Experto en crear incertidumbre y eterno generador de controversias. LeBron James terminó de deshojar la margarita y ha elegido a los Sixers de Filadelfia.
Adiós a la romántica nostalgia de los Cavaliers, al sueño húmedo y errante del Heat, y a los tímidos deseos de los Warriors. Los Sixers es el cuarto equipo de LeBron. A estas alturas no lo mueve el dinero, pero si la principal intención es llenar una de sus manos con su quinto anillo de campeón, sospecho que ha dado un paso en falso, a pesar de ser Filadelfia una ciudad que transpira baloncesto, sus 43 años sin realizar una celebración de título en Broad Street, no parece que concluirán con la llegada de un jugador de 41 años de edad que cada vez juega menos minutos, que lucha día a día con severos problemas de ciática en la espalda baja, artritis en sus pies y comprobados desgastes en sus tejidos blandos, víctima del actual ritmo de alta velocidad de esta NBA en la que LeBron suele enfrentar a jugadores a los que él casi dobla en edad.
Tener al frágil Joe Embiid, al intermitente Jaylen Brown y las preguntas que crea el juego de Tyrese Maxey, no es garantía de éxito en unos Sixers que han caminado sin rumbo, permaneciendo con un equipo de clase media, con escasas posibilidades de pelear con los mejores cuatro equipos de la Conferencia del Este como son los Knicks, Pistons, Celtics y Cavaliers, con todo y los desesperados movimientos de verano que han realizado los ejecutivos de estos Sixers que no ganan desde que Julius Erving y Moses Malone los condujeran a la victoria en 1983.
LeBron tomó su tiempo para encontrar las respuestas a sus preguntas que finalmente le mostraron el camino de la continuidad en una liga cada vez más rápida, dinámica y técnica, en donde domina el ir y venir, las veloces transiciones y circulaciones de balón bajo la dictadura del tiro de tres. Su temporada 24 puede ser más anecdótica que histórica, más allá del incuestionable alto IQ que aún posee para jugar esto.
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