Hay momentos en la historia en los que decir "no" exige más coraje que sumarse al coro de los que dicen "sí" por conveniencia, por miedo o por cálculo. Ayer miércoles, desde el Palacio de La Moncloa, el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, pronunció cuatro palabras que marcan el poder de la paz de quien elige la sensatez cuando el mundo se precipita hacia el abismo: "No a la guerra".

La postura de España no es un capricho ni una provocación (aunque así lo haga sentir en "todopoderoso" Donald Trump). Es un acto de coherencia con el derecho internacional, con la Carta de las Naciones Unidas y con la memoria histórica de un país que ya pagó un precio altísimo por dejarse arrastrar a una guerra injusta.

Sánchez lo dijo con claridad meridiana: "El mundo ya ha estado aquí antes. Hace 23 años, otra administración de Estados Unidos nos llevó a una guerra injusta. La guerra de Irak generó un aumento drástico del terrorismo, una grave crisis migratoria y económica". El fantasma de las Azores —aquella fatídica cumbre de 2003 donde José María Aznar, George W. Bush y Tony Blair sellaron la invasión de Irak con un ultimátum basado en armas inexistentes— vuelve a sobrevolar Europa. Y España, esta vez, se niega a repetir la historia.

Los hechos son estremecedores. Desde el fin de semana pasado, Estados Unidos e Israel desarrollan la "Operación Furia Épica" contra Irán, una ofensiva que, según BBC, ya ha impactado más de 2.000 objetivos en territorio iraní, con bombarderos B-52 incorporados a la campaña aérea. Un submarino de EE.UU. hunde con un torpedo un buque de guerra iraní en el Índico; hay decenas de muertos y desaparecidos , con decenas de desaparecidos. Israel lanzó ataques contra el complejo central de operaciones del gobierno iraní en pleno centro de Teherán. La Media Luna Roja iraní contabiliza 787 bajas entre civiles y militares. Seis soldados estadounidenses han muerto.

Todo esto ocurre sin la aprobación del Congreso de Estados Unidos y sin aval del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Es decir: se trata de una acción militar unilateral de consecuencias impredecibles que vulnera los mecanismos institucionales diseñados precisamente para evitar que el mundo se incendie por la voluntad de unos pocos.

Ante la negativa de Madrid a ceder las bases militares de Rota y Morón de la Frontera para las operaciones contra Irán —una decisión respaldada por el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, y la ministra de Defensa, Margarita Robles—, la reacción de Donald Trump fue tan predecible como desproporcionada: "España ha sido terrible. Vamos a suspender todo comercio con España. No queremos tener nada que ver con España".

Así, sin matices, sin diplomacia, sin el menor respeto por una alianza de décadas dentro de la OTAN. Como si un país soberano que ejerce su derecho a no participar en una guerra sin respaldo de Naciones Unidas mereciera ser castigado con el aislamiento económico. El Pentágono ya retiró una decena de aviones cisterna KC-135 de las bases españolas, según confirmó la ministra Robles.

Pero Trump no solo amenaza: divide. Al elogiar a Alemania por su "colaboración" mientras humilla a España, busca fracturar la unidad europeaLo que está en juego no es solo la relación bilateral entre Washington y Madrid. Lo que está en juego es si Europa tiene la capacidad de mantener una voz propia frente a una potencia que exige obediencia incondicional a cambio de no aplicar represalias comerciales. Lo que está en juego es si el derecho internacional todavía significa algo o si hemos vuelto a la era en que la fuerza bruta dicta las reglas.

Sánchez hizo bien en invocar la memoria de Irak. Aquella guerra, iniciada en 2003 bajo el pretexto de armas de destrucción masiva que nunca existieron, dejó un saldo catastrófico: cientos de miles de muertos, millones de desplazados, el surgimiento del Estado Islámico, una región desestabilizada por décadas y una crisis de credibilidad del orden internacional de la que todavía no nos recuperamos. El "trío de las Azores" —como lo llamó Sánchez— le regaló al mundo más inseguridad, más terrorismo y más sufrimiento.

¿Qué garantiza que esta nueva aventura militar no produzca consecuencias iguales o peores? Irán no es Irak. Es un país de 88 millones de habitantes, con una geografía que dificulta cualquier operación terrestre, con aliados regionales en Líbano, Siria, Irak y Yemen, y con un programa nuclear que los bombardeos podrían acelerar en lugar de detener. La OIEA ya reporta daños en instalaciones nucleares. ¿Se ha calculado las consecuencias que pueda traer?

Para quienes observamos desde el Caribe y América Latina, la crisis tiene implicaciones directas. Un conflicto prolongado en Medio Oriente dispara los precios del petróleo, encarece las importaciones, golpea las economías más vulnerables y puede desatar una nueva ola migratoria global. Las guerras lejanas nunca son tan lejanas como parecen.

Pero más allá de lo económico, hay una cuestión de principios. Los países pequeños y medianos del mundo —como República Dominicana, como España— tienen un interés existencial en que el derecho internacional funcione. Cuando las grandes potencias actúan por fuera de las Naciones Unidas, cuando el comercio se usa como arma de castigo contra quien se atreve a disentir, el mensaje es claro: solo los fuertes tienen derecho a decidir. Ese es un mundo en el que ninguno de nosotros quiere vivir.

Pedro Sánchez no es un pacifista ingenuo. España es miembro de la OTAN, tiene tropas desplegadas en misiones internacionales y ha condenado el programa nuclear iraní en los foros correspondientes. Lo que Sánchez ha dicho es algo mucho más simple y mucho más profundo: que no se puede bombardear un país sin el aval de las instituciones internacionales y pretender que eso sea legítimo. Que no se puede amenazar a un aliado con la ruina económica porque se niega a ser cómplice de una guerra. Que la historia ya demostró adónde conducen estos caminos.

"La posición de España es la misma que en Ucrania o en Gaza. No a la quiebra de un derecho internacional que nos protege a todos. No a resolver conflictos con bombas", dijo Sánchez. No hay ambigüedad en esas palabras. Hay sensatez. Y en un mundo que parece haber perdido la razón, la sensatez es el acto más valiente que un líder puede ofrecer.

Las amenazas de Trump pasarán. Las consecuencias de una guerra sin control, no. España eligió el lado correcto de la historia. Ojalá no esté sola por mucho tiempo.

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