Las primeras horas de este 2026 nos obligan a reconectar con un desafío latente que dejó el pasado año: la cuestión política y las garantías de continuidad democrática.
La desesperanza y el hartazgo palpitan en el panorama nacional, sobre todo ante la desolación que deja la corrupción vista desde el prisma de los partidos políticos. Pues no solo es dañina y mala cuando se realiza desde el terreno adversario. El caso SeNaSa —judicializado bajo la “Operación Cobra”— mostró que no son suficientes los mecanismos existentes para detectar y evitar que ocurra.
Los datos son contundentes: según Latinobarómetro, sólo el 28 % de los dominicanos y dominicanas confía en los partidos políticos, cifra que, aunque supera el promedio regional (17 %), refleja un desencanto persistente. Si esta tendencia se profundiza, el país podría caer en un abismo peligroso de desafección democrática.
En medio de una ola regional de autoritarismo y neoconservadurismo, la baja credibilidad en los partidos abre espacio para que la población cansada considere que la democracia le ha fallado. No es casual que nuevas opciones políticas se presenten en plataformas digitales como YouTube y redes sociales, disfrazadas de cercanía y transparencia, pero muchas veces con agendas populistas, ultra conservadoras o reaccionarias.
El trabajo debe comenzar ahora: sincerar los procederes, fortalecer la institucionalidad y demostrar que la democracia no es un mero discurso
El desafío es claro: renacer la confianza en los partidos y sus liderazgos. Sin embargo, 2025 dejó señales preocupantes:
- Partidismo exacerbado con extemporáneas marchas políticas, desoyendo a la Junta Central Electoral.
- Evidencias de infiltración del narcotráfico en organizaciones políticas.
- Casos de indisciplina interna que reflejan estructuras débiles y poco transparentes.
Estos hechos ameritan una renovación urgente. No basta con esperar a 2028, cuando se fraguarán nuevas elecciones. El trabajo debe comenzar ahora: sincerar los procederes, fortalecer la institucionalidad y demostrar que la democracia no es un mero discurso, sino una práctica que se preserva y florece con acciones concretas.
La República Dominicana no puede permitirse que la corrupción, el narcotráfico y el oportunismo sigan erosionando la confianza ciudadana. El desafío político de 2026 es, en esencia, el desafío de salvar la democracia.
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