A pesar de los ataques ignorantes de amplios sectores de la sociedad hacia los docentes, de los crecientes desafíos familiares de estos tiempos y de un sistema educativo muchas veces precario, ser maestro de educación primaria y secundaria sigue siendo una gran bendición.
Solo quien ejerce la docencia conoce los retos diarios que se presentan en el aula. El maestro no solo enseña: también aprende. En cada estudiante descubre, en esos rostros jóvenes, el reflejo del desarrollo social, de las carencias, de las esperanzas y de las contradicciones de nuestra sociedad.
Como dijo el padre de la educación dominicana, Eugenio María de Hostos: “Antes que nada, el maestro debe ser educador de la conciencia infantil y juvenil; más que nada, la escuela es un fundamento de moral”.
Cada nuevo año trae consigo metas renovadas en todos los ámbitos, y la educación no es la excepción.
El docente aspira, desde su trabajo, a una sociedad más justa, a un sistema educativo más consciente del valor de su rol y a un desarrollo verdaderamente significativo en los estudiantes. Sin embargo, ese proceso no puede recaer únicamente sobre el maestro: requiere del compromiso de la familia y del entorno social que rodea al estudiante.
Educar es, al final, una responsabilidad compartida y una tarea profundamente humana.
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