¿Si usted recibe un visitante extranjero, que por primera vez viene a la República Dominicana, y desea conocer algo de interés, que muestre la grandeza del país, qué me mostraría de Santo Domingo?

Lo primero es que usted debe, estaría obligado a conocer los puntos esenciales de la historia de la dominicanidad, y algo más, porque nuestra historia no comienza con la proclamación de nuestra separación de Haití ni de nuestra guerra restauradora frente a España.

Es decir, que está usted en el deber de conocer algo de la cultura, las costumbres, idiosincrasia de la comunidad aborigen que pobló la isla y que estaban divididos en cacicazgos a la llegada de los españoles en 1492. Es elemental, pero al mismo tiempo emocionante. La forma en que usted narre esos episodios de los antecedentes de la sociedad de hoy debe ser motivo de orgullo, jamás de quejas o pesimismo.

La otra cuestión es conocer, tener nociones, de la idiosincrasia del dominicano, que es abierto, alegre, afectuoso, receptor cálido de todo extranjero que viene en paz de paz y de descanso, para presentar al dominicano/a como sumamente cariñoso, amante de la música, los deportes, las fiestas, el baile. Eso también te obliga a saber algo de los ritmos musicales, de las influencias externas, de la gastronomía y de las profunda fe que todavía conservan muchos ciudadanos y ciudadanas.

Eso también te obliga a conocer y poder explicar la diversidad de la “raza” dominicana, a entender los procesos migratorios, a entender la llegada de los esclavos africanos, a entender las cofradías, los choques que hubo entre taínos, europeos, africanos y el surgimiento del llamado criollo. No es muy difícil, pero resulta necesario.

Hay que entender algo de urbanismo, arquitectura, el trazado de las calles, los nombres y razones de las ubicaciones de las iglesias en las calles de la Ciudad Colonial. Es necesario saber por qué se construyeron tantas iglesias en una zona muy pequeña: Convento de San Francisco, la Catedral Santa María la Menor, la Iglesia de Santa Bárbara, del Carmen, de la Altagracia, de los dominicos con su convento, de la Regina Angelorum. Hay que tener conocimientos de la primera calle de América, llamada de las Damas, del Alcázar de Colón, de la Fortaleza Ozama, de los museos de la Plaza de la Cultura, de El Conde y La Atarazana, y de los bares y restaurantes disponibles y de calidad, aparte de las callejuelas hermosas que tiene la Ciudad Colonial.

Y si tuviera que mostrar el Gran Santo Domingo, necesitaría mucho tiempo. Por eso, te reduces al Distrito Nacional. Saber algo de la historia de la gran avenida 27 de Febrero, antigua pista de aterrizaje del aeropuerto General Andrews, de la zonificación de la capital, del polígono Central, de los parques de la ciudad, de las avenidas exclusivas (como la Anacaona) y de sectores como Naco, Piantini, Bella Vista, Zona Universitaria y otros lugares que hablan muy bien de la ciudad.

El discurrir de los años, con diversos gobiernos, nos ha comprometido a conocer y valorar lo que tenemos, como muy bien lo dejó plasmado el historiador Frank Moya Pons en su libro por el 50 aniversario del Banco Popular Dominicano, titulado El Gran Cambio. Tenemos que celebrar las múltiples riquezas de la ciudad capital, sin necesidad que tienen algunos de irse de inmediato a las playas del Este, del Sur o del Norte del país, donde otro bien diferente podría ser lo que tengamos que dialogar.

Nos ha tocado hacer esa presentación a un argentino que ha venido a colaborar con nosotros en Acento, y en la Ciudad Colonial, al entrar a un patio de un bar en la calle Hostos esquina Mercedes, frente a la Iglesia de La Altagracia, hemos encontrado una busto grande, en bronce, del dictador Trujillo, con su bigotico hitleriano, profundamente oscuro, algo que de acuerdo a las leyes dominicanos está prohibido, porque en el país se aprobó una ley de prohibición de los símbolos del trujillismo. Y solo ese busto ha podido dañarnos una presentación que iba quedando muy bien estructurada, promoviendo la cultura y la democracia dominicana. Las empanadas y las muelas de cangrejo del restaurante El Mesón de Bari amortiguaron las angustias.