Cada vez que en República Dominicana se habla de reforma fiscal, el debate suele encender la misma alarma: quién pagará el costo. No importa si el Gobierno la presenta como modernización, plan anticrisis, ajuste tributario, simplificación fiscal o paquete de medidas económicas. Para la población, la primera pregunta casi siempre es la misma: ¿Esto me va a encarecer la vida?

Esa reacción no surge de la nada. El país arrastra una larga historia de reformas tributarias, aumentos de impuestos, ajustes de emergencia, promesas de eficiencia del gasto y compromisos de mejorar servicios públicos que no siempre han logrado convencer a la ciudadanía. En ese recorrido, el ajuste fiscal de 2011, seguido por el llamado “paquetazo fiscal” de 2012, dejó una marca profunda en la memoria colectiva.

Más de una década después, el Gobierno volvió a aprobar en 2026, de manera express y sin consenso, un conjunto de medidas fiscales bajo el nombre de Ley 30-26, sobre Medidas Procrecimiento Económico, Simplificación Fiscal y Mitigación de la Crisis Internacional. Aunque las autoridades insisten en que no se trata de una reforma fiscal tradicional y que la mayoría de la carga recaerá sobre los sectores de mayor capacidad contributiva, el tema volvió a despertar preocupación, resistencia y debate público.

Entre ambos momentos hay diferencias importantes. El país de 2011 no es el mismo de 2026. Cambió el contexto internacional, cambió la estructura económica, cambió el nivel de deuda, cambió el peso de las redes sociales en la opinión pública y cambió también la tolerancia ciudadana frente a las reformas fiscales.

Pero hay un punto común: en ambos casos, el Estado buscó aumentar ingresos en medio de presiones fiscales, mientras una parte de la población sintió que la factura terminaba llegando, de una forma u otra, al ciudadano.

2011: una reforma bajo presión fiscal y el reclamo del 4 % para educación

En 2011, durante el gobierno del expresidente Leonel Fernández, fue promulgada la Ley 139-11, presentada con el propósito de aumentar los ingresos tributarios y destinar mayores recursos a la educación.

El país venía arrastrando presiones fiscales, compromisos financieros internos y externos, y una baja presión tributaria que limitaba la capacidad del Estado para financiar sus obligaciones. La propia ley reconocía que la caída de los ingresos corrientes afectaba la sostenibilidad fiscal y dificultaba honrar compromisos financieros.

La reforma se produjo en un momento en que el reclamo del 4 % del Producto Interno Bruto (PIB) para la educación había ganado fuerza en la sociedad dominicana. La Coalición por una Educación Digna movilizaba a miles de ciudadanos vestidos de amarillo, exigiendo que se cumpliera la ley que establecía ese porcentaje para el sector educativo.

Ese contexto permitió al Gobierno presentar la reforma como una vía para generar recursos adicionales destinados a educación. Sin embargo, detrás de la justificación social también había una presión fiscal más amplia: el Estado necesitaba recaudar más.

La Ley 139-11 modificó varios artículos del Código Tributario y de leyes vinculadas a juegos de azar, zonas francas y otros regímenes. Entre sus medidas figuraron cambios en impuestos a bancas de lotería y apuestas deportivas, limitaciones y gravámenes para operaciones de zonas francas en el mercado local, y el aumento de la tasa del Impuesto Sobre la Renta para personas jurídicas al 29 % desde el ejercicio fiscal 2011.

Aunque el discurso oficial vinculaba la medida al financiamiento educativo, diversos sectores la vieron como un ajuste tributario más dentro de una larga cadena de reformas fiscales. El rechazo se expresó en críticas empresariales, advertencias sobre el impacto en la inversión y preocupación por el aumento de la carga impositiva.

El “paquetazo” que quedó en la memoria: la reforma fiscal de 2012

Aunque muchas veces se habla del “paquetazo fiscal de 2011”, el paquete más recordado por su impacto político y social fue la Ley 253-12, aprobada a finales de 2012, ya durante el gobierno del expresidente Danilo Medina.

Esa reforma tributaria surgió en medio de un déficit fiscal significativo y con el argumento de fortalecer la capacidad recaudatoria del Estado, garantizar sostenibilidad fiscal y financiar áreas como educación, salud e infraestructura.

Entre sus medidas más sensibles estuvo el aumento del ITBIS del 16 % al 18 %, así como la aplicación gradual de una tasa reducida a productos que antes estaban exentos o no gravados en la misma proporción. También se introdujeron cambios al Impuesto Sobre la Renta, impuestos selectivos, propiedad inmobiliaria, circulación de vehículos y regímenes especiales.

El Gobierno defendió la reforma como un “trago amargo” necesario para corregir desequilibrios fiscales y financiar prioridades sociales. Pero en la calle la percepción fue distinta. Para amplios sectores, el ajuste trasladaba a consumidores, clase media y sectores populares el costo de errores fiscales, déficits acumulados y falta de control del gasto.

Las protestas no tardaron. Miles de personas se movilizaron en rechazo al llamado “paquetazo fiscal”. Organizaciones sociales, partidos de oposición, grupos juveniles y ciudadanos independientes cuestionaron que se aumentaran impuestos sin establecer responsabilidades claras sobre el déficit. La inconformidad se alimentó de una idea poderosa: antes de pedir más dinero a la gente, el Estado debía explicar mejor cómo gastaba lo que ya recibía.

Ese debate dejó una lección que sigue vigente: una reforma fiscal no se mide únicamente por su diseño técnico, sino por la confianza política que logra construir. Si la población percibe que el sacrificio no será compartido, que el gasto público no será controlado o que los servicios no mejorarán, el rechazo se vuelve inevitable.

2024: el intento fallido de la Ley de Modernización Fiscal

Antes del plan aprobado en 2026, el Gobierno de Luis Abinader intentó impulsar en 2024 una reforma más amplia, presentada como Proyecto de Ley de Modernización Fiscal.

La propuesta fue expuesta públicamente por el entonces ministro de Hacienda, José Manuel “Jochi” Vicente, durante un encuentro de La Semanal con la Prensa, y luego depositada en el Congreso Nacional.

El Gobierno justificó el proyecto bajo la necesidad de elevar los ingresos fiscales para mejorar la inversión pública en transporte, salud, seguridad ciudadana, protección social e infraestructura. También defendió la iniciativa como una vía para modernizar el sistema tributario, reducir distorsiones, eliminar exenciones consideradas insostenibles y fortalecer la capacidad del Estado para responder a necesidades de largo plazo.

Sin embargo, el proyecto generó rechazo casi inmediato.

La propuesta contemplaba cambios amplios en el sistema tributario. Entre ellos, modificaciones al Impuesto Sobre la Renta de personas físicas y jurídicas, cambios en anticipos, retenciones, régimen simplificado de tributación, ajustes al ITBIS, que pasaría a llamarse IVA, variaciones en impuestos selectivos, modificación del Impuesto al Patrimonio Inmobiliario y revisión de incentivos tributarios.

El problema no fue solo técnico. Fue político y social.

La ciudadanía reaccionó con fuerza. En redes sociales, medios de comunicación, sectores empresariales, partidos opositores y organizaciones sociales se instaló la idea de que el proyecto podía encarecer la vida, afectar a la clase media y tocar áreas sensibles del consumo.

El 19 de octubre de 2024, apenas días después de haber presentado la iniciativa, el presidente Luis Abinader anunció el retiro del proyecto del Congreso. En su mensaje al país, afirmó que en democracia se puede lograr todo con el pueblo, pero nada contra el pueblo, y reconoció que la propuesta no contaba con el consenso necesario.

Ese retiro marcó un precedente importante. La presión ciudadana y la falta de consenso lograron frenar una reforma fiscal antes de su aprobación. También dejó claro que el Gobierno tendría que buscar otro camino si quería aumentar ingresos sin provocar un costo político mayor.

2026: un plan fiscal más acotado, pero igualmente sensible

En junio de 2026, el Gobierno volvió al Congreso con una propuesta distinta: la Ley 30-26, sobre Medidas Procrecimiento Económico, Simplificación Fiscal y Mitigación de la Crisis Internacional.

Esta vez, la narrativa oficial fue más cuidadosa. El Gobierno evitó presentar el proyecto como una reforma fiscal integral y lo colocó bajo el marco de un plan anticrisis. El argumento central fue que el país necesitaba crear espacio fiscal para enfrentar un contexto internacional complejo, marcado por incertidumbre económica, presiones energéticas, conflictos en Medio Oriente y necesidad de proteger a sectores vulnerables y medios.

El Ministerio de Hacienda y Economía explicó que las medidas buscaban mantener la estabilidad macroeconómica, la estabilidad fiscal y, sobre todo, la estabilidad social. También sostuvo que los recursos adicionales permitirían contener el déficit fiscal, mantener el gasto de protección social, mitigar el impacto local de la crisis internacional sobre los precios y preservar la estabilidad económica.

A diferencia del intento de 2024, el plan de 2026 dejó intacta la tasa y la base del ITBIS. También mantuvo sin grandes variaciones la mayoría de los impuestos selectivos vigentes sobre combustibles, alcoholes, cigarrillos y telecomunicaciones.

En el diseño oficial, la apuesta fue presentar una reforma “quirúrgica”: menos amplia que la de 2024, con beneficios para microempresas, pequeñas empresas y asalariados, y con mayor carga sobre grandes contribuyentes y sectores específicos.

Las principales medidas aprobadas en 2026

Entre las medidas aprobadas figura una sobretasa temporal del Impuesto Sobre la Renta empresarial para grandes contribuyentes. Las empresas con ingresos superiores a RD$1,000 millones deberán pagar una tasa de 30 % sobre la renta gravable durante los períodos fiscales 2026, 2027 y 2028. Luego, la tasa general volvería a colocarse en 27 %.

La ley también elimina el pago de anticipos para las microempresas y simplifica el esquema para pequeñas empresas, que pasarán a pagar en tres cuotas al año en lugar de doce. Además, elimina anticipos e impuestos a los activos para el sector agropecuario.

Otro punto relevante es el ajuste del mínimo exento del Impuesto Sobre la Renta para asalariados, que pasa de RD$34,685 a RD$39,900 mensuales. También se incrementa la deducción por gastos educativos de 25 % a 30 %, y a 50 % cuando los gastos correspondan a personas con discapacidad o trastornos del neurodesarrollo.

La legislación incluye una amnistía fiscal, cambios en impuestos a bancas de lotería y deportivas, un impuesto selectivo a cigarrillos electrónicos y vapes, aumento de la tributación de casinos y juegos de azar, y un incremento de US$10 a los pasajes aéreos.

También reduce de 25 % a 10 % el Impuesto Sobre la Renta por ganancia de capital en la venta de inmuebles para personas físicas, y reduce de 27 % a 15 % la retención aplicable a determinados pagos realizados por empresas dominicanas a proveedores no residentes por licencias de software, regalías, derechos de autor, publicidad digital y servicios de almacenamiento en la nube.

El Gobierno sostiene que estas medidas protegen a los sectores de menor ingreso, alivian a microempresas y clase media, incentivan la formalización y colocan mayor responsabilidad tributaria sobre los contribuyentes de mayor capacidad.

Una aprobación rápida y cuestionada

A pesar de ese enfoque, la aprobación del proyecto generó cuestionamientos. La pieza fue conocida con rapidez en el Congreso, declarada de urgencia y aprobada en dos lecturas consecutivas en el Senado. Luego pasó por la Cámara de Diputados, donde también fue aprobada con los votos del oficialismo y aliados, mientras la oposición rechazó varias de sus disposiciones.

El Gobierno defendió la rapidez como una respuesta necesaria ante una coyuntura internacional delicada. La oposición, en cambio, criticó el procedimiento, alegando que una reforma con efectos tributarios no debía aprobarse en tiempo récord ni sin mayor discusión social.

El debate volvió a revelar una tensión histórica: para los gobiernos, las reformas fiscales suelen ser urgentes porque los déficits, las deudas y los compromisos de gasto no esperan; para la población, en cambio, las reformas deben ser debatidas con calma porque sus efectos se sienten directamente en los bolsillos.

Dos contextos distintos

El ajuste de 2011-2012 y el plan fiscal de 2026 nacen de momentos distintos.

En 2011 y 2012, el país enfrentaba una presión fiscal vinculada a bajos ingresos, compromisos con organismos internacionales, demanda social por el 4 % para educación y un déficit que se agravó en el proceso de transición política. El debate se produjo en medio de un reclamo ciudadano por educación, transparencia y responsabilidad sobre el gasto.

En 2026, el contexto es diferente. República Dominicana viene de superar los efectos económicos de la pandemia, años de inflación global, aumento de tasas de interés, presiones sobre los precios de combustibles y alimentos, y un escenario internacional marcado por conflictos geopolíticos. El Gobierno argumenta que necesita recursos para sostener programas sociales, mantener inversión pública y proteger la estabilidad.

Pero aunque el contexto cambió, la preocupación ciudadana se parece mucho: el temor a que la reforma termine encareciendo la vida o afectando indirectamente a la población.

Una misma presión sobre la población

La diferencia entre una reforma que sube directamente el ITBIS y otra que grava grandes empresas o sectores específicos puede ser clara en el papel. Pero en la práctica, la población suele preguntarse si esos costos terminarán trasladándose al consumidor.

Cuando se aumentan impuestos a grandes empresas, juegos de azar, boletos aéreos, servicios vinculados al exterior o sectores específicos, la preocupación ciudadana es si esos aumentos se reflejarán luego en precios, tarifas, comisiones, servicios o reducción de empleos.

Por eso, aunque el Gobierno insista en que la reforma de 2026 protege a la mayoría de la población, el debate no desaparece. La ciudadanía dominicana ha aprendido a desconfiar de las reformas fiscales porque muchas veces los impuestos se justifican como temporales, progresivos o necesarios, pero sus efectos terminan sintiéndose de manera más amplia.

La presión no siempre llega como un nuevo impuesto directo. A veces llega como inflación, como aumento de servicios, como mayor costo financiero, como menos capacidad de consumo o como sensación de que el salario alcanza menos.

El problema de fondo: impuestos sin confianza

La verdadera discusión fiscal dominicana no es solo cuánto se cobra, sino qué se hace con lo que se cobra.

Cada reforma fiscal reabre la misma pregunta: ¿por qué pedir más recursos si todavía persisten quejas sobre gasto público, nómina estatal, publicidad, viáticos, duplicidad institucional, baja calidad de servicios y percepción de privilegios?

Ese es el corazón del problema.

El país necesita ingresos para financiar seguridad, salud, educación, transporte, infraestructura, agua, energía, protección social y servicios locales. Pero la población también exige que el Estado demuestre eficiencia, austeridad, transparencia y resultados.

Sin confianza en el gasto, cualquier reforma fiscal se convierte en un conflicto político.

En 2011 y 2012, la ciudadanía protestó porque entendía que no podía pagar por un déficit sin que se establecieran responsabilidades claras. En 2024, la presión social hizo retirar una reforma porque la población no se sintió convencida. En 2026, aunque el Gobierno logró aprobar una versión más acotada, el debate volvió a mostrar que la sensibilidad fiscal sigue viva.

El pacto fiscal pendiente

La Estrategia Nacional de Desarrollo planteó la necesidad de un pacto fiscal que permita financiar el desarrollo, garantizar sostenibilidad y ordenar la relación entre ingresos, gastos y calidad del Estado.

Sin embargo, el país ha seguido transitando de reforma en reforma, de ajuste en ajuste, de parches tributarios a planes anticrisis, sin alcanzar un pacto fiscal integral.

El resultado es un sistema donde cada gobierno intenta resolver urgencias con medidas parciales y cada sociedad recibe esas medidas con sospecha.

Un verdadero pacto fiscal tendría que abordar no solo nuevos ingresos, sino también gasto público, evasión, informalidad, exenciones, calidad del servicio, transparencia, deuda, inversión social y rendición de cuentas.

Sin esa mirada integral, cada reforma corre el riesgo de ser vista como un nuevo paquetazo, aunque técnicamente no lo sea.

Qué cambia y qué se repite

El ajuste de 2011-2012 fue más agresivo en términos de impuestos al consumo y tuvo una reacción social más intensa. El intento de 2024 fue más amplio, pero murió por falta de consenso antes de aprobarse. El plan de 2026 fue más limitado, pero se aprobó con rapidez y en medio de críticas por el procedimiento.

Lo que cambia es la forma.

Lo que se repite es la presión fiscal del Estado, la resistencia social y la pregunta sobre quién termina pagando.

En 2011 se habló de educación. En 2012 se habló de sostenibilidad fiscal. En 2024 se habló de modernización. En 2026 se habla de mitigación de crisis internacional y crecimiento económico.

Pero detrás de cada nombre hay un mismo dilema: el Estado necesita recaudar más, pero la población exige no ser la única que cargue con el ajuste.

La lección para 2026

La aprobación de la Ley 30-26 no cierra el debate. Lo abre en otra etapa.

Ahora el Gobierno tendrá que demostrar que las medidas realmente cumplen lo prometido: proteger a los sectores vulnerables y medios, no encarecer la vida de forma indirecta, mejorar la recaudación sin castigar a quienes ya cumplen, y usar los recursos adicionales con eficiencia.

También deberá demostrar que el sacrificio fiscal no recaerá únicamente sobre contribuyentes formales, consumidores y sectores productivos, mientras la evasión, la informalidad y el gasto improductivo siguen ocupando un espacio demasiado grande en las finanzas públicas.

La población puede aceptar sacrificios cuando entiende el propósito, ve resultados y percibe equidad. Lo que difícilmente acepta es pagar más sin recibir mejores servicios, mayor transparencia o una señal clara de que el Estado también se aprieta el cinturón.

Más que recaudar, gobernar con legitimidad

El debate fiscal dominicano no puede reducirse a una pelea entre gobierno y oposición ni a una discusión técnica entre economistas y tributaristas.

Es un debate sobre legitimidad.

Los impuestos son necesarios para financiar el Estado. Pero el Estado necesita confianza para cobrarlos sin que cada intento se convierta en una crisis política.

Del paquetazo de 2011-2012 al plan fiscal de 2026, la República Dominicana ha cambiado mucho. Hay más infraestructura, más digitalización, más clase media, más turismo, más remesas, más presión social en redes y mayor conciencia ciudadana sobre el uso de los recursos públicos.

Pero también persisten viejos problemas: baja presión tributaria, evasión, informalidad, endeudamiento, déficits recurrentes y servicios públicos que no siempre responden al nivel de sacrificio que se exige.

Por eso, la pregunta no es solo si el país necesita una reforma fiscal. Probablemente sí.

La pregunta es si el país puede seguir haciendo reformas fiscales sin antes construir confianza.

Porque cuando la población siente que cada crisis termina en un nuevo cobro, la palabra “paquetazo” vuelve una y otra vez, aunque el Gobierno le ponga otro nombre.

Abraham Marmolejos

Periodista, docente y estratega de comunicación, con experiencia en medios digitales, periodismo de investigación y creación de contenido.

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