Donald Trump está triunfando en América Latina y perdiendo impacto y apoyo en Estados Unidos. Eso quiere decir que el presidente del imperio parece más latinoamericano que norteamericano, y que su temperamento es más caliente y respondón que el americano tradicional, si es que lo hay entre los gringos, venidos desde Irlanda, Reino Unido, Europa, para suplantar y empequeñecer a las comunidades aborígenes en la América del Norte.
El triunfo que candidaturas presidenciales en Chile, Bolivia, Honduras, Argentina, Costa Rica, que se alinean con las posturas ideológicas del presidente de Estados Unidos está diciendo algo más, luego de la evidente simpatía por las posiciones conservadoras y de ultraderecha.
Esos procesos electorales, incluyendo los de medio término en Argentina, y las elecciones presidenciales de Costa Rica, en Centroamérica, este último domingo, señalan que ni las candidaturas de centro, ni las candidaturas socialdemócratas, ni las candidaturas de izquierdistas encuentran apoyos en las comunidades de votantes.
El caso Venezuela es sintomático en este contexto. Nicolás Maduro, presidente electo en dos procesos claramente fraudulentos, fue secuestrado, destituido, llevado a Nueva York, donde está siendo procesado por acusaciones que carecen de pruebas, y que si fuera juzgado junto a su esposa, por algún delito, no es precisamente Estados Unidos ni los tribunales de ese quienes deben absolverlo o condenarlo.
Muchos venezolanos simpatizan con Trump por haber sacado de Venezuela a Maduro. La sustituta presidenta, Delcy Rodríguez, ejerce como delegada por políticas emanadas de la Casa Blanca o el Departamento de Estado. Es una situación extraña.
Trump ahora abre presiones fuertes contra Cuba, y dice que negocia con las más altas autoridades de esa isla, para lograr que el régimen comunista cese su mandato, y acceda a las reglas establecidas por Estados Unidos. Todo ello luce muy extraño, sospechoso, tomando en cuenta que Cuba lleva 67 años de revolución y ha resistido todas las presiones, invasiones, agresiones, embargos de los Estados Unidos. Si Trump logra que termine el régimen socialista sería un mago. El presidente de Colombia, Gustavo Petro, se reunirá este martes con el presidente Trump, luego de numerosos choques y amenazas. Es otro caso en que Trump quiere decidir las políticas de un país independiente.
Lo que está muy claro es que Estados Unidos está influyendo políticamente en la región de América Latina y el Caribe. Cuenta con gobiernos de derecha que han simpatizado con sus políticas, como Paraguay, El Salvador, Ecuador, y recientemente un candidato de la derecha ganó las elecciones en Bolivia. Con México las presiones no han tenido éxito, incluyendo la amenaza de intervención militar, pero está claro que la decisión de controlar la economía, las fuerzas militares, la política exterior y el sistema legislativo y judicial, es una voluntad muy clara que dictar normas desde Washington. Y que todo el que las reciba responda como lo hacen los norcoreanos cuando Kim Jong-un toma una decisión o dicta un discurso.
Por lo visto, con miras al proceso electoral de noviembre, el señor Trump tendrá que comenzar desde ahora a resolver muchos de los gravísimos problemas que tiene, de violencia, asesinatos de norteamericanos, negación de derechos, extorsiones y amenazas contra adversarios y personalidades del mundo empresarial, del arte, del cine y de la cultura en general que se oponen a sus métodos y decisiones. Estados Unidos está muy alterado, mientras América Latina se acomoda a Donald Trump.
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