Hace tres décadas, el sello Hecho en China se convirtió en un sinónimo a nivel mundial de artículos domésticos cotidianos, que abarcaban desde electrodomésticos hasta juguetes. Hoy, tal como señala la serie de tres partes del Financial Times (FT) sobre el "shock", o choque, de China 2.0, la marca se asocia cada vez más con productos industriales de alta gama, tales como vehículos eléctricos, paneles solares y baterías. Dado el historial probado de Pekín en su ascenso por la cadena de valor económica —integrándose verticalmente a medida que avanza—, sería temerario apostar en contra de que su destreza industrial se extienda pronto a las tecnologías de próxima generación e incluso a los servicios. El resto del mundo aún no ha asimilado plenamente la idea de que China ya no se limita a ponerse al día, sino que lleva años de ventaja en muchos frentes.
A mediados de la década de 1990, China representaba alrededor del 5 por ciento de la producción manufacturera mundial; hoy controla cerca del 30 por ciento. Este logro se ha sustentado en una política industrial a largo plazo dirigida por el Estado. El enfoque del Partido Comunista Chino (PCCh) se ha apoyado en subsidios y en una hipercompetencia dentro de sectores estratégicos para generar experiencia y conocimientos a lo largo de toda la cadena de suministro. Como referencia, las empresas chinas acaparan al menos el 70 por ciento de la capacidad manufacturera mundial en las principales tecnologías verdes.
Superávit comercial de China alcanzó cifra récord
El exceso de producción generado por la estrategia de Pekín se ha vendido en todo el mundo, favorecido por un tipo de cambio infravalorado. La insuficiente demanda interna no ha hecho más que reforzar el modelo de crecimiento del país, fuertemente dependiente de las exportaciones; el año pasado, el superávit comercial de China alcanzó la cifra récord de 1,2 billones de dólares.
Los reiterados llamamientos para que China reequilibre su economía orientándola hacia el consumo interno —y para que responda a las acusaciones de prácticas comerciales desleales— están plenamente justificados, sobre todo porque, al hacerlo, Pekín contribuiría a fortalecer su propia trayectoria de crecimiento a largo plazo. Asimismo, esto les brindaría a las naciones en desarrollo un mayor margen para crecer. No obstante, en Occidente —y en particular entre sus responsables políticos— tampoco se han hecho las cosas bien. Las estrategias industriales han carecido del enfoque holístico y de largo plazo que caracteriza a China. El exceso de burocracia, los elevados costos energéticos, la escasez de mano de obra cualificada y la lentitud en el desarrollo de infraestructuras han mermado el dinamismo empresarial. Los esfuerzos por ampliar los lazos comerciales han resultado poco ambiciosos, limitando las oportunidades para ganar escala y reforzar la resiliencia económica. La decisión del presidente estadounidense Donald Trump de recurrir a los aranceles no ha hecho más que empeorar la situación.
Para todas las naciones, resulta necesaria cierta diversificación para reducir la dependencia de China, particularmente para mitigar el riesgo de que Pekín utilice dichas dependencias como herramienta de presión, o en aquellos casos en que sus productos susciten inquietudes en materia de seguridad nacional. Esto podría requerir que los países cultiven una posición estratégica sólida en sectores específicos, tales como la energía, la defensa y los recursos críticos. No obstante, ante la estrechez de los presupuestos públicos, la persistente preocupación por el costo de la vida y la urgencia de cumplir los objetivos climáticos e impulsar el crecimiento, la producción de bajo costo y la pericia técnica de China no pueden, en este momento, ser dejadas de lado. Intentar replicar cadenas de suministro enteras es un proceso lento, costoso y una receta para el despilfarro, especialmente si se considera la ventaja que China ostenta en numerosos sectores y materias primas.
Una opción —que las naciones europeas están sopesando— consiste en abrir las puertas a las fábricas chinas bajo condiciones prudentes, las cuales incluirían la transferencia de conocimientos y la contratación de mano de obra local. En aquellos casos en que sea evidente el uso de dumping —la exportación de un producto a otro país a un precio inferior a su valor normal o al costo de producción— por parte de China, o que existan riesgos para la seguridad, se requieren contramedidas rápidas y coordinadas. Sin embargo, los responsables políticos deben también desarrollar estrategias industriales orientadas a fortalecer el sector privado, mediante la inversión en capacitación profesional, la reducción de las barreras internas del mercado y el fomento de los vínculos de libre comercio. La Unión Europea (UE) sigue desaprovechando la oportunidad de generar economías de escala al no lograr completar su mercado único en áreas clave.
Mejorar la competitividad contribuiría a potenciar las especializaciones nacionales en las que Pekín se encuentra rezagado, así como a ayudar a las empresas a ser más ágiles e innovadoras en un sentido más amplio. Si las naciones se centran de manera demasiado estrecha en reaccionar ante el último choque provocado por China —particularmente a través del proteccionismo—, es posible que no hagan más que sembrar las semillas del próximo choque.
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