Hay obras literarias hacia las cuales nos sentimos con el deber ético de sonsacarlas del olvido y de la indiferencia literaria. Desde hace algunos años, en el mundo hispánico se vienen publicando tímidamente algunos artículos sobre la obra literaria de Vasili Grossman (1905-1964). Consideramos que se debe proseguir esa tarea irrisoria pero justa de difusión, sobre todo en una media isla donde no se lee a escritores raros o lejanos. Ucranio de origen judío, Grossman puso sin ambages su talento narrativo al servicio de un periodismo testimonial durante la gran guerra patriótica (1941-1945) librada por la Unión soviética contra el nazismo. Cubrió para el diario la Estrella roja del ejército, las más dramáticas batallas, Kursk, Stalingrado, Berlín. La publicación en 1944 de El Infierno de Treblinca (Polonia) sobre el campo de concentración donde unos 800,OOO judíos y romaníes ( gitanos) fueron exterminados, eclosionó como uno de los más fulgurantes y primerizos testimonios sobre la solución final contra el pueblo judío. Grossman se transformó en el ojo testimonial de las crueldades y de la pujante política genocida, no solamente de Hitler sino también de Stalin y en particular del Holodomor ( del ucranio “matar de hambre”), abordado en su novela Todo fluye. Menos conocido que la Shoa, el Holodomor fungió como la solución de hambruna genocida asumida por Stalin y sus burócratas desalmados, para impugnar la renuencia de los ucranios a adoptar los estériles latifundios comunista durante el periodo1932-34. En las historias que abundan se conoce el calamitoso acontecimiento contra los campesinos prósperos o pobres, como colectivización forzada. Estos fueron despojados de sus tierras, enseres y semillas. Tres millones perecieron de hambre y el desmoronamiento de la pujante economía campesina de Ucrania fue tal, que el canibalismo familiar se desató en sus campos.
Los artículos de Grossman, certeros y atravesados por una veta profundamente humana, eran leídos al despuntar el alba por soldados y oficiales. La fascinación de su escritura estaba fundada en un estilo que hacía pensar en los giros del gran escritor ruso Antón Chejov, sin desmedrar el rigor y la veracidad de los hechos. No es difícil comprender su atracción. La prensa soviética era un dechado de propaganda insípida donde solamente eran exaltadas las proezas combatientes del ejército rojo como colectivo.
La estética oficial del realismo socialista tanto en la narrativa como en la poesía, reinaba bajo la batuta celosa del partido. Tuvo su más entusiasta representante en la persona del escritor Konstantino Simonov con su novela Los vivos y los muertos ( 1959). En sus páginas abordó los padecimientos de la Guerra en su vertiente de heroísmo colectivo, exaltando las virtudes del partido, sin menoscabo de los indecibles sufrimientos de los soldados de base. Grossman en sus escritos fue más lejos, sus personajes están más cerca de los atormentados intérpretes de la existencia de Dostoievski, que de los héroes socialistas de Stalin. Se focaliza en los individuos, soldados u oficiales, lanzados con heroico encono a combatir al enemigo, pero cuya consciencia trágica, germina en un sistema totalitario que les recuerda su insignificancia. En sus escritos, el soldado o los civiles de los poblados horadan sus sueños para sonsacar una esperanza, valorizan la evocación de sus familias, expresan sus frustraciones sociales. El escritor se hace eco del sufrimiento espiritual proveniente de la inhumanidad intrínseca de la dictadura comunista que despersonaliza, censura, impide el desarrollo humano.
Después de la guerra y del informe despiadado del jefe de estado Kruschev (febrero 1956) contra el régimen de terror de Stalin, Grossman cree madura la situación para publicar su novela cumbre Vida y destino, al margen de la esfera laudatoria del realismo socialista que él juzga como una literatura contrahecha. Envía su manuscrito a la revista literaria Znamya, pero prontamente el KGB penetra en su casa, confisca el manuscrito, las copias y sus carnés de notas. En 1962 recibe un correo de un alto personaje del Comité Central que le hace saber con exacerbado cinismo que la novela no se publicaría antes de 200 años. El escritor ucranio fallece en Moscú en 1964 sin ver su novela publicada. Después de muchas tretas clandestinas, y con la ayuda del premio Nóbel Andrei Zajarov, de Semion Lipkin y otros, su novela es exfiltrada hacia Europa occidental. Su publicación se efectúa en Suiza en 1980.
Es una novela de 1100 páginas, y como toda novela de encomiable espesor, el riesgo artístico estribó en hacer una composición desigual, reiterativa, tediosa. El escritor evitó ese escollo. Mas allá de la propaganda heroica, el universo tortuoso de la gran guerra patriótica poseía tal matiz de situaciones humanas que no podía someterse a ninguna de las corrientes estéticas del siglo. Grossman salvó la encomiable gesta patriótica de la caricatura y sus inexistentes personajes positivos.
Vida y destino hace desfilar en sus capítulos y suscapítulos, bien distribuidos y de ritmo temporal cerrado, las situaciones más hirsutas: pormenores dramáticos y cómicos de la batalla de Stalingrado, campos de concentraciones nazis atestados de prisioneros soviéticos, escenas periurbanas de poblados donde se entrecruzan oficiales en espera, ciudadanos afligidos por la desorganización social inducida por la invasión nazi y el comunismo de la pobreza. Mas aún, muestra soldados postrados por la petulancia de los oficiales, altos mandos dando órdenes sin mucha convicción, después de una sostenida ingestión de vodka. No pierde de vista la indispensable fraternidad que afianza individuos desconcertados por la violencia, la mediocre alimentación y la promiscuidad en los subterráneos cavados para la defensa de Stalingrado. Todo un universo narrativo.
Solo una gran pluma podía traducir en arte narrativo las tribulaciones de la guerra: los deseos truncos, los entuertos sentimentales, el tenso calor humano y su adverso, el resentimiento, así como las mezquindades jerárquicas reinantes en el frente. Solo una gran pluma como Grossman podía poner en boca de algunos osados personajes y del narrador (tras el cual se esconde el escritor) la denuncia de una semejanza inquietante entre el nazismo y el estalinismo como maquinarias de muerte. Algunos personajes van hasta situar los origines de los reveses e infortunios del ejército rojo durante el primer año de guerra (1941), en los sórdidos procesos de Moscú de 1937. Durante ese año el fatídico Nicolai Yezhov jefe de NKVD asesinó bajo acusaciones grotescas a la cúpula pensante del ejército, así como a los fundadores restantes del partido bolchevique: Zinoviev , Kamenev, Boujarine etc. Decenas de miles de personas, muchos de ellos comunistas auténticos fueron asesinados. Esa tragedia trasluce a lo largo de la novela como un leitmotiv temático, para poner en acusación al despotismo de Stalin.
El novelista hace alarde del arte de la descripción, sobre todo cuando se trata de trazar el retrato de oficiales y soldados. En sus etopeyas, dibuja con maestría los rasgos físicos, los comportamientos y las personalidades de los oficiales en el escenario sombrío de la guerra. Describe con minucia fotográfica al soldado soviético en sus circunstancias de temor y esperanza, de amor y rencor.
El ritmo temporal de la novela se nutre de la interpolación de varios relatos extensos en uno solo. En la medida en que el autor desea abordar la subjetividad afectiva y existencial de los personajes, el ritmo se hace pausado, con velocidad mínima, dando lugar a largas pero convincentes descripciones.
Grossman es un genio del diálogo entre personajes; estos no son tratados como epifenómenos del narrador, meras sombras de su sensibilidad. Poseen autonomía, disertan sobre sus miserias, espetan contra los contratiempos criminales del comunismo soviético, hacen confesiones sobre sus vidas sexuales amainadas, sobre la estolidez de un general, vierten lagrimas sobre sus familias deshechas. Críticos, hacedores de poéticas, semiólogos, filólogos, casi nunca se han detenido en valorar la dinámica semántica y rítmica del diálogo en las narraciones. Aquí tienen materia prima.
El diálogo entre personas variopintas, en la pequeña habitación de Sokolov, brillante matemático, y afecto a la represión estalinista, ilustra la constante dicotomía que estremece la compostura de los representantes de la intelectualidad soviética. Hablan a regañadientes, compasivos algunos, sumisos a la política siniestra de Stalin otros. El ambiente grupal está enrarecido por el miedo. El historiador Madianov espeta verdades difíciles de escuchar, como por ejemplo que los generales fusilados por Stalin en la trágica y grotesca purga de 1937, de estar vivos, le habrían dado otro cariz a la guerra, incluso una victoria fulgurante al ejército rojo.
Otra escena dialogada memorable, pone frente a frente al oficial nazi Liss y el bolchevique de la vieja guardia, Mostovskoi, hombre añoso pero recio ideológicamente. El alemán lo convoca, lo extrae momentáneamente de su sórdida prisión de alambres de púa. El alemán intenta hipnotizar al soviético con un discurso sospechoso, consistente en mostrarle que el régimen nazi y el comunismo soviético comparten valores comunes, amor por la patria, culto idólatra al partido, el coraje guerrero, y proyectos hegemónicos. Prontamente el soviético se prostra oficiales en un silencio adusto y largo. Deja al oficial nazi, perfumado y con el atuendo militar impecable, enredarse en sus propias palabras, en su brillante charlatanería. Se olvidó el oficial alemán que la distancia existencial en esa guerra a muerte se extiende más con la proximidad física entre enemigos.
La crítica literaria de Europa occidental, en particular la francesa, valorizó grandemente la obra de Grossman, izándola en la cúspide de las novelas soviéticas y rusas del siglo XX junto al Doctor Tchivago, del también soviético judío Boris Paternak. Habría que esperar 1988 cuando MIjail Gorbatchov asumió la alta magistratura para que la novela de ese gran humanista sea publicada en su país en la revista Octyabr y luego impreso en libro.
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