La gestión de los desastres naturales atraviesa una transformación sin precedentes. Los últimos tiempos han sido marcados por terremotos, inundaciones, incendios forestales, huracanes y otros males cada vez más destructivos, por lo que numerosos países están sustituyendo el modelo tradicional de reaccionar después de la emergencia por otro basado en tecnología y organización comunitaria que anticipe el riesgo, y en ello debe figurar República Dominicana.
Inteligencia artificial, sistemas de alerta multiamenaza, satélites, drones, organización popular y planificación urbana y construcción resiliente forman parte de una estrategia que busca reducir las pérdidas humanas antes de que ocurra la catástrofe.
Para República Dominicana, uno de los países más vulnerables del Caribe, la evolución de estas herramientas plantea un desafío urgente: adaptar sus políticas de prevención a una realidad climática y geológica cada vez más compleja, en ruta de lo que está haciendo China, por ejemplo.
La prevención entra en una nueva etapa
Durante muchos años la gestión de desastres se concentró en responder con rapidez una vez producido el impacto. La prioridad era rescatar sobrevivientes, restablecer los servicios esenciales y reconstruir las zonas afectadas.
Ese paradigma está cambiando, obviamente mejorando lo que ya existe. Lo sucedido en Venezuela demostró que ni lo mínimo existía, y se debió escarbar con las manos a falta de maquinaria.
Las grandes tragedias registradas durante los últimos años —desde terremotos devastadores hasta incendios forestales sin precedentes e inundaciones cada vez más frecuentes— han llevado a gobiernos, organismos científicos y agencias internacionales a replantear completamente la manera de gestionar el riesgo.
La pregunta ya no es únicamente cómo responder mejor cuando ocurre un desastre, sino cómo evitar que un fenómeno natural termine convirtiéndose en una tragedia humana.
La respuesta pasa por actuar antes.
Ese concepto, conocido internacionalmente como acción anticipatoria, está modificando las políticas públicas en numerosos países. En lugar de esperar la llegada del huracán, la inundación o el incendio, los sistemas modernos utilizan modelos meteorológicos, inteligencia artificial y monitoreo satelital para activar evacuaciones, proteger infraestructuras críticas y movilizar recursos con varias horas —e incluso días— de anticipación.
La Organización de las Naciones Unidas ha convertido este enfoque en uno de los pilares de su iniciativa Alertas Tempranas para Todos, cuyo propósito es que toda la población mundial tenga acceso a sistemas capaces de advertir sobre amenazas naturales antes de que provoquen pérdidas humanas.

La inteligencia artificial llega a la gestión del riesgo
La mayor innovación de los últimos años no se encuentra únicamente en nuevos equipos de rescate. También está en la enorme cantidad de datos que hoy pueden procesarse en tiempo real.
La inteligencia artificial permite analizar simultáneamente imágenes satelitales, radares meteorológicos, sensores hidrológicos, estaciones sísmicas y modelos climáticos para anticipar inundaciones, detectar incendios en sus primeras etapas, identificar zonas susceptibles a deslizamientos y mejorar la precisión de los pronósticos.
Los sistemas más avanzados incluso generan alertas georreferenciadas que llegan directamente a los teléfonos móviles de las personas ubicadas dentro del área de riesgo.

La tecnología también facilita que las autoridades prioricen recursos antes del impacto y diseñen escenarios que permiten ensayar distintas respuestas frente a una emergencia.
Construir para resistir, no para reconstruir
La otra gran transformación ocurre en la infraestructura.
Las lecciones dejadas por terremotos ocurridos en Japón, Turquía, México, Venezuela o Chile han reforzado la idea de que la diferencia entre una emergencia y una catástrofe suele depender del cumplimiento de las normas de construcción.
La ingeniería moderna incorpora aisladores sísmicos, amortiguadores estructurales y sistemas capaces de disipar parte de la energía liberada durante un terremoto.
Sin embargo, los especialistas coinciden en que la tecnología resulta insuficiente cuando no existe una fiscalización rigurosa de las edificaciones. Chile es presentado como un ejemplo en este campo, pero hay voces internas que advierten que no todo es tan perfecto como aparenta.

El concepto de ciudades resilientes también gana terreno, porque precisamente ya no basta con construir edificios resistentes.
La planificación urbana comienza a integrar corredores de evacuación, parques inundables, drenajes de mayor capacidad, protección de humedales y restricciones para urbanizar zonas de alto riesgo.
Los incendios forestales aceleran el cambio
Los incendios registrados ahora mismo en EEUU, Canadá, Australia y varios países latinoamericanos y europeos también modificaron la visión sobre la prevención.
Las altas temperaturas y las sequías prolongadas han provocado incendios con velocidades de propagación y niveles de energía que hace apenas dos décadas resultaban excepcionales.
La respuesta internacional incluye quemas controladas, manejo preventivo de bosques, uso de drones para vigilancia permanente, sensores térmicos, imágenes satelitales y modelos predictivos que permiten identificar áreas donde existe mayor probabilidad de ignición.
La gestión forestal ha dejado de ser una política ambiental para convertirse en una estrategia de protección civil.

El Caribe, entre las regiones más vulnerables
Mientras estas innovaciones avanzan, el Caribe aparece en prácticamente todos los informes científicos como una de las regiones con mayor exposición a los efectos del cambio climático.
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) advierte que el aumento de las temperaturas, el incremento del nivel del mar y la intensificación de los eventos extremos tendrán consecuencias especialmente severas para los pequeños Estados insulares.
Su elevada concentración de población e infraestructura en las zonas costeras aumenta considerablemente la vulnerabilidad.
La adaptación ya no constituye una discusión ambiental. Es una necesidad económica, territorial y de seguridad pública.
República Dominicana enfrenta amenazas múltiples
Para República Dominicana, estas tendencias internacionales tienen una importancia inmediata.
El país se encuentra expuesto simultáneamente a terremotos, huracanes, inundaciones, deslizamientos, sequías, incendios forestales y potenciales tsunamis.
A ello se suma un litoral superior a los 1,500 kilómetros, donde el aumento progresivo del nivel del mar incrementa el riesgo de erosión costera, intrusión salina e inundaciones permanentes o temporales.
El cambio climático añade una capa adicional de complejidad.
Las proyecciones científicas indican que el calentamiento del océano puede favorecer huracanes más intensos y precipitaciones más extremas, mientras que los períodos secos también tenderán a prolongarse.
Ese comportamiento incrementa simultáneamente el riesgo de inundaciones y de incendios forestales. El sargazo que ahora mismo ahoga a México figura como un mal menor en este escenario.
Más tecnología, pero también mejores decisiones

La experiencia internacional demuestra que disponer de drones, radares, cámaras térmicas o inteligencia artificial no garantiza por sí solo una reducción del riesgo.
Esas herramientas deben integrarse dentro de instituciones capaces de coordinarse, compartir información y actuar con rapidez. También requieren inversiones sostenidas y planificación de largo plazo.
La fiscalización de las normas de construcción, la actualización permanente de los mapas de riesgo, el fortalecimiento de los sistemas de alerta, la protección de cuencas, manglares y humedales, así como la educación ciudadana, la organización popular, continúan siendo componentes indispensables.
En República Dominicana, varios episodios recientes -propios y ajenos- han reabierto el debate sobre la capacidad de respuesta de los organismos de emergencia y sobre la necesidad de revisar protocolos, incorporar nuevas tecnologías y fortalecer la coordinación interinstitucional durante las primeras horas posteriores a un desastre.
El mayor desafío no es tecnológico

La innovación más importante que impulsa hoy la comunidad internacional no consiste únicamente en utilizar inteligencia artificial o satélites más sofisticados. El cambio fundamental es conceptual.
La prevención deja de verse como un gasto para convertirse en una inversión capaz de reducir pérdidas humanas, económicas y sociales.
Los estudios sobre reducción del riesgo muestran que cada dólar destinado a prevención evita costos muy superiores durante la reconstrucción. Este principio es el que ahora mismo está orientando las políticas de numerosos países.
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