La música clásica suele presentarse como un linaje europeo sellado, como si se hubiera desarrollado en aislamiento del resto del mundo. Pero el mundo no es solo Europa, y no es como si los europeos no hubieran sido conscientes de las tradiciones musicales de otros países.
En el siglo XIX, la academia tal como la conocemos, en la forma de conservatorios, surgió por toda Europa y Estados Unidos. Durante este tiempo, vimos una estandarización de la música, así como un auge de los movimientos nacionalistas, que mezclaron la tradición clásica con estilos folclóricos, pero aun así existía una distinción entre el folclore africano y el folclore europeo, no solo estéticamente, sino también políticamente. Las tradiciones folclóricas europeas eran elevadas como identidad nacional, mientras que las tradiciones de origen africano eran categorizadas como étnicas. La diferencia no era la complejidad musical; era la jerarquía social.

El compositor checo Antonín Dvořák fue ofrecido el puesto de director del Conservatorio Nacional de América, y después de un largo ir y venir, se trasladó a Nueva York. En 1893, durante una entrevista con el New York Herald, Dvořák hizo una declaración sobre lo que debía ser la verdadera música estadounidense. Dijo que “la futura música de este país debe cimentarse en las llamadas melodías negras. Esta debe ser la base de cualquier escuela de composición seria y original que se desarrolle en Estas Unidos… Estas son las canciones folclóricas de America y sus compositores deben inspirarse en ellas.”
En su momento, esta declaración creó mucha controversia. Los compositores estadounidenses no estaban contentos con ella, pero en un país moldeado por la inmigración y la esclavitud, su declaración fue provocadora y reveladora. En su Sinfonía No. 9 “Nuevo Mundo” hay muchas referencias a lo que era la música afroamericana en ese momento. El segundo movimiento refleja gestos inspirados en los Espirituales afroamericanos, que son canciones sagradas que mezclaron la tradición Cristiana y la música africana. Sirvieron como expresiones de dolor, esperanza, fé y, a veces, mensajes codificados.
La declaración de Dvořák ha sido adoptada por algunos compositores a lo largo de la historia, y en el caso de la música estadounidense, el folclore afroamericano ha sido utilizado como base, pero rara vez ha sido institucionalizado en su forma original. La música folclórica negra apenas se enseña en la academia tradicional, aunque ha sido un pilar para muchos compositores modernos. Estudiamos a los compositores que tomaron prestado el lenguaje, pero no a las comunidades que lo crearon.
Cuando mencionamos la cultura musical negra, nuestras mentes van hacia Samuel Coleridge-Taylor, William Grant Still y Florence Price; termina sonando como si no hubiera habido nadie más antes que ellos. Olvidamos a Ignatius Sancho, Joseph Bologne Chevalier de Saint-Georges y George Augustus Bridgetower, todos ellos navegaron con éxito la tradición europea, fueron populares e incluso publicados durante su tiempo.
En toda América Latina, donde la tradición de música clásica a veces es olvidada, la construcción de nuestra identidad se ha edificado alrededor de la aspiración hacia el linaje europeo, y el problema va más allá del color de piel. Se trata de legitimidad cultural y proximidad a los modelos europeos de refinamiento.
Como dominicana, a menudo veo esta tergiversación de nuestra cultura. Existe una categorización de “no es nuestro” cuando se habla de danzas de origen africano como el Gagá y los Palos. Vemos la Habanera como un ritmo español y no como una canción folclórica que se originó con los africanos esclavizados en Cuba durante el siglo XIX. Vemos ritmos como el merengue, la salsa y la bachata como nuestra identidad nacional, sin recordar que todos ellos tienen las mismas raíces africanas que los estigmatizados palos. La incomodidad no es con el ritmo en sí; es con el origen.
Este patrón imita las dinámicas dentro de la tradición clásica. Algunos ritmos y lenguajes melódicos de influencia africana han sido absorbidos e institucionalizados, pero las comunidades que los moldearon no han recibido el mismo estatus. Las temporadas de las grandes orquestas sinfónicas rara vez programan a compositores negros como pilares centrales. Si lo hacen, a menudo se presenta como un programa especial o temático, en lugar de repertorio estándar.
La música clásica ha sido vista como pura, europea e intelectual, pero la música negra es solo jazz, patrones rítmicos y definitivamente no parte de la conversación clásica. Pero si la sofisticación estructural define la música clásica, ¿por qué la Sinfonía Afro-Americana de William Grant Still y los Conciertos para violín de Chevalier de Saint-George son tratados como programación de diversidad y no como parte central de la programación tradicional?
Ha habido una larga historia de omisión de parte de la tradición musical, y no es solo el caso de la música negra; las culturas latinas también han sido escritoras fantasma de la gran tradición clásica. Danzas barrocas fundamentales como la zarabanda y los la chacone pueden rastrearse hasta los intercambios coloniales entre Europa, África y las Américas. Lo que hoy se interpreta como excelencia europea tiene una genealogía mucho más compleja.
No podemos preservar la tradición si sufrimos de memoria selectiva. Para interpretar con responsabilidad necesitamos entender de dónde vino el lenguaje y qué voces lo moldearon. Un legado construido sobre memoria selectiva no es tradición, es edición.
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