Hay jugadas en el béisbol que duran apenas unos segundos, pero que dicen mucho más que el marcador de un partido.

Durante el reciente encuentro del Clásico Mundial frente a Corea, el juego dejó uno de esos momentos que revelan el carácter de un equipo y el espíritu con que los peloteros dominicanos representan a su país.

En una jugada cerrada en las bases, Vladimir Guerrero Jr. corrió con determinación y se lanzó sobre la tierra del diamante con un deslizamiento decidido, levantando polvo en la base y provocando el estallido inmediato del público y del dugout dominicano.

No era una jugada prudente para una estrella de Grandes Ligas. Los contratos millonarios, las largas temporadas y el riesgo de una lesión suelen aconsejar moderación. Pero en ese instante parecía desaparecer cualquier cálculo.

Lo que estaba en juego era algo más profundo.

Era el orgullo de representar a la República Dominicana.

Minutos después, como si el mismo espíritu recorriera el terreno, Juan Soto protagonizó una escena similar. En otra acción cerrada en las bases, corrió con la misma determinación y se lanzó también sobre la tierra para asegurar la jugada, levantando otra nube de polvo en el diamante y desatando una nueva reacción de entusiasmo entre sus compañeros.

Dos jugadas seguidas.

Dos deslizamientos.

Dos gestos de entrega.

En ambas acciones parecía repetirse la misma idea: cuando los peloteros dominicanos se colocan el uniforme nacional, algo cambia en la manera de jugar.

El béisbol deja de ser solamente una competencia profesional y se convierte en una forma de representación colectiva.

Muchos de estos jugadores están acostumbrados a los grandes estadios de las Grandes Ligas, a la presión de temporadas largas y a los números que definen sus carreras. Sin embargo, cuando llega el momento de vestir el uniforme dominicano, el juego recupera algo de su espíritu original.

Se vuelve más emocional.

Más intenso.

Más cercano a la pasión con la que comenzó.

En esos momentos, el público entiende que no está viendo únicamente a estrellas del béisbol profesional. Está viendo a jugadores que, por unos días, regresan simbólicamente a los terrenos de tierra donde comenzaron a soñar.

Allí donde un niño golpeaba una pelota improvisada con un palo, imaginando que algún día podría jugar en los grandes estadios del mundo.

Tal vez por eso, cuando los dominicanos ven a sus peloteros entregarse de esa manera en el terreno, sienten que en el diamante no compite solamente un equipo.

Compite un país entero.

El Clásico Mundial tiene esa magia: durante unos días, las estadísticas pasan a un segundo plano y lo que aparece es algo más difícil de medir.

Aparece el orgullo.

Cada carrera celebrada, cada jugada arriesgada y cada deslizamiento sobre la tierra adquieren entonces un significado especial. No son solamente acciones del juego.

Son gestos que recuerdan de dónde vienen esos jugadores y a quién representan cuando pisan el terreno.

Porque en el fondo, detrás de cada uniforme dominicano, sigue viviendo aquel niño que un día aprendió a jugar en un barrio, en un play de tierra o en una calle donde el béisbol era, antes que nada, una forma de soñar.

Por eso, cuando un pelotero dominicano se lanza sobre la tierra para alcanzar una base, no está defendiendo solamente una jugada.

Está defendiendo algo más grande.

Está recordándole al mundo que, en la República Dominicana, el béisbol no se juega solamente con talento.

Se juega con memoria.

Se juega con orgullo.

Y a veces también se juega con el corazón de un país entero que corre con él hacia la base.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

Ver más