La nota de prensa que el Banco BHD difundió el pasado 19 de mayo no es un trámite de relaciones públicas. Es, en realidad, una lección abierta de gobernanza bancaria. La entidad informó al país que detectó internamente un esquema de acreditaciones irregulares por más de RD$ 200 millones, desvinculó por despido al empleado responsable, denunció el caso ante la Unidad de Investigación de Delitos Financieros de la Fiscalía del Distrito Nacional, notificó a la Superintendencia de Bancos y absorbió las pérdidas sin tocar un solo centavo de los depósitos del público. Hay que decirlo con claridad: así es como se gestiona un evento de riesgo operacional en un banco serio.
En la práctica supervisora dominicana, y bajo el marco de Basilea, el riesgo operacional se define como la posibilidad de pérdidas derivadas de fallas en procesos, personas, sistemas o eventos externos. El fraude interno, es decir, el cometido por un empleado en perjuicio de su propia institución es una de las siete categorías expresamente reconocidas. Ningún banco del mundo, por sofisticado que sea, está exento. Ni JPMorgan, ni HSBC, ni los bancos suizos más conservadores. Lo que distingue a una institución madura no es la ausencia absoluta de fraude, sino la capacidad de detectarlo a tiempo, contenerlo, sancionarlo y aprender de el.
El BHD detectó el movimiento irregular mediante sus controles internos. Eso significa que las tres líneas de defensa, gestión del negocio, gestión de riesgos y auditoría interna, funcionaron. No fue una denuncia anónima, no fue una filtración periodística, no fue una inspección externa la que lo destapó. Fue la propia maquinaria de control del banco. Ese dato, en términos de gobernanza, vale más que el monto involucrado.
La historia financiera, dominicana y mundial, está llena de casos en los que la primera reacción institucional fue ocultar, minimizar o negociar internamente. Esa ruta termina, invariablemente, en crisis reputacionales mayores, en sanciones regulatorias severas y, en el peor de los casos, en colapsos sistémicos. El BHD eligió el camino opuesto: investigación interna, despido, denuncia penal, notificación al supervisor y comunicación pública. Ese cuádruple movimiento, administrativo, judicial, regulatorio y comunicacional, es exactamente lo que un buen manual de gestión de crisis recomienda.
Conviene hacer una precisión técnica importante: la pérdida fue absorbida por el banco. Los depósitos del público no fueron afectados. Esto no es retórica corporativa; es la consecuencia natural de un patrimonio técnico sólido y de una administración prudente del riesgo. Cuando una entidad puede absorber una pérdida operacional de esta magnitud con cargo a sus utilidades, sin trasladar el costo a clientes ni accionistas minoritarios, está demostrando precisamente la función que se espera del capital regulatorio.
Otro elemento que merece destacarse es la coordinación con el Ministerio Público, la Policía Nacional y la Superintendencia de Bancos. El sistema financiero dominicano cuenta hoy con una arquitectura institucional, Ley Monetaria y Financiera 183-02, Ley contra el Lavado de Activos 155-17, reglamentos del Banco Central y circulares de la SB, que exige y facilita esta articulación. Que las autoridades hayan respondido con la celeridad que el BHD reconoce públicamente es una señal de que esa arquitectura no es papel mojado. Es operativa, y eso le conviene a todos los actores del sistema: depositantes, accionistas, supervisores y al propio mercado.
Como economista y como ex regulador del sistema financiero dominicano, quiero ser categórico con los lectores: este caso no debe leerse como una debilidad del BHD, sino como una fortaleza. Un banco que detecta, denuncia y comunica un fraude interno es un banco que prefiere el costo reputacional de la transparencia al costo, mucho mayor, del encubrimiento. Es, además, un banco que entiende que la confianza del depositante no se construye con silencios convenientes, sino con conducta verificable.
El verdadero examen de la cultura ética de una institución no ocurre cuando todo marcha bien. Ocurre cuando aparece la primera grieta. La grieta, en una entidad bien gobernada, se enfrenta; no se tapa. El BHD acaba de aprobar ese examen, y el sistema financiero dominicano sale fortalecido con él.
En la banca, la integridad no se mide por la ausencia de problemas, sino por la forma en que se enfrentan.
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