Prácticamente con el nacimiento de la democracia dominicana, en 1961, el país se organizó para un recomienzo que dejara atrás el lastre de 30 años de dictadura de Trujillo, se instaló un gobierno democrático, electo por mayoría de los dominicanos que participaron en las elecciones del 20 de diciembre de 1962, organizadas por el Consejo de Estado que presidió Rafael F. Bonelly, y siete meses luego de instalado ese gobierno encabezado por Juan Bosch y el PRD, un grupo de militares recalcitrantes, de eclesiásticos mentirosos, políticos sin futuro, conspiraron y dieron un golpe de Estado, avalado por Estados Unidos, para imponer nuevamente un gobierno tutelado por el poder extranjero y al servicio de la corrupción, poniendo fin a una extraordinaria experiencia política que pudo colocar al país entre las naciones más prósperas y desarrolladas del Caribe.
El golpe de Estado contra el gobierno de Juan Bosch frustró todas las aspiraciones de prosperidad del país, de paz, de convivencia y de progreso que se acumularon y quedaron relegadas con la dictadura de Trujillo por más de tres décadas. Fue un acto irresponsable, cruento, cargado de mentiras y de campañas manipuladas de reafirmación cristiana. Y fue al mismo tiempo un intento de relanzamiento del trujillismo sin Trujillo, con un liderazgo militar mediocre, opaco, irresponsable, corrupto. Lo que en la historia puede ser considerado como el mayor acto de traición a la patria.
De estos acontecimientos se cumplen este viernes 63 años, y todavía hay que recordarlo como el momento más horrible, la peor actuación de varias instituciones dominicanas, para frustrar la democracia plena, el desarrollo completo del país, con un presidente profundamente honesto, competente, un mandatario que estaba por encima de los conflictos de intereses y de los siempre dispuestos burócratas a romper las reglas para enriquecerse.
Los cabecillas del golpe de Estado fueron militares, encabezados por el jefe de las Fuerzas Armadas, mayor general Víctor Elby Viñas Román, el general Elías Wessin y Wessin, comandante del Centro de Enseñanza de las Fuerzas Armadas (CEFA), con base en San Isidro, el señor Antonio Imbert Barrera, convertido en general del Ejército por su participación en el tiranicidio, y los generales Renato Hungría Morel — jefe de Estado Mayor del Ejército Nacional, Atila Luna Pérez — jefe de Estado Mayor de la Fuerza Aérea Dominicana, Comodoro Julio Alberto Rib Santamaría — jefe de Estado Mayor de la Marina de Guerra, General Belisario Peguero Guerrero — jefe de la Policía Nacional, General Félix Hermida hijo — presidente del Consejo Superior de Guerra de las Fuerzas Armadas y la Policía, y General Manuel García Urbáez — inspector al servicio de la Secretaría de las Fuerzas Armadas.
Luego de ellos hay una lista de políticos, obispos, sacerdotes, periodistas y gente del bajo mundo de entonces, que se lanzaron al zafacón de la historia para producir una interrupción doloroso y mediocre del proceso institucional dominicano.
El grupo político que encabezó el llamado Triunvirato, para sustituir al gobierno de Juan Bosch, estuvo integrado por los señores Emilio de los Santos, Ramón Tapia Espinal, Manuel Enrique Tavares Espaillat, luego presidido, hasta el inicio de la guerra de abril, por el empresario Donald Reid Cabral.
Ese golpe de Estado se produjo luego de proclamada la nueva Constitución Dominicana, que se elaboró mediante una constituyente, y más de 60 años después se coincide que ha sido la mejor Constitución de la historia de República Dominicana. Aquel fue un acto indigno, mediocre, sepulturero del más hermoso proceso político que se conociera entonces, que era diferente al de Cuba, Costa Rica y al de todas las naciones del Caribe de entonces.
Juan Bosch tenía claras sus ideas para reducir la pobreza, poner el campo a producir, aumentar las exportaciones, asignar responsabilidades a los grupos empresariales respecto del empleo bien remunerado, mejorar la educación y combatir el analfabetismo, sostener relaciones igualitarias con todos los países, incluyendo Haití, y defender la soberanía dominicana frente a todas las adversidades que entonces se avecinaban.
El expediente que se utilizó fue el miedo al comunismo, la cercanía histórica entre las naciones del Caribe, y su proceso político. Cuba había instalado un gobierno rebelde, resultado de un movimiento guerrillero, que luego evolucionó hacia un socialismo y control del Estado por parte del Partido Comunista Cubano. Se intentó acusar a Juan Bosch de comunista, y al Partido Revolucionario Dominicano de seguir esas orientaciones, lo más lejos de la verdad histórica.
La interrupción del proceso democrático condujo hacia una rebelión de militares progresistas, constitucionalistas, que reclamaron el retorno de Juan Bosch al poder. Hubo una guerra civil que los golpistas, concentrados en la Base Aérea de San Isidro, perdieron. Y para sostener la indignidad de sus actos, reclamaron la intervención militar de los Estados Unidos, alegando que los comunistas controlaban la guerra y el poder. Mentiras divulgadas ampliamente, amplificadas por los Estados Unidos. Y ese golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963 fue responsable de la corrupción y los crímenes del Triunvirato, de la guerra civil, de la intervención militar de los Estados Unidos, y de la muerte de más de 5 mil ciudadanos dominicanos.
Esa es la historia. Los constitucionalistas ganaron la guerra, pero debieron asumir que los interventores tenían el control, y fueron los norteamericanos los que impusieron un acuerdo para que Héctor García Godoy se convirtiera en presidente provisional de República, organizara elecciones, que luego fueron “ganadas” por Joaquín Balaguer. Esa es la historia y una parte de la tragedia de la democracia dominicana.
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