitera su llamado a los desplazados del sur a que no regresen todavía a sus hogares, mientras Israel continúa con la destrucción de localidades fronterizas. Dos dinámicas opuestas que acaban produciendo un mismo efecto: debilitar la capacidad del Estado libanés para encauzar una salida política propia.
El país queda así atrapado entre un actor externo que cuestiona su soberanía y un actor interno armado que depende de su fragilidad.

En este contexto, lo que se está configurando en el sur no es solo una continuación del conflicto, sino una redefinición de facto del espacio. La destrucción de áreas de mayoría chií y la imposibilidad de retorno están dibujando una zona intermedia, no formalizada pero operativa, donde se decide quién puede volver y bajo qué condiciones.
Es ahí donde emerge la llamada “línea amarilla”: un trazado no reconocido oficialmente, ausente de cualquier acuerdo, pero que empieza a funcionar como referencia implícita sobre el terreno. Una frontera de facto que organiza los desplazamientos, los retornos y la propia arquitectura de la destrucción.
Y como ocurre a menudo en esta región, lo que se presenta como provisional tiende a asentarse.
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La amenaza de la "línea amarilla"
Entre la frontera israelí y las primeras colinas del sur libanés, el espacio ha cambiado. Pueblos enteros están hoy vacíos o parcialmente destruidos, las carreteras cortadas, los accesos prohibidos. La línea no aparece en los mapas oficiales, pero ya estructura la geografía del conflicto.
Es unilateral. Según varias fuentes militares libanesas, se adentra entre cinco y ocho kilómetros en territorio libanés, con avances mayores en algunos puntos. Abarcaría unos 500 km² y afectaría a una cincuentena de localidades. Parte de esos pueblos es hoy inhabitable.
“No es una línea temporal, es una forma de controlar el terreno a largo plazo”, explica Abdel Salam Ahmad, del Centro de Estudios Estratégicos de Beirut.
Desde la retirada israelí de 2000, la llamada Línea Azul servía como referencia. La “línea amarilla”, en cambio, no tiene estatus. Se superpone, la desborda en algunos tramos y redefine de facto la zona fronteriza.

Para entender su lógica hay que mirar el relieve. La progresión no sigue un trazado recto. Se apoya en las alturas, en los puntos dominantes. De oeste a este, las posiciones israelíes se encadenan a lo largo de las colinas, desde la costa hasta las estribaciones de Kfarchouba.
"Es un espacio donde la vida civil deja de ser posible", añade Abdel Salam.
Entre esos puntos, las zonas intermedias han sido en gran parte arrasadas. “Avanzan por las colinas. Entre las posiciones, destruyen, resume el coronel retirado George el Khoury. El resultado es un espacio vacío. En esa franja, el retorno de los habitantes está en gran medida impedido. La destrucción, combinada con las restricciones de acceso, ha transformado zonas enteras en un “no man’s land”. "Es un espacio donde la vida civil deja de ser posible", añade Abdel Salam.
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¿Qué hacen Líbano y la ONU?
Sobre el terreno, la Fuerza Interina de Naciones Unidas en Líbano (FINUL) sigue desplegada a lo largo de la Línea Azul, sin capacidad real para influir en esta nueva configuración.
El Ejército libanés, que durante el último año mantuvo posiciones en torno a esa línea, se ha visto obligado a replegarse más al norte tras el estallido del conflicto y el avance israelí, quedando de facto al margen de esta nueva franja de control.
En los últimos días se ha producido un paso más. El Ejército israelí ha difundido un mapa que delimita por primera vez los contornos de esta zona, presentada como una “línea de defensa avanzada”. El trazado supera la simple franja fronteriza. Incluye decenas de localidades, de Naqoura a Khiam, y se extiende, en algunos puntos, al norte del Litani.
La proyección no se detiene ahí. El documento sugiere también una extensión hacia el mar, frente a Ras al-Bayada, y hacia el este, en dirección al Antilíbano. Una representación que apunta menos a una medida puntual que a una voluntad de inscribir esta línea en el tiempo.
“Cuando una línea aparece en un mapa, deja de ser provisional”, observa el general retirado George el Khoury.
Del lado libanés, el rechazo es generalizado. El diputado del movimiento Amal, Ali Hassan Khalil, denuncia una destrucción sistemática de pueblos y habla de “crimen de guerra”. Acusa a Israel de violar a diario la tregua para imponer una nueva realidad sobre el terreno.
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Hezbolá busca resistencia
En Hezbolá, el movimiento chií libanés, enemigo de Israel y apoyado por Irán, que es a la vez un grupo militante y partido político y mantiene una fuerte presencia militar en el sur del Líbano. el discurso es igualmente claro.
El diputado Hassan Fadlallah afirma que su formación apoya la continuación de la tregua, pero exige la retirada completa de las fuerzas israelíes. Advierte, además, que esta "línea amarilla" será "rota" por la resistencia, rechazando cualquier intento de consolidarla sobre el terreno.
Este rechazo se extiende también al plano diplomático: Hezbolá se opone a cualquier negociación directa con Israel, al considerar que podría otorgarle legitimidad en un momento en el que, según denuncia, continúa imponiendo hechos consumados.
Aun así, el proceso diplomático sigue en marcha en Washington, donde se negocia un marco para poner fin a las hostilidades, facilitar la retirada israelí y permitir el despliegue del Ejército libanés en la frontera reconocida internacionalmente.
Pero sobre el terreno, la dinámica ya va por delante. Israel ha ido fijando de facto una “línea amarilla” en el sur del Líbano, que delimita zonas de movimiento, retorno y destrucción sin haber sido acordada ni reconocida oficialmente.
En ese contexto, la cronología se invierte: no es la diplomacia la que define los hechos, sino los hechos consumados los que condicionan la negociación.

“Israel negocia a partir de una realidad que ya ha creado sobre el terreno, analiza Abdel Salam.
“La cuestión ya no es solo dónde está la frontera, sino qué se hace con esta nueva línea”, añade.
Queda por ver si se consolidará o si desaparecerá con un eventual acuerdo. En una región marcada por líneas que con el tiempo se convierten en fronteras, y vuelven a ser cuestionadas, su futuro dependerá menos de su reconocimiento oficial que de la capacidad de imponerla o de revertirla sobre el terreno.
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