El mundo no ha terminado de cicatrizar las heridas que dejó la pandemia de COVID-19  cuando ya enfrenta un fenómeno que se repite con inquietante puntualidad: la infodemia. Desde hace una semana el hantavirus y el norovirus ocuparon el centro del pánico digital. Y una vez más, el miedo viajó más rápido que los hechos.

El detonante fue concreto: un brote de hantavirus (cepa Andes) detectado a bordo del crucero neerlandés MV Hondius, que partió de Ushuaia, Argentina, el 1 de abril de 2026. Al escribir este editorial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) había confirmado apenas ocho casos —cinco por laboratorio y tres sospechosos— y un número limitado de fallecimientos. Sin embargo, en las redes sociales circularon afirmaciones de 149 casos confirmados, comparaciones apocalípticas con el COVID-19, y hasta una noticia falsa sobre una supuesta vacuna ARNm de Pfizer que la compañía desmintió de inmediato.

De manera simultánea, casos de norovirus en otro crucero generaron una segunda ola de alarma, obligando al  Ministerio de Salud Pública a salir públicamente a pedir calma y a exhortar a la ciudadanía a consultar fuentes oficiales antes de compartir información.

El problema no es el virus. Es el ecosistema informativo

El hantavirus no es nuevo. Existe desde hace décadas, se transmite principalmente por contacto con roedores infectados y, salvo la cepa Andes, no se propaga entre personas. El norovirus es una de las causas más comunes de gastroenteritis a nivel mundial. Ninguno de los dos representa, en este momento, una amenaza de pandemia global. La OMS lo ha dicho con claridad. Los especialistas lo han repetido.

Y sin embargo, en cuestión de horas, los mensajes de WhatsApp convirtieron un brote focalizado en un crucero en "el próximo COVID", con cifras inventadas, imágenes sacadas de contexto y teorías conspirativas que ya circulan en varios idiomas.

Esto no es un accidente. Es el resultado predecible de un ecosistema donde la velocidad prima sobre la verificación, donde el algoritmo premia el miedo y donde la desconfianza acumulada en las instituciones de salud —legado directo de la pandemia— hace que muchas personas prefieran creer a un contacto de WhatsApp antes que a un epidemiólogo.

La infodemia, como definió la OMS en 2020, es "una sobreabundancia de información, certera o no, que dificulta que las personas encuentren fuentes confiables cuando las necesitan". En 2026, ese fenómeno no solo persiste: se ha vuelto más sofisticado, más veloz y más difícil de contener.

Las consecuencias de la desinformación sanitaria no son abstractas. Generan pánico innecesario que colapsa sistemas de salud con consultas que no lo requieren. Provocan discriminación hacia personas provenientes de zonas donde se detectaron casos. Desvían recursos de respuesta hacia la gestión de rumores. Y, en el peor de los casos, llevan a la población a tomar decisiones que ponen en riesgo su propia salud: automedicarse, evitar hospitales, rechazar vacunas.

La República Dominicana no es ajena a este riesgo. Como país con un sistema de salud en proceso de fortalecimiento, con alta penetración de redes sociales y con una ciudadanía que vivió de cerca la angustia del COVID-19, el terreno para que la infodemia prenda es fértil. Por eso, la responsabilidad de actuar —con información, con transparencia y con pedagogía— es urgente y compartida.

El hantavirus y el norovirus de esta semana pasarán. Vendrán otros virus, otros brotes, otras alertas. Lo que no puede seguir pasando es que cada vez que aparece una amenaza sanitaria real —por pequeña que sea— el ecosistema informativo la convierta en una catástrofe imaginaria que paraliza, divide y daña.

Informar con rigor no es una opción. En tiempos de infodemia, es un acto de salud pública.

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