La selección de béisbol de la República Dominicana no pudo alcanzar la meta de conquistar su segundo título del Clásico Mundial de Béisbol.
Anoche cayó en un cerrado y polémico partido 2-1 frente a los Estados Unidos, decidido prácticamente en el último lanzamiento del juego, en el LoanDepot Park de Miami, Florida. El resultado selló la eliminación del conjunto dominicano y envió al equipo estadounidense a disputar la final del torneo.
El encuentro, que había generado grandes expectativas entre los aficionados del béisbol, estuvo a la altura de lo esperado: tensión permanente, pitcheo dominante y jugadas capaces de inclinar el destino del partido en cualquier momento.
Antes del primer lanzamiento muchos anticipaban lo que finalmente ocurrió: un duelo entre cuerpos de pitcheo, con ofensivas poderosas esperando el error o el lanzamiento adecuado. Y así fue.
La ofensiva de Estados Unidos encontró su producción en dos batazos decisivos. Un cuadrangular de Gunnar Henderson y otro de Roman Anthony respaldaron una sólida actuación del cuerpo de lanzadores norteamericano, encabezado por el estelar derecho Paul Skenes, quien supo controlar a la alineación dominicana en los momentos clave del encuentro.
Por República Dominicana, la única carrera llegó temprano. En el cierre de la segunda entrada, Junior Caminero conectó un cuadrangular por el jardín izquierdo (su tercero del torneo) que encendió por un momento la esperanza del equipo quisqueyano.
El juego también dejó una jugada memorable. Un batazo que parecía jonrón de Aaron Judge fue convertido en una atrapada espectacular por Julio Rodríguez, llevándose la pelota por encima de la cerca en una acción digna de repetirse una y otra vez en los resúmenes deportivos. Por un instante, muchos pensamos que aquella jugada sería el momento emocional que cambiaría el rumbo del partido.
Pero el béisbol se decide muchas veces en los pequeños detalles.
Hubo situaciones en las que las ganas de hacer demasiado terminaron traicionando al equipo dominicano. El corrido de bases no siempre fue el más acertado. En particular, la jugada de Fernando Tatis Jr., intentando avanzar de primera a tercera cuando venía a batear Juan Soto, resultó demasiado agresiva. En ese momento lo prudente era detenerse en segunda y confiar en el bate del compañero.
En otros momentos ocurrió lo contrario: el equipo fue demasiado conservador. En una jugada clave se detuvo al corredor Wells en tercera cuando tenía posibilidad de intentar llegar al plato. En una jugada fuimos demasiado atrevidos; en otra, demasiado cautelosos.
Tampoco se lograron trabajar los conteos desde el inicio del partido. No se obligó al lanzador abridor ni al resto del pitcheo estadounidense a desgastarse. Con frecuencia los bateadores dominicanos hicieron swing a envíos fuera de la zona, siguiendo exactamente la estrategia diseñada por el pitcheo rival.
Aun así, el pitcheo dominicano mostró carácter y valentía. Los dos cuadrangulares permitidos llegaron en conteos de tres bolas y dos strikes, con rectas por el medio que los bateadores ya estaban esperando. Y hay que reconocerlo: del otro lado también había grandes estrellas capaces de castigar cualquier error.
La última jugada frente a Geraldo Perdomo dejó debate. Ese último lanzamiento pareció estar fuera de la zona. Pero con conteo lleno tres y dos, el bateador debe tirarle a todo lo que parezca strike. Un partido de esa magnitud difícilmente debería terminar con un tercer strike cantado.
Al final, la diferencia estuvo en la paciencia en el plato.
Estados Unidos esperó mejor su lanzamiento.
Pero esta mañana en la República Dominicana muchos amanecimos con el corazón apesadumbrado. Así es el béisbol: duele cuando se pierde, sobre todo cuando un país entero late al ritmo de cada lanzamiento.
Sin embargo, también es justo detenerse y agradecer. A este equipo dominicano hay que darle las gracias por su entrega sin condiciones, por la pasión con que defendieron los colores de la patria y por el orgullo que despertaron en cada juego. Durante este torneo lograron algo que va más allá de una victoria o una derrota: unieron a todo un pueblo alrededor de su bandera y de su deporte más querido.
Porque el béisbol dominicano no se mide solo en marcadores.
Se mide en la pasión de su gente, en el talento de sus peloteros y en la certeza de que siempre estaremos entre los mejores del mundo.
Y si algo ha enseñado la historia del béisbol dominicano es esto:
La República Dominicana puede perder un juego… pero jamás pierde su grandeza en este deporte.
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